Clarita, era una linda joven que trabajaba en el departamento de contabilidad del Bancomer en la sucursal de Tuxpan, pequeña ciudad que podemos encontrar al noroeste del Estado michoacano en la república mexicana.
Es una ciudad que durante todo el año se rodea de bellezas naturales, como intrépidas caídas de agua, que se tornan en cristalinos arroyos para bañar los matorrales; encumbradas y arrogantes montañas, profundos despeñaderos con follaje de tonalidad diversa, y umbrosos pinos.
Por el sur, pocos kilómetros la separan de la ciudad de Zitácuaro, y por el norte, de Ciudad Hidalgo.
Y precisamente en Zitácuaro, un joven de unos 27 años de edad, José Martín Marín, trabajaba como subgerente de la sucursal que la mencionada institución había instalado en esta ciudad.
Es de aclarar, que antes de su ascenso en el escalafón laboral, José Martín se desempeñaba como Contador en la oficina de Tuxpan, en donde, después de un largo aprendizaje del oficio, le había dejado el puesto a Clarita, con la que desde Zitácuaro siguió en comunicación telefónica continua, para auxiliarla en algún problema laboral, o simplemente para saludarla. Aunque, una de esas llamadas tuvo consecuencias que ni con el paso de los años se le olvidaron a nuestro joven funcionario.
Dos días antes del dedicado al amor y a la amistad, le había pedido Clarita que la acompañara en la fiesta que el Club social de Tuxpan celebraría el catorce de febrero en su fastuoso salón de fiestas.
-Gracias por tan honrosa invitación; allí estaré –le contestó José Martín.
-Te espero temprano para que no regreses muy noche a tu casa y que descanses, pues no debes de presentarte con sueño en la oficina al día siguiente.
-¿Qué interesa el tiempo? Acompañarte, estar contigo, escucharte, o simplemente verte, me es muy agradable –replicó el joven.
Llegó el tan esperado día, y a toda prisa José Martín despachó el trabajo.
Fue anocheciendo, se extinguían las luces del crepúsculo. Parpadeaban las estrellas, y nuestro funcionario ya estaba en su casa poniéndose la ropa de lujo, sin faltar, por supuesto, la corbata que Clarita le había regalado el día de su cumpleaños.
Se subió a su automóvil y se metió a la carretera que corría entre frondosos pinos, rumbo a la ciudad de Tuxpan.
En el camino, un viento fresco lo puso de buen humor; buen humor que se incrementaba al pensar en la encantadora noche que pasaría con su amiga.
Con agrado se bamboleó en las curvas de la carretera que zigzagueaba, especialmente desde la desviación al internacionalmente acreditado balneario de aguas termales de San José Purúa.
Después de estacionar su vehículo, entró al salón, profusamente iluminado y preñado de alegría, y vio que Clarita estaba sola, en una mesa que seguramente había reservado con anticipación.
La orquesta preparaba los instrumentos musicales, y de pronto empezó a interpretar sus melodías ahora románticas, ahora eufóricas, invitando a las parejas a bailar.
Los dos amigos se levantaron de la mesa y se sumergieron en una danza interminable, tánto, que a eso de las cinco de la mañana, después de que el salón se quedó solo, ellos seguían dando vertiginosas vueltas tomados de las manos, sin música, pues los de la orquesta también se habían retirado a descansar.
Por fin los jóvenes regresaron a su mesa; el silencio era pesado; los meseros habían dejado el reguero de vasos y de platos desechables para tal vez recogerlos después de dormir un poco recostados por allí, entre las cajas de refrescos y cervezas, o debajo de las mesas.
-¿Me esperas? Voy al baño - en un susurro ella le pidió a José Martín.
-¡Te esperaría la vida entera!
-¡Gracias!
Se sentó éste a la mesa; transcurrieron algunos minutos, y como Clarita no salía del tocador de damas, se levantó y lentamente caminó entre la basura. Con extremas precauciones abrió la puerta, y se asombró en extremo al no encontrar allí a su amiga.
- Por el cansancio y por el sueño tal vez no recordó que yo la esperaba en el salón; o, quizás, de pronto se acordó que debía de estar en la oficina a las ocho y media de la mañana y que después de dormir algo en su casa, tenía que arreglarse, por lo que ha de haberse salido muy de prisa, y tan preocupada que hizo a un lado las despedidas y esas cosas.
Y el joven abandonó el salón; llegó al estacionamiento; se metió en el auto que cerró de prisa, pues era intenso el frío que el viento dejaba a la pasada. Abatió el respaldo del asiento y se quedó dormido.
Transcurrieron, tal vez, dos horas; el sol, valiéndose de la aurora, les avisaba a los pájaros y a las ardillas que con sus ardientes rayos aparecería en breve sobre el inmenso cerro que enmarcaba la ciudad para liberarlos del frío con el que la noche los tenía paralizados.
José Martín se despertó, y viendo el reloj, se dio cuenta de que ya eran las ocho y media de la mañana. Se enderezó, le dio vuelta a la llave del motor, y condujo su auto rumbo al centro de la ciudad, estacionándolo frente a la sucursal del Banco.
Con presteza se bajó; tocó en la enorme puerta de vidrio; se asomó el encargado de la limpieza general de la institución, don Abel, un hombre delgado, de unos cincuenta años de edad, con una expresión adusta, a causa de un ojo que miraba por su cuenta.
-¿Qué le pasa, Señor Marín? ¿No debe de estar ya usted en la oficina de Zitácuaro?
-Tiene usted razón, don Abel, pero quiero despedirme de Clarita. Me dejó solo en el salón del Club de la Amistad. ¿Ya llegó?
-¿Qué dice?
-¡Que si ya llegó Clarita!
-Pero, señor Marín, ¿qué le ocurre?
-¿Me va a contestar o no, don Abel?
-Mire, mi estimado; usted sabe que siempre lo he respetado, pero ahora tengo que decirle que me parece que su merced no está bien de la cabeza.
-¡No se burle, don Abel! ¡Sólo dígame si ya llegó o no la señorita Contadora. Nomás eso, por Dios!
-Por su pregunta insistente, señor Marín, me parece que no se ha enterado usted de lo que ocurrió ayer.
-No, no se nada; sólo que he pasado una de las noches más felices de mi vida, bailando con Clarita.
-¿Con quién dice?
-¡Con Clarita, la contadora, su patrona, la que a usted le paga la quincena! ¿Ya entendió?
-Usted es quien no comprende que lo que dice es sólo una fantasía o el horrible resultado de la borrachera que seguramente agarró en el baile.
-¡Yo no bebo, don Abel!
-Así es; soy testigo de eso –agregó el hombre-, pero, ¿por qué insiste en que bailó con Clarita?
-Porque así fue, ya le dije.
-Pues permítame decepcionarlo contándole que ayer, por la mañana, ella tuvo que llevar los billetes deteriorados a la oficina matriz en Morelia; se fue en un taxi por la carretera de Mil Cumbres. ¡Y… Santo Dios… lo que ocurrió!
-¡Ya, por Dios, don Abel!
-Detrás de unos pinos, unos encapuchados le dispararon para robarle el dinero; al chofer le pegaron un balazo en la cabeza, por lo que el auto se salió de la cinta asfáltica y maromeando fue a parar al fondo de un despeñadero; los bomberos de Morelia sacaron de la barranca el cuerpo de la señorita contadora… ¡Era un carbón!… Las llamas la habían reducido a eso; ¡pero ya déjeme, váyase, don José Martín, se lo suplico por su madrecita santa! ¡Era tan bonita la señorita contadora, tan buena gente, un ser excepcional, como bien lo sabe usted!
Ese día, el subgerente de la sucursal del Bancomer en Zitácuaro no se presentó en la oficina, porque, después de escuchar lo que don Abel le había contado, se metió a la carretera, imprimiéndole gran velocidad a su vehículo, para luego salirse en un paraje solitario cubierto de pinos; se recostó, panzarriba, bajo la sombra de un árbol, que entreveraba sus hojas con las de un fresno; cerró los ojos, por lo que no se dio cuenta de que dos pájaros se paraban en una rama para picotearla, intentando sacar de las tecatas secas un gusano; pero, ¿a nuestro joven funcionario qué le interesaba si se paraban en tal o cual rama? ¿Si comían o no gusanos? Toda la mañana se quedó allí, pensativo, absorto, con aire inquieto volteando constantemente la cabeza para todos lados.
Y, de pronto, al ver a un lado del tronco de un pino la linda figura de Clarita, exhibiendo una alegre sonrisa y sus mejillas chapeadas, como frescas manzanas, José Martín lanzó un grito espantoso y se dio a correr, como loco.
Debió de haber ido horrorosamente pálido.



Gracias por su cuento y por dos palabras nada habituales, ‘maromear’ y ‘chapeado’. La segunda apenas se utiliza por aquí y es muy precisa. La primera nunca antes la había oído. Y es excelente. La expresión ‘cinta asfáltica’ es magnífica, muy visual aunque ya la conocía por otros narradores de allá. Aquí jamás se utiliza y es una pena.
Estremecedor relato, muy triste, pero que bien contado!
Enhorabuena, y ahora..a por la novela?
Jose María
Gracias volivar una bocanada de aire fresco en este lupanar de sensaciones Gracias de nuevo.
Gracias. Janial, por leer lo que escribo.
Es un gusto inmenso saber que algunas expresiones utilizadas en México te gusten.
Volivar
Amigo Volívar pienso que se te da bien este genero de suspenso mezclado con lo sobrenatural, me recuerda a historias contadas por mi abuela que se desarroban en pueblos donde cada casa quedaba muy retirada de la otra y donde la luz eléctrica no era muy común en esos sitios. Yo personalmente, me sentía muy a gusto escuchando esas historias, que el común de las personas daban por cierto y pasaban a formar parte de la tradición oral de esos pueblos. En estos momentos recuerdo el primer relato que leí de tu autoria: “Los Compadres” y “La mujer de la carretera”. Saludos amigo !!!
Interesante variación de un relato previo. En este caso, destaca sobre todo la atinada descripción costumbrista de los festejos y el estilo de vida rural, y la reacción conmovedora- tan humana y comprensible- del protagonista, frente al elemento fantástico.
Muchas gracias
Saludos!
Relatourbano: qué alegría, inmensa, saber que mi narrativa ha ocupado un poco de tu tiempo. Gracias, infinitas. En cuanto a escribir una novela, amigo, muy estimado, te diré que aunque me deleitan las obras de grandes proporciones, de los maestros de la literatura, la novela es algo vedado para mí (digo, para emprender mis pasos literarios por esos senderos). El tiempo, las prisas de la cotidianidad, y hasta la flojera, me tienen del pezcuezo.
Volivar
Hegoz, querido amigo (a la distancia -siemre recordando la frase de la linda Gudea), muchas gracias por tus comentarios que impulsan a segui en esto de escribir, claro, después de aprender cómo lo haces tú, con tan lindo estilo, que me encanta.
Atentamente
Volivar
Jesusademir, halagos inmerecidos los que escribes relacioandos a mi narrativa, que pretende, sin conseguirlo a cabalidad, tocar las alturas literarias a las que tú ya has llegado.
Gracias. Y aquí nos estaremos deleitando con tu ingenio.
Atentamente
Volivar
Eugenio Ortiz Magro: Una inmensa felicidad ha lleado a mi, después de leer tu comentario a mi narativa, . Eres un excelene amigo. Cuando te interesas por lo que escribo, me alientas a seguir en esta actividad, en esta intercomunicación que amablemente nos pemite Falsaria.
Atentamene
Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Tus cuentos elevan mucho la vara, habrá que trabajar arduamente para poder sortearla. Es buenísimo. Muchas gracias por compartir.
Nanky, estimado amigo y escritor argentino, un gran gusto que estés de nuevo en la red; creo que todos tus compañeros escritores te extrañamos; y esto lo has logrado, por tus palabras de aliento, siempre de entusiasmo, siempre apoyando.
Felicidades, Nanky, por ese caracter que se te nota, tan jovial, quispeante.
Atentamente
Volivar
Creo que es cierto lo que dice Jesusademir: esta variante de aquel relato de horror que parece existir en todos nuestro paises (de donde habra salido?) se distingue porque le das el trasfondo costumbrista, que ya he visto en otras entradas tuyas (El albanil, que lei hoy, refresca las convenciones del cuento de horror con las descripciones de los personajes de esa area y con su lenguaje particular). Pero lo que haces muy bien va mas alla de catalogar regionalismos idiomaticos: al ir leyendo algunos de tus cuentos me voy formando una idea muy rica de los lugares que describes: eres un gran observador de todo tipo de detalles! Gracias por compartir y por presentarnos un mundo nuevo por medio de la palabra.
Anarua: si supieras el gusto que tengo porque tú, precisamente, hayas leído lo que escribo. ah, que después de todo te haya gustado, es para alegrarme el día.
Volivar (Jorge Martínez Sahuayo, Michoacán, México)