Transcurridos ya tres años de aquel hecho lamentable, Vladimir caminaba por la plaza, disfrutando del verde, anhelando sueños, respirando pesadillas.
Mientras tanto, el frío arreciaba y parecía que poco a poco, cómo una hormiga que ingresa en una hendidura de miel para robarse la mercadería, los recovecos que aún permanecían calientes terminaban cediendo ante la arremetida voraz de lo incontrolable. Tantas cosas habían pasado, y Vladimir lo comprendía muy bien, vaya que sí.
Recordando, mientras tanto, las visiones de su abuela en la infancia cuando, absurdo e inconsciente en su pueril estado jovial, oía con atención las falacias de la pobre anciana decrépita, entrada en años y con la dentadura postiza bailoteando al compás de su propia dulce voz. Las arrugas eran marcadas cómo los caminos de un monte famoso, donde ni el más ciego de los ciegos podría perderse porque, a saber, es imposible caer en la oscuridad si uno permanece toda su vida en ella. Ya no se puede regresar a la luz, porque la luz, dicho sea de paso, es un factor demasiado pequeño para el ciego, para el oscuro, para el solitario, para el escritor. La oscuridad, en consecuencia, es la luz del escritor.
La plaza parecía vetusta, entrada en un camino de años interminables donde las hojas, cancinas, fluctuaban su dulce color verduzco y pasaban a ser ceniza, polvo de volcanes olvidados en el tiempo. Sin embargo, a pesar de la inquietante escena que formaba el contexto de Vladimir, siguió él caminando por el sendero, buscando una silla para sentarse y disfrutar el libro que había comprado hace no mucho más que quince o veinte minutos. Ya no recordaba la semblanza del vendedor de la librería, pero sí sabía algo: ése libro, el que pululaba entre sus manos duras como roca, sería un disfrute, un goce eterno, el único disparador hacia el apogeo del placer.
Abrió la tapa y, como de costumbre, olió el sujetador aroma a nuevo, a viejo, a elemento sin tiempo. Era un libro nuevo, cabe destacar. Empero, poseía algo muy especial, ya que había sido escrito por un nuevo representante de la literatura de terror. Vladimir no se había molestado en visualizar el nombre del escritor porque, para ser sinceros, sólo lo había atraído el título de aquel libro: La serena Muerte.
La tapa negra con vivos dorados y el nombre del escritor (misterioso) por encima de todo, decoraban una exquisita obra de arte que, lentamente, cómo el fuego lento que consume la carne cruda, sería devorado, inexorable, por los ojos inquietos de Vladimir.
De origen ruso, conocía varias lenguas. Sin ir más lejos, reconocía un poco de italiano y le apasionaba el inglés. No podía evitar sus pasiones porque, quiera o no, lo sujetaban con una cuerda irrompible de deseos, anhelos y cuestiones inexplicables. Es por eso que siempre (siempre) se compraba los libros en su idioma original. Había estudiado italiano para poder leer a Dante Alighieri; su idioma le permitió leer a Antón Chejov. Pero, sobre todo, el inglés (idioma que predomina mundialmente) lo atrapaba, lo consumía en la polvareda de lo que no puede saberse, sólo hacerse. Eran las narraciones de Edgar Alan Poe y Howard Lovecraft las que consumían sus segundos en milésimas. Retornaban el tiempo porque todo se carcomía lentamente, mientras sus huesos se hacían polvo y su intelecto se hacía acero.
Acaso el pecado sería su motor fundamental, el movimiento esencial de sus extremidades que, anonadadas ante la necesidad de seguir moviéndose, de no detenerse ante la adversidad de lenguas, lo posicionaba en una posición superlativa por sobre el resto de los demás escritores. Es muy factible que haya sido Vladimir uno de aquellos poetas oscuros que al leer sus escrituras, cayera dominado por la tristeza de no poder ser una verdadera máquina, un creador de fantasías, un vendedor de mentiras.
La tapa dura del libro se contraía en diástole y sístole. Se mantenía la expectativa entre ambos porque, a pesar de la desesperación que nacía desde los tobillos de Vladimir, compuso antes una pieza musical en su mente para poder enfrentar al libro desde otra perspectiva. Se imagino una obra de Mozart, y sus lágrimas empañaron los ojos.
Abrió la tapa. La primera hoja en blanco, sin ninguna biografía del misterioso escritor. Una hoja más y allí estaba, nuevamente, el nombre del libro, de la novela, del cuento, de todas las mentiras que entrarían, petulantes, en su memoria para siempre.
Una fuerte ráfaga de viento hizo que los ojos de Vladimir se cerraran por acto reflejo. El libro volvió a unirse, espetando un fuerte tronido al chocar los dos puntos opuestos. Vladimir, que se sorprendió al corroborar lo complicado que era volver a abrir el libro, comenzó a refunfuñar sin entender qué sucedía. Finalmente, el libro volvió a abrirse y el viento se detuvo en un acto de magia parda.
Una vez más, la hoja en blanco, el título en la segunda y un preludio que rezaba, más o menos, así:
Introducción
Léase obligatoriamente.
A saber: El temer en la humanidad ha sido un tema incomprendido desde tiempos inmemoriales. El temer para mí, quien escribo este libro que ha consumido mis días, se ha tornado gracioso, indisciplinado, dantesco. No puedo, en consecuencia, creer que he temido a algo más que a la creación de esta abominación. Las noches han sido duras, ¡los días terribles! Pero lo más ominoso (y Dios sabe que no miento) ha sido la colocación del título. Desde el inicio, donde mi pluma empapó de roció las hojas en su tinta de sangre, la idea de un buen título me ha parecido necesario, pero imposible. No tuve el valor de impregnarle el título conveniente y comprenderá, al finalizarlo, que todo cierra en un perfecto círculo de oscuridad.
El temer, en mi caso puntual, ha sido unilateral. Jamás le tuve miedo a la muerte, mucho menos al dolor o el sufrimiento atroz. Pero sí a alguien, sí a algo. Lo he conocido cuando era muy niño, cuando los sueños tapaban mi raciocinio. Es muy probable que no vuelva a verlo, por lo menos en vida.
Generalmente, la Vulva no siempre ha mordisqueado mi alma.
Allí concluía la introducción del misterioso escritor que, lejos de dejar alguna sigla para que su lector pueda conocerlo, prefirió mantenerse en el hermetismo.
El viento se hizo más violento y parecía desbordar la copa de los árboles que, inquietos por las ráfagas ultrasónicas, bailaban al compás de los silbidos ajenos. La noche comenzaba a caer, y Vladimir aún no había leído el libro. Se mantuvo observándolo; sólo observándolo, frente a la sombra de los árboles que, paulatinamente, se desprendían de la vida para darle paso a la oscuridad total. El nocturno comenzaba su ciclo.
Luego de tantear la tapa del libro y bordear con sus dedos el título infausto, prosiguió a retomar la lectura (a iniciarla, en realidad) y dejar que el misterio no consumiera su tiempo.
En la primera página, luego de la introducción previamente leída, el escritor narraba algo muy similar a esto:
Mi nombre no tiene importancia. Al finalizar este libro (si es que posee la fuerza para hacerlo) concluirá todo en su vida. Ya nada será igual; este libro, quiera usted o no, será una bisagra.
Veamos, ¿cómo empezar una historia insostenible? ¡Por supuesto! Es muy lógico, ¿cierto? Por las mentiras…
Mi vida, otrora, fue una especie de máquina del tiempo, donde ni siquiera la brisa llegaba a golpear mi rostro, sucumbido en las arrugas de la mala sangre, el éxtasis de los perdedores, de los lamentados, de los tristes que con sus ojos ponzoñosos derribar edificios alicaídos. He transitado bares, devorado caminos y bebido tierras. Me han agredido de todas las formas posibles. Siempre (siempre, por supuesto) he caído mal, de bruces sobre el piso, lacerando mi frágil cuerpo de no más de cuarenta kilos.
Ya posee usted una descripción de lo que es mi vida y de mi contextura, que poco importa en este relato. Continuemos.
Cuando yo era sólo un niño de aproximadamente nueve años, una experiencia ominosa comenzó a marchitar mi vida. Caminaba yo por el parque (¿o era la plaza? No lo recuerdo con exactitud) cuando de repente, sorprendido por la caída de la noche, me encontré solo y sin cielo azul. Es probable que por ese entonces mis padres ya estuvieran separados y mi abuela muerta. No lo recuerdo, sinceramente, puesto que he perdido la memoria. La mente se cae despedazada sin dejar estelas de recuerdos, siquiera borrosos, en mi testa.
Ese mismo día (y esto lo recuerdo con excelsa exactitud) había comprado un libro que poseía un nombre muy particular y algo llamativo: no tenía el nombre del escritor. Era negro, de tapa dura y detalles dorados. El título, del cual no quiero acordarme (ni olvidarme), era: La serena Muerte.
Sentado allí, comencé a leerlo. Lo concluí en poco tiempo, sin percatarme de que el alba comenzaba a impactar en mi rostro, recreando una graciosa semblanza en mí. El final, dicho sea de paso, resultó ser una gran tristeza en mí, y me obligó a escribir algo que me ayudara a superar mi enfermedad.
De vez en cuando, había precisado volver a tiempos olvidados desde este libro, el cual escribo luego de sufrir mi enfermedad: pierdo la memoria y el gran secreto es la Vulva.
La Vulva, lejos de ser un artefacto, un elemento o un espécimen extraño de algún escarabajo dorado, es una enfermedad que recorre mis venas. Algunos lo llaman de otra manera más común, pero prefiero romper los estándares y reír, aunque suene macabro, de mi propia consumición.
Me di cuenta, en el momento de terminar el libro, que mi memoria ya no sería la de antes, que mis tiempos se transformarían en hielos eternos congelados en un inmenso rombo de metal herrumbrado que, lentamente, sin apuro, sin morder la velocidad, terminaría con mi vida y llegaría junto a su gran aliada: la Muerte.
No puedo quejarme, ¿o sí? Estoy seguro de que en algún momento terminaré mi historia y alguien, además de mí, podrá leer mi vida y comprender que todo lo que hice fue por un motivo, el cual puede ser considerado morboso.
Vladimir sintió un fuerte dolor de cabeza. Pasó las hojas y comprobó que el blanco era el único adorno de ellas. Nada escrito.
Sin embargo, quedaba algo por leer:
Recuerdos de mis padres surgen en mi mente en este momento. Deseo anotarlo, pero siento que luego de eso es muy difícil aceptar la realidad. La enfermedad, diagnosticada en algún momento que ya no puedo rememorar, derrumba mi piel, hierve mi sangre, explota mi corazón cómo el amor más bello y cruel.
Sería factible que esto fuera leído por alguien que pudiese ayudarme, aunque comprendo, mal de mi agrado, que no tengo a nadie en este mundo. Es que, luego de asesinar a mis padres, violar a mi abuela y beber la sangre de mi perro, la lógica perdió sus funciones.
Dicen, según lo que escuché entre las voces chismosas del pueblo, que comienzan a sospechar de mí. Resulta extraño encontrar a un ruso desconocido en la mitad de una de las plazas más transitadas de Madrid. Jamás habla con nadie y siempre posee el mismo libro, el cual lee una y otra vez, retornando a las primeras dos páginas. Observa, cauteloso, los pasos de la gente. Espera, jovial, que alguien cometa un error, que caiga, cómo él cayó, en la oscuridad, que pierda el cielo azul. Entonces, todo termina. Todo en la vida, hasta la vida, termina.
No recuerdo quién fue la última víctima. Es probable que haya sido la niña de los rizos dorados que no superaba los cinco años. No puedo acordarme. Suena paradigmático, porque esta enfermedad, suministrada por el Diablo, borra de mí los recuerdos que podrían torturarme. Sin embargo, nada puede torturarme más que La serena Muerte.
Cerró la tapa del libro y tomó un lápiz que, misteriosamente, dormitaba en uno de sus bolsillos. Se preguntó qué sería conveniente: escribir o aguardar.
Aguardar. La espera eterna del lamento. El sufrimiento más terrible, más duro, invencible. Entonces, luego de perder el cielo azul, acompañado de la oscuridad eterna, pasó por allí una figura roja, extensa y con una capa parda de extensiones paranormales. Se acercó a Vladimir y con una circense risa, consumió por fin el alma del escritor asesino, que gritando, con alaridos estridentes que quebrantaron la tranquilidad de su aliada noche, enfrentó él lo que había sido por tanto tiempo su mayor compromiso, su estimulante intelectual, su droga en vida: fue devorado por La serena Muerte.



Interesante relato. Mi voto y mi afecto. T.H.Merino
Lumiere: un relato en verdad bien escrito, y especialmente con arte, es decir, con belleza.
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