La silla en el tejado
cassette1

La silla en el tejado nunca pierde el equilibrio. En el cielo, la ausencia se digiere sin agua. Sin vértigo, en la madera inclinada, él esconde la mirada en un ritual idéntico cada mañana de sábado; escena sin cortes ni errores. La melodía, tras una duda, comienza a susurrar sin importar cuánto sople el viento. A tres metros, lejos, el altavoz duele con un placer indescriptible. Notas, instrumentos y letras maestras. Alarga su sonrisa lentamente en la mansa escucha, cuando le abofetea, desafina, agoniza y calla. Aquel silencio mueve su cuello y engrandece sus ojos. Le recuerda al funeral de su madre, tan drástico, inesperado, y surrealista con aquella caja sobre el altar con forma de pez. Horas de sus dedos vivos, durante demasiados años, entre las sombras que trazaba la bombilla del desván. Paradojas del ser humano. Al silencio actual le falta oscuridad. Mudo, sin un abrazo que le ayude afrontar el fin inesperado.

Escribe con bolígrafos de dos colores los títulos en cada una de las doscientas cincuenta siete cajas. Ordenadas en dos columnas, ninguna repite canción.

La realidad es demasiada altura en el accidente. Niebla y mareo en su cielo vacío. El dolor a tres pasos es inalcanzable. La rutina rota es miedo, como el que lloró su padre el día que besó la piel fría de mamá en aquella pecera de madera. Markel le abrazó, los dos lloraron y nadie dijo una palabra. Él ahora, en lo alto de aquella silla, mudo y sordo, necesitaba ese abrazo.

Markel asume el roto. Necesita dos minutos. Gatea, y sin él, oye la silla desequilibrarse, rodar y caer al vacío. Secuelas de lo inesperado. Abre la caja de rodillas, en gesto de súplica. Pega la oreja al altavoz buscando un ápice de respiración. Tira con suavidad extrema; como quien trata de salvar a su hijo de un centrifugado de la lavadora tras el estúpido olvido en el bolsillo vaquero. Nadie olvida su bebé junto a la cartera. Sin sangre, la herida es considerable.

Muerde un hielo que guarda en la nevera para apuros insuperables. Lo sostiene entre los dedos. Le relaja el frío. Cierra los ojos para desaparecer ante cualquier distracción. Ha dibujado un círculo en el salón con tiza, dónde ha colocado el cassette. Tira con suavidad de la melodía, pero el sonido desenredado está roto. Estira, observa y recuerda la última escucha. La canción estaba rota en el minuto dos.

Los dientes blancos circulares bailan en su dedo índice. Demasiados sábados en el tejado. La melodía estrangulada necesita un corte perfecto. Perderá tres segundos, cinco tal vez. Markel se sube los calzoncillos que le colgaban de los tobillos y ni siquiera se preocupa de la desaparición empequeñecida de su labor. Intentó vaciarse para vencer la tristeza.

De pie, le gotea el hielo entre los dedos. Observa la cicatriz. Es un brillo en el vértice marrón. Cuelga la melodía como una gota de agua. El dedo gira, recoge y desaparece. Aparente normalidad recuperada.

La nueva silla en el tejado tiembla demasiado. Markel nunca pierde el vértigo. Nunca desaparece. La melodía rompe la magia en el minuto dos.

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