Es como un peso que se desprende de la cabeza, una libertad incomparable, cuando miras delante de ti y contemplas la distancia. Ella te reta con su grito silencioso a que la devores con tu soledad, a que te unas a ella en un combate de amantes, de inseparables enamorados. Te sientes poderoso, tus pulmones oxigenan la sangre preparándote para el esfuerzo.
No recuerdo cuándo ni si escuché la salida, sólo veía que el asfalto pasaba raudo debajo de mis pies, notaba el mullido confortable de las zapatillas, estrenadas días antes para la carrera. Sentía como metro a metro avanzaba, impulsado por mis poderosas piernas, hacia algo que siempre era el principio de una nueva distancia, de una película que se colocaría como una venda delante de mis ojos y me mostraría las caras, los sitios, las palabras que había dicho ese día, mis sueños incumplidos y que en todas las carreras se repetían. Hoy no era diferente de otras veces, un grupo de doce nos habíamos adelantado al resto de los corredores y pugnábamos relevándonos en cabeza por sacarles tiempo, metros, distancia.
En verano solíamos preparar la comida el sábado por la noche y el domingo por la mañana toda la familia recorría la calle de San Blas, desde el principio donde vivíamos, hasta el final en la Plaza de Santo Domingo, junto al paso a nivel de la Química. Bajábamos a la orilla del Ebro y allí pasábamos todo el día de fiesta bañándonos y tomando el sol. Uno de esos días, cuando recogíamos todo para regresar, un relojero amigo de la familia, que también bajaba a tomar el sol, me preguntó si quería regresar con él en el tándem que tenía. Mi padre me dijo que podía ir y monté orgulloso en el asiento trasero de la bicicleta. Vicente, que así se llamaba el relojero, me exhortó a pedalear con fuerza, mientras él apenas hacia impulso en los pedales. Lo llevé toda la calle de San Blas mientras él fumaba tranquilamente un cigarrillo. Cuando llegamos a casa me dijo: el próximo domingo si quieres te llevo, pero la bicicleta es mía y tienes que pagar ese servicio y se alejó tranquilamente con su bicicleta de dos plazas.
El aire mecía suavemente mi pelo y a cada golpe de fuerza de mis pies, subía y bajaba como una bandera que ondease al viento. Yo sentía que el sudor se descolgaba de mis cejas impidiéndome ver bien, lo que contribuía a que la película adquiriese un tono de realismo inusitado, a que el respirar acompasado de mis adversarios llegase a mis oídos con total nitidez, con una claridad prodigiosa.
De repente, un tirón en la cabeza de la carrera me relega unos metros detrás, y pugno por alcanzar al grupo que se destaca delante, luchando con la satisfacción de correr simplemente por el hecho de disfrutar con ello.
En mis primeros años escolares, teníamos un día a la semana dedicado a la clase de gimnasia. No se estilaba todavía decir educación física. La impartía un falangista alto y huesudo, que nos formaba en el patio de cantos rodados y nos ponía en camiseta de tirantes y pantalón corto sin importar el calor o el frío que hiciese. Las tablas eran aburridas, lo que motivaba que algunos chicos perdiesen interés por ellas, pero si te pillaba sin prestar atención, te hacía correr durante toda la clase dando vueltas al patio. Yo era de los que nunca prestaba atención. Tenia una larga y fina vara de madera, con la que fustigaba las piernas si te detenías o corrías despacio. De esos años siempre recuerdo, el bigote fino como una línea marcada encima de su labio, sus ojos fijos mirándome correr con una sonrisa disimulada y que jamás me tocó con la vara.
El corazón me late con fuerza martillándome las sienes. Mi respiración se torna más agitada, casi febril y siento el escozor de la sudoración en las axilas. No me he puesto la crema, y lo pagaré duramente con unas rozaduras. En ese momento me doy cuenta que el ritmo es exagerado para la distancia que estoy corriendo, que no debo confundir tan seriamente mi carrera con la otra. Pero en fin, en las diapositivas ya he alcanzado al grupo de cabeza y mis pulsaciones se tornan más normales. El ritmo se vuelve a calmar lo que me permite humedecer los labios que cubrían completamente la saliva seca y el sudor salado.
Estamos subiendo ahora un pequeño repecho, ideal para mis cambios bruscos de ritmo. Si no hubiera sido por mi entrenamiento de intervalo no tendría esta facultad portentosa que me da fuerzas para avivar un poco el tren y tratar de poner algo de distancia entre los dos que tiran conmigo y el resto del grupo. Es duro pero después de mantener el cambio durante unos kilómetros, por fin lo logramos y vamos adquiriendo paulatinamente más distancia, más diferencia entre nosotros y el grupo de perseguidores, lo que me deja muy satisfecho, pues ahora el cuerpo me responde maravillosamente y siento las piernas sueltas, ligeras, tremendamente elásticas, con ganas de tirar un poco más. Mi prudencia, me aconseja que no me deje llevar por el corazón y que me mantenga detrás de los compañeros de escapada. Cuando corro detrás de alguien siempre miro lo mismo, trato de analizar anatómicamente la capacidad y la resistencia de mis contrarios, fijarme en sus debilidades y tratar de aprovecharlas. Estos dos, son unos pájaros de cuidado, sus piernas son dos bloques tremendos de músculo y nervios, parecen casi no rozar el asfalto. Su estilo es impecable, balancean los brazos manteniendo el ritmo de impulsión para aprovecharlo en la zancada, su respiración es acompasada y no denotan cansancio, será difícil batirlos.
Vaya!! con el maldito camión. Casi me tira, pero eso es lo de menos, pues ha roto la película en el mejor momento, tendré que acelerar un poco para abstraerme. Parece que da resultado, ya vuelven las diapositivas a pasar veloces por mis ojos.
Este condenado está tirando muy fuerte y tan sólo llevamos veinticinco kilómetros. Yo creo que al verme atrás piensa que estoy tocado y trata de dejarme tirado, descolgado de la cabeza.
Voy a darles un toque, me colocaré en cabeza y tiraré unos kilómetros a ver cómo responden. Acelero lentamente, pasándolos con suavidad, ganándoles terreno centímetro a centímetro. Cuando me pongo a su par, noto que sus ojos me miran de soslayo, asombrándose de mi reacción. Continúo dos kilómetros manteniendo un pulso constante con ellos, acelerando imperceptiblemente, controlo que su respiración pierde el compás que mantenían kilómetros antes. Me vuelvo a colocar detrás de ellos, suavizando el ritmo durante unos metros. Ahora creo que es el momento de tirar, de escaparme y tratar de hacer el resto en solitario, pienso que tengo fuerzas y moral para hacerlo.
Aprovechando un momento en el que el terreno tiene un pronunciado desnivel, cambio de ritmo bruscamente y les paso en un momento en el que carecen de reacción. Les he dejado más fácil de lo que imaginaba, pero ahora es cuando tengo que sufrir de veras, mantener el ritmo durante el máximo tiempo posible, para evitar que desde atrás me vean y eso les dé fuerzas para alcanzarme. No sé el tiempo que llevo en solitario, el pie me sangra y el cansancio empieza a hacer mella en mis piernas, pero llegaré, tengo que llegar y demostrarles que puedo, que sé vencer y sufrir. Me estoy quedando deshidratado, tengo que beber agua por lo menos cada quince minutos, según las indicaciones que me hace mi entrenador.
Hace años, cuando la pasarela todavía se erguía majestuosa sobre el río Ebro y no había sido sustituida por el puente de Santiago, había una chopera densa entre ésta y el Centro Natación Helios. En el verano, algunos días, la inundaban para regar los chopos, dioses blancos que bailaban con el movimiento del agua. Entonces mis amigos y yo, cruzábamos la pasarela y vivíamos nuestras aventuras de piratas en esa selva inundada. Nos habíamos construido una pequeña balsa que apenas navegaba por la poca profundidad del agua que cubría la chopera. Una vez, el guarda nos sorprendió y saltamos todos al agua corriendo por en medio de los árboles mojándonos con el chapoteo toda la ropa. Cuando nos sentimos a salvo me di cuenta que llevaba una pequeña tabla con un clavo traspasándome la zapatilla, uno de mis amigos tiró fuertemente de ella y enseguida tomó un color rojo que hizo que todos nos asustáramos.
Si pudiera pararme para curar mi pie. Debo llevar una llaga que me cubre toda la planta. Aunque eso sería darles ventaja a mis perseguidores y vienen muy cerca. Tengo que aguantar hasta el final aunque llegue muerto, pero llegaré, tengo que repetírmelo constantemente para no desfallecer, para que el dolor terrible desaparezca y no me quede clavado sin poder dar un paso más.
Creo que he ido bajando poco a poco la cadencia de mi zancada, debo de andar por encima de los cuatro minutos el kilómetro, la gente me grita pero no llego a entender lo que me dicen, ¿Tal vez que están cerca? ¿Que me cogerán? No sé, voy muy justo, las fuerzas casi no me responden y llevo la zapatilla completamente roja, no debía habérmelas puesto tan nuevas. De todas formas tengo que correr y no pensar en otra cosa, falta muy poco para el final, ya veo a lo lejos la puerta de entrada al estadio. Lo lograré, ganaré demostrándole a todos lo que valgo, de lo que soy capaz, que puedo con ellos si me lo propongo.
Cuando era todavía un niño, solía corretear entre los tamarices que hay en la ribera de la Química. Saltaba como un poseso por encima de los montones de desecho que acumulaba la fabrica y hacía carreras con rivales imaginarios, a los que siempre acababa derrotando. A veces las carreras duraban más de una hora hasta acabar agotado en la orilla del río satisfecho de mi aguante.
Ya oigo los gritos, la gente espera mi entrada, tengo que echar el resto y entrar con planta de campeón, con dignidad, haciendo un esfuerzo para esprintar al final sin que se note en mi cara el dolor.
Un día, en el periodo estival de vacaciones, entré con algunos compañeros de colegio en la biblioteca de una escuela que estaba cerrada. Al principio tras forzar la puerta, mi reacción al ver tantos libros y nosotros cinco profanando el silencio de esa sala, fue de miedo a que nos pudieran coger allí dentro. Pero conforme fui mirando los libros, ese sentimiento desapareció y dejó paso a una necesidad brutal de llevármelos todos. Recuerdo que se suscitó una pelea por un ejemplar precioso de cuentos. Un libro de tapas duras decorado con una selva e infinidad de animales. Era inmenso y pesaba tanto que tenías que apoyarlo para poder leerlo. No sé por qué de mi reacción en ese momento, pero cogí el libro y salí corriendo perseguido por mis compañeros que no entendían mi comportamiento. Emprendí una huida feroz cruzando el puente de piedra, seguí corriendo con el gran libro a cuestas por toda la orilla del Ebro, pasé sobre el puente del Huerva y enfilé hacia la subida de San José. Sudaba copiosamente y seguía cargado con el inmenso libro, giré la vista atrás y casi no vi a mis compañeros que continuaban su persecución en la lejanía, llegué hasta el Parque Grande empapado y tozudamente aferrado a ese gigantesco libro que se había hecho tremendamente pesado. Entonces deteniéndome de golpe, jadeando, mire el colosal parque con sus tonos verdes y dorados, tan semejante a la selva del libro. Me di cuenta que no tenia ningún sitio donde poder esconderme de mis compañeros. Que por mucho que corriese, por mucha distancia que les sacase, esa carrera jamás la podría ganar. Me senté en un banco de la entrada al parque y leyendo el pesado libro de cuentos, espere treinta minutos a que llegasen mis amigos.
Estos buitres de blanco, ahora me hacen dar una vuelta más al estadio para ver si me caigo antes de tocar la cinta. No les daré esa satisfacción, aunque no veo bien, la pista gira frenética y este cansancio que me invade pone plomo en mis piernas. El griterío es ensordecedor, la pista parece una rampa sin fin que girase hacia atrás bajo mis zapatillas. Pero ya está la cinta delante de mí, adelanto el pecho en un esfuerzo final tirándome hacia ella y cuando la cinta cae lacia a ambos lados todo tipo de dolor ha desaparecido de mi cuerpo. La gente me aclama, grita, por fin he ganado la Maratón y entre la neblina de mis ojos, José Antonio el portero, me saluda cuando entro corriendo por la puerta del club.



Buen final. Gracias por compartir. Saludos
Vladodivac: esto es tan hermoso, que, sin tu consentimiento, se lo he enviado a un hijo mío que trabaja en Viena, y que en sus ratos libres se dedica a correr, con el Danubio a un lado. Constantemente se prepara para participar en maratones; recientemente estuvo en un medio maratón, y me contó algo similiar a lo que tú expresas tan bien, esa angustia de ir perdiendo fuerzas, ese inmenso dolor en todo el cuerpo, y aún así, superer todo para llegar a la meta.
Formidable narración.
Un caluroso saludo desde la pequeña ciudad de Sahuayo, en el estado de Michoacán (condado y provincia, dicen en algunos países), en la república mexicana.
Volivar Martínez
Puedes mandárselo con mi consentimiento, esta publicado aquí en España en un libro que se llama El abuelo y otros relatos…..Gracias por tu comentario,,,,,