La enfermedad se había desarrollado rápidamente las primeras semanas y nadie había descubierto cuál había sido su origen. Tampoco se conocía una cura y todos los que eran infectados eran puestos en cuarentena para evitar que el contagio se extendiera.
Aquellos días habían sido una locura en el hospital comarcal y los suministros habían dejado de llegar todos los días para hacerlo una vez a la semana y con bastante escasez. La comida también había llegado a ser un problema y las tiendas habían sido el primer lugar de saqueo donde oleadas de gente al principio y algún que otro pobre diablo después, iban en busca de qué llevarse a la boca.
Los pocos que habían quedado en el pueblo habían huido despavoridos ante la visión de los infectados y del miedo a ser uno de ellos. Su piel se había tornado en un tono grisáceo, su cara se había arrugado de forma grotesca, sus ojos sin vida habían perdido el color y andaban de allá para acá como si buscaran algo.
No habían tardado mucho los habitantes en descubrir que los síntomas de la enfermedad tardaban apenas unas horas y continuaban hasta después de su muerte cerebral, haciéndoles moverse sin rumbo fijo y solo parecían cobrar verdadera vida cuando notaban a alguien diferente de su especie cerca. Sus ojos tomaban un tono gris intenso y sus brazos se extendían alrededor de su víctima hasta que finalmente lo contagiaba fuera por un rasguño ó una herida más seria.
Las personas con seres queridos infectados se habían quedado, al principio, a su lado sin saber qué suerte correrían y solo los más listos, viendo que no habría cura, habían partido con lo esencial.
El caso más curioso había sido el de Daniel, un hombre de treinta que llevaba ciego desde los diez. Había aprendido a desarrollar sus capacidades y destrezas al máximo tanto con la lucha cuerpo a cuerpo como con la espada.
Cuando dos días después y cincuenta kilómetros más lejos llegó a la capital, una familia le encontró y le aceptaron en sus filas. Gracias a Daniel, aquella familia pudo ocupar una vieja casona abandonada a las afueras y decidieron establecerse allí. Habían perdido la esperanza tras recorrer varias ciudades y ver el mismo escenario en todas ellas. Las calles llenas de cuerpos destripados, con las vísceras fuera y otros comiendo como caníbales de los restos de los que antes habían sido compañeros de trabajo, amigos ó incluso familia.
La vida había llegado a ser una película de ciencia ficción sin publicidad ni final feliz. Aquello se había convertido en una espiral todos los días. Salir de casa con una escopeta, una espada ó algo con lo que luchar y encontrarse con al menos uno de ellos había sido como el pan nuestro de cada día. Algo cotidiano pero no por ello menos tranquilizador. Al contrario, incluso en la casa tenían mucha precaución y cada vez que alguien se separaba del grupo se aseguraban de que no se hubiera infectado. Aquello era lo más fácil de todo por lo que habían pasado. Uno de los rasgos más comunes en todos los infectados es que habían perdido el don del habla por lo que interrogaban al sospechoso y hasta que no habían quedado totalmente conformes no dejaban que entrara en contacto con el resto.
Aquella última semana había sido la más dura. El más pequeño de la familia había contraído un virus y no había manera de saber si estaba contagiado ó no pues apenas era un bebé y el don del habla no estaba entre sus capacidades. Su madre había tenido que darle la leche recién sacada de su pecho y mediante un biberón. Protegida con guantes de doble capa, permanecía de pie junto a la cuna dándole de beber mientras algunas lágrimas caían de sus ojos. Aquello era algo infame. Apartar a un bebé de su madre no era algo natural. Como comer macarrones sin tomate ó vestir de manga corta en invierno.
Dos días después, el padre y el hijo mayor habían ido a la ciudad a recoger provisiones pero la tarde había caído y no habían vuelto todavía. La mujer se había puesto histérica y había exigido a Daniel que la dejara salir en su busca. Los gritos salían de su boca sin orden aparente y parecía que la mujer había perdido la poca cordura que la quedaba. Fue en ese momento, cuando otro grito comenzó a oírse en el cuarto del bebé. Corrieron a tiempo para abrir la puerta y encontrarse al cabeza de familia sosteniendo al bebé en el aire.
La madre se llevó las manos a la cabeza y pidió ayuda a Daniel. Este le pidió que se tranquilizara y le explicara que estaba sucediendo. El hombre, mientras tanto, había dejado al bebé en la cuna y se dirigía a ellos con su figura de película en blanco y negro y arrastrando los pies torpemente.
El pánico se había apoderado de la mujer y había escapado por la puerta dejando a Daniel allí solo. Por suerte para él y a pesar de su ceguera, llevaba la espada siempre consigo, algo con lo que la mujer había estado mucho en contra por estar en presencia de sus hijos. Sacó la hoja de su funda y se puso en posición para batirse contra el que en poco tiempo se había convertido en su mejor amigo. La ceguera era algo a su favor pues le hacía deshacerse de vínculos afectivos y enfrentarse a la oscuridad más aterradora, la de un infectado que pretendía hacer de él un suculento plato de comida.
Cuando horas después, la mujer recorría los cuartos de la casa tras un silencio que la tensaba por momentos y la ponía los pelos de punta, encontró a su marido decapitado. El cuerpo permanecía agitándose con pequeños e imperceptibles temblores que le hicieron echarse rápidamente hacia atrás. Tropezó y cayó al suelo. Había caído sobre Daniel y cuando giró se encontró con la cabeza de su marido empapada en un viscoso líquido negro y sostenida en el cuero cabelludo por la mano de Daniel.
Ella se lanzó sobre Daniel y comenzó a golpearle con toda la fuerza de que su cuerpo disponía, que en aquel momento era poca. Dejó de insultarle y pegarle a terminar llorando entre sus brazos. El había soltado la cabeza y la había hecho rodar hasta el lado más alejado de la habitación. Rodeó con su mano la cintura de ella y con la otra no soltó en ningún momento la empuñadura del florete, haciendo que sus nudillos se volvieran blancos de la tensión con que la sostenía.
Al día siguiente y con el sol despuntando, sacaron el cadáver y la cabeza del marido al patio trasero donde lo enterraron. Ahora eran tres bocas las que alimentar y nada a lo que pegar un mordisco. Por suerte para ellos, habían encontrado un pequeño huerto escondido entre la maleza que había crecido en el jardín y podrían irse alimentando de verduras, eso sí, racionando las comidas. No tuvieron necesidad de ir a la ciudad a nada y así pasó un mes fugazmente.
La mujer y Daniel habían tropezado uno con el otro, un día cualquiera tras la comida y Daniel la retuvo entre sus brazos poniendo en práctica sus reflejos. Un momento de aquellos podía haber sido la antesala a un beso íntimo ó algo más si ambos hubieran cruzado sus miradas. No fue así pero la extremada sensibilidad de Daniel hacía que un leve roce le pusiera los pelos de punta y el tenerla a ella entre sus brazos hizo que algo dentro de él se encendiera como una llama.
Fue entonces cuando un dolor agudo penetró en su pecho y soltó bruscamente a la mujer para caer de rodillas y apoyarse en el suelo. Comenzó a palparse para descubrir que tenía un cuchillo clavado en su diafragma. La sangre había comenzado a salir a borbotones y supo que le quedaba poco tiempo. No le importaba. Daniel sabía que más tarde ó temprano le llegaría su hora en aquel infierno de mundo. Solo una pregunta le corroía la piel. ¿Por qué? ¿Por qué a él? Y sobre todo, ¿por qué ella?
No tuvo que decirlo en alto pues la mujer le confesó en esos momentos que estaba harta de estar bajo su yugo y no poder tomar sus propias decisiones. Mientras iba en busca de su bebé y recogía lo imprescindible, la noche caía y los infectados se reunían en grandes bandadas en busca de alguna posible víctima. Todo esto lo había descubierto Daniel unas semanas atrás por lo que se había dedicado a acuartelar la casa para que nadie entrara. Solo cuando ella se disponía a salir de la casa, Daniel le agarró el tobillo rogándole que no saliera. Ésta, ignorante de la peligrosa situación, le dio una patada para soltarse y se rió de él. Abrió la puerta y solo dispuso de unos segundos para que su cara se torciera en un gesto de terror sin igual antes de que el cuerpo de su hijo el mayor se lanzara sobre ella para devorarla. El resto de cuerpos se hicieron con la casa en pocos minutos y comenzaron a morder a Daniel, sin fuerzas ni ánimo para hacer nada, mientras el alma de ella hacía tiempo se había deslizado de su cuerpo.




Un autentico relato de terror. Muy bien narrado. Felicitaciones y mi voto.
Muy bueno…me gustó
, no imaginaba ese final para Daniel.
Un saludo!!
Gracias por el voto. Me alegro que les gustara