La mediana edad comenzó a pegarme mal, tensión arterial, colesterol, stress y no se cuantas otras cosas, de esas que aparecen en los títulos de las revistas de autoayuda , me asaltaron casi de repente y mi corazón no dejó pasar impávida la angustia del alma, las tomó y me restregó en las narices todos los malditos atados de cigarrillos consumidos, todos los apresuramientos inútiles, los estúpidos desvelos por trepar en la pirámide antisocial, me pegó un buen susto el compañero, pero por suerte, el de arriba, el de abajo, en realidad, el o ella de todos lados, le ofreció una chance más a mi recuerdo vivo. No me quedó otra opción más que prestarle atención a las indicaciones médicas, modificar mi estilo de no-vida y por lo tanto decidí aumentar mi actividad física, entonces todas las tardes a la salida del trabajo, me dirijo a la estación central de trenes caminando, con lo cual realizó un ejercicio de más o menos, treinta o treinta y cinco minutos y gracias a este hábito logré bajar mi tensión arterial y aumentar el colesterol del bueno, donde ya nadie puede quejarse que no sea un alumno ejemplar en estas lides, de cuidarme la salud. Lo bueno todo este asunto es que desde que comencé con las caminatas encontré algún tiempo para conversar conmigo mismo, hacía largo tiempo que me tenía olvidado, creo que ni me hablaba, casi no tenía memoria de mi existencia, pude conectarme con mi pasado, recorriendo esas calles y despertándome por momentos de la rutina, así logré redescubrir mis pisadas y mis cavilaciones, esas mismas que fueron en otro tiempo tantas veces transitadas y vividas plenamente. Lo interesante de esto y puedo sentenciarlo es que nuestra estructura basal no cambia, solo va dejándose ondear por el viento y los huracanes, pega estirones, retorcijones, pero en definitiva y en el ocaso de nuestra mirada, en el comienzo de la conciencia, es la misma, a veces acurrucada, desvalida, atormentada y otras exultante y arrolladora, pero al final es siempre la misma. En ese transitar de casi dos y medio kilómetros que separan la central ferroviaria, de mi controlada y funcional estancia en un empleo bien remunerado, las encontré una tarde- noche de invierno, eran cuatro, y estaban dispuestas entorno a una mesa de bar, de no más de 80 x 80, con una furtiva mirada alcancé a percibir, aclaro percibir, dado que no se en realidad, si es cierto o no, cuatro tazas de té y los restos de algunas medialunas. Lo que si vi en ese instante, fue una mujer, con el pelo de color rojo furioso, una piel hachada pacientemente por los años, la boca hundida y los labios dibujados con un rouge incendiado, era la que se encontraba más cerca de la ventana, pero solo fue eso, un instante, una brevísima atemporalidad capturada y enjaulada para hacerla finita y mortal. Al día siguiente mis pasos me llevaron en igual sintonía que el día anterior, al mismo lugar y a casi la misma hora, no comprendo cual fue el embrujo que los condujo y en realidad creo que no quiero saberlo, pero observé a las cuatro y pude examinar mas concienzudamente la escena, con seguridad todas vivieron más de ochenta años, el estigma está en sus rostros, la coloración artificial en sus cabellos; y todo el arsenal de maquillajes en sus pieles, pero a esta altura de sus vidas, se les hace imposible disimular con ellos, los avatares del viaje. A través del ventanal cerrado, se veía una amigable charla,…fin de este instante. El ritual siguió repitiéndose, tarde, tras tarde, cada nuevo día y gracias a ello, me sentía un poco más partícipe de la reunión y a la vez obtenía cada vez más elementos, que se sumaban a mi inadvertida exploración silenciosa y me permitían recrear un escenario imaginario, con el goce supremo de la vida que deberían experimentar estas ancianas, luego de haber consumido casi todo el oxígeno de su cuenta y ya alejadas de los placeres mundanos, mucho más cercanas al umbral de lo infinito. Su vestimenta era casi siempre la misma, sus miradas indefectiblemente se perdían en el horizonte, línea imaginaria que separa los tiempos del día y la noche. Me puse a fantasear sobre los recuerdos que convivirían en esa mesa, tan lejanos, pero a la vez tan presentes, como la evocación de una anécdota en común, esa misma que desataría cuatro historias distintas y cuatro sutiles diferencias, sobre un mismo hecho, que en realidad no es más que todos los hechos y todas las miradas posibles de ese único e irrepetible hecho. Mi curiosidad aumentaba con cada visita, mis latidos se precipitaban al acercarme al bar y mirar por la ventana, esto me generaba un dejo de angustia que arrinconaba mis sentidos, deseosos de contemplar esa imagen repetida, cada tarde, cada día. Qué hablarían, qué recuerdos y qué ilusiones atraparían sus pensamientos y sus sentimientos, tendrían una familia, alguien o un algo esperándolas, cuanto tiempo valioso, valiosísimo por lo escaso, habrían gastado en maquillarse cada tarde, cada día. No podía detenerme mucho a observar, ya que perdería el tren de las 18:58. Ese era un buen tren, que combinaba con el colectivo que me llevaba a casa, con mi esposa e hijo, y si llegaba tarde, ellos se preocuparían y desde aquel episodio cardíaco estaban muy atentos a mi persona. Por fin, llegó el día en que tomé valor y decidí sentarme en la mesa contigua, a mis admiradas ancianas y desde ese privilegiado rincón, me dispuse a escuchar sus relatos, ya no tendría que imaginarlos, estaba en condiciones de testificar con todos mis sentidos, el contenido de aquellas reuniones consuetudinarias y tal vez descubrir, que fue aquello que tanto me atrajo, hasta convertirme en una actor, secundario, pero actor al fin, de ese mágico ritual. Sorbí raudamente el café y me entregué total y desesperadamente a la contemplación de la ceremonia. Las viejas conversaban animadamente acerca de sus problemas de salud, el trastorno que implicaba levantarse cada mañana, cada nuevo día y los olvidos de la familia que solo esperaba su deceso para repartirse una absurda pensión. En todo momento, al menos dos viejas hablaban al unísono, afirmando y negando las dos restantes los dichos de una u otra, el ambiente se transformaba con una conversación alocada y sin sentido, consumían su tiempo sin finalidad alguna, sin siquiera escucharse, sin haber aprendido nada en tantos años, todo era una bulla disonante, en la cual el tiempo, era tiempo y la vida solo un transcurrir, los abismos escarpados de la conciencia no estaban presentes, evidentemente la proximidad del final no es un disparador de angustias, solo de ilusiones, y son esas ilusiones, las que nos nublan el paisaje. De pronto sentí que el embrujo que me llevó a aquel lugar, tomaba una fuerza inaudita, y estuve a punto de gritarles, aprovechen sus últimos años, meses, días…. Sin embargo, esto no tendría sentido alguno, y para pelear contra los molinos de viento no me alcanzaban las fuerzas. Me levanté de la mesa dejándole una suculenta propina al mozo, y caminé rápidamente hasta llegar a la Central de trenes, ya daban las 19:03 y mi tren había partido, en ese instante pensé, cuanto me costó lanzarme a explorar el ritual, y finalmente cuando lo hice, no pude encontrar ninguna respuesta, en realidad solo conseguí perder mi tren, nada de esto tenía sentido, puede que la solución estuviese en la pregunta y no en la respuesta, no lo se, volví a ser niño y a preguntarme ¿por qué? . Me dirigí al comienzo del andén, para esperar la nueva formación de trenes, sabía que en casa me estaban esperando …… Se escuchó en el parlante de la estación “Al acercarse el tren, proveniente de Caballito, una persona de sexo masculino y mediana edad saltó a las vías, perdiendo la vida al instante y provocando demoras en el servicio.
Las cuatro ancianas (viejas)
3 Comentarios



¡Bienvenido a Falsaria!
Gracias por publicar en la red social literaria.
Un saludo,
El equipo de Falsaria.
Muy bueno !!!
Muchas gracias, por leerme.