Las huellas del amor prohibido y esquivo
23 de Enero, 2012 2
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Wynie Smith se llevó a Ése a su casa y a su cama varias horas después de conocerlo en un club nocturno y tras haber compartido con él unas cuantas risas y algún beso furtivo. Caminaron varias manzanas abrazados y besándose como posesos hasta llegar al apartamento del barrio de Los Austrias, en el centro de Madrid. Una vez en la intimidad, se despojaron de sus ropas mientras sus lenguas recorrían cada rincón de sus anatomías ardientes de deseo. Recostados en el sofá, follaron como leones y siguieron gozando encima de una silla, bajo las tibias aguas de la bañera y entre las sábanas estampadas de rosas que cubrían la amplia cama. Entregados de lleno a la tarea de descubrir el goce de sus cuerpos, apenas intercambiaron palabras.

Solo cuando fue consciente de que el sexo junto a Ése adquiría un matiz especial, Wynie le lanzó un tímido “creo que esto se nos da demasiado bien”, y el asintió al tiempo que le dedicaba una mirada cómplice, una sonrisa ancha y un beso apasionado que ella saboreó como si se tratara del primero de su vida. No durmieron en las pocas horas que quedaban de noche… Él se despidió con los primeros rayos de sol y salió corriendo cual Cenicienta temerosa de que el Hada rompiera el encantamiento por llegar unos minutos tarde…Aquella huida sin motivo aparente le produjo a Wynie tal sensación de vacío que no pudo evitar el hecho de pedirle tímidamente una explicación del tipo “por qué tienes tanta prisa, si es sábado”. Él la tranquilizó con un beso cálido y estas palabras: “tengo unas gestiones que hacer. Descansa un rato, déjame tu número de teléfono y cuando despiertes estaré de nuevo a tu lado. Volveré, no te preocupes”.

Escuchó el ruido de la puerta al cerrarse y tuvo la intuición de que todo lo ocurrido en esa noche mágica se había esfumado para siempre. Una extraña sensación de amargura recorrió su cuerpo e inundó las sábanas de la cama, poseídas aún por el olor especial que dejara Ése. Tuvo que repetirse a sí misma varias veces las palabras que el hombre pronunciara minutos antes de marcharse, con un convencimiento fuera de toda duda razonable “volveré, no te preocupes”, antes de ser capaz de quedarse dormida. Pasaron las horas…. Se despertó, preparó algo para comer, recogió la ropa, ordenó la casa, se fumó un cigarrillo y dejó que el tiempo siguiera consumiendo la lenta espera. El teléfono y el timbre permanecían en silencio. La noche abarcó con sus penumbras toda la extensión de aquel apartamento frío y vacío. Fue entonces cuando Wynie constató la evidencia de que Ése la había engañado. No volvió como había prometido y ni siquiera se dignó a llamarla. Indignada, dio un puñetazo en la mesa que le dejó la mano derecha dolorida durante un buen rato.

El reencuentro llegó mucho antes de lo que ella hubiera imaginado. No hubo llamadas ni mensajes. Se vieron en el mismo local donde se habían conocido y el hecho no fue tan casual como pensaba. Justo dos semanas después de la primera vez, llegó con sus amigas al citado club y lo vio nada más entrar, apostado al lado de la puerta, como si estuviera esperándola.

-No pensaba verte tan pronto, le dijo a modo de saludo.

-Yo a ti sí. De hecho, he venido a buscarte, contestó él sonriendo y con la mirada perdida en las esbeltas piernas femeninas. Estás muy guapa con esa minifalda, la piropeó al oído.

-¿Vas a contarme por qué sabías que iba a venir esta noche? ¿Eres vidente, o quizás un detective que ha seguido cada uno de mis pasos?

-Ninguna de las dos cosas. Tú misma me dijiste que solo salías una semana de cada dos, porque la otra estabas con tu hijo, y que frecuentabas este local.

-Sí, ya, contestó ella, satisfecha de que su amante hubiera recordado aquel hecho en teoría banal y decidiera actuar en consecuencia. ¿Tú de qué vas?, le espetó en tono descarado. Primero huyes de mi casa como la Cenicienta y luego dices que vienes a buscarme. ¿Qué pretendes, confundirme?

Ése sonrió sin contestar. La agarró por la cintura y pretendió besarla. Wynie se deshizo de sus brazos y alejó sus mejillas del rostro masculino con un giro brusco de cabeza.

-Ahora me confundes tú a mi. Creía que te gustaban mis besos.

-Tanto como a ti los míos. Pero si quieres volver a probarlos, tendrás que explicarme por qué me dejaste plantada.

-Perdóname. Lo siento, se disculpó el hombre.

-No me da la gana. No creo en el perdón y, mucho menos, para practicarlo con un tipo que me dejó plantada. Si no me lo aclaras, adiós. Me voy con mis amigas. Te veo falto de inteligencia emocional, querido follador, le soltó al tiempo que lo provocaba con una mirada lasciva y la punta de la lengua paseándose por sus labios pintados de rojo fuego.

-Ven aquí. Quédate conmigo, le contestó él mientras agarraba su brazo y la llevaba en dirección a los baños. Ahora te lo cuento todo, de verdad.

-Empieza, le ordenó ella parándose en seco e intentando que la soltara.

-Me esperaban en casa. Mi esposa y mi hija, aclaró, y Wynie sintió que una catarata de ladrillos se desplomaba sobre su cabeza. Le lanzó una mirada de “eres lo peor”y volvió la espalda con la intención de perderse entre la gente que abarrotaba el local. Ése lo impidió. La agarró con fuerza por ambos brazos, la estrechó contra su pecho y la besó con una pasión inusitada. Ella no supo, ni pudo ni quiso negarse. Se entregó sumisa a aquellos besos ardientes. Al unísono, una colonia de mariposas surcaba su estómago y se humedecían sus labios interiores… Se dejó arrastrar por aquel beso interminable ajena al numeroso público que contemplaba la escena y al mundo entero que dejó de existir en esos momentos. El tiempo se estiró como un chicle y los abalanzó hasta la puerta de salida, prolongó la unión de sus labios por varias calles del centro de la ciudad e inundó de deseo cada rincón de la casa de Wynie. La razón abandonó su mente y entregó su cuerpo al placer de las manos masculinas que lo surcaban, al fuego del miembro erecto que se introducía en las viscosidades de su interior abierto en canal y a los latidos de corazones excitados que rompían el silencio de la noche. Se amaron con fuerza y sin palabras, y el día sorprendió sus cuerpos sudorosos y pegados. Un reloj situado sobre la mesilla de noche rompió el encantamiento. Ése lo miró y la realidad se convirtió en agua helada derramándose por toda la extensión anatómica de Wynie. Un escalofrío recorrió su ser y expulsó cuatro letras de sus labios. “Vete”.

-¿Por qué quieres que me vaya? ¿Me estás echando?

-No. Eres tú quien ha mirado la hora. Me has recordado que otra te está esperando y no lo soporto. El hombre que me ame, mientras esté a mi lado, tiene que entregarse al cien por cien.

-Yo me entrego. Ven aquí. Déjame amarte otra vez.

Y Wynie, la racional, la cerebral, la que enseñaba a sus amigas a doblegar los impulsos del corazón, no fue capaz de aplicarse su propia medicina y se dejó llevar por el precipicio de pasiones al que Ése la arrastró. Porque la razón se tornaba polvo cuando lo sentía dentro de su cuerpo y el paraíso se mostraba ante sus sentidos en su inmensidad más intensa…

Unos minutos después de que el amante se marchara de su cama y de su casa, Wynie decidió echarlo también de su vida. Ya había tenido un romance con un hombre casado y su mente se inundó de los recuerdos de aquel amor prohibido… De los encuentros furtivos, del murmullo de unas llamadas con más silencios que palabras, de las disculpas absurdas, de los escondites y de las citas a ciegas. Una experiencia que la dejó traumatizada durante muchos meses… Y ahora, cuando creyó que aquellos sucesos estaban pasados, superados y olvidados, los recuerdos de aquel amor martilleaban de nuevo su cabeza confundidos con sus sentimientos hacia Ése.

Aquella mañana, con el cuerpo dolorido después de una noche de sexo ardiente, dio patadas y puñetazos por todos los rincones de su casa. Se maldijo a sí misma, se llamó estúpida, imbécil y otra serie de lindezas similares por haber caído de nuevo en una relación prohibida y se dio una ducha. Enfadadísima, frotaba su piel con rabia para eliminar cualquier resquicio de las caricias recibidas poco antes… “Las huellas del amor prohibido y esquivo”, pensó, y un escalofrío incontrolable dominó su cuerpo y se adentró en su alma…

Wynie Smith vivió las jornadas sucesivas como si Ése no existiera ni en su vida ni en el mundo. Decidida a comprobar que sus dotes para la seducción continuaban inalterables, se buscó un ligue distinto cada noche que no le tocaba hacer de madre. Por su cama desfilaron varios camareros, un joven cantante de rap, un diseñador gráfico, un profesor de inglés, un aprendiz de actor, un bombero y un doctor… Hizo lo que nunca se le hubiera ocurrido: aceptar todas las propuesta recibidas. Y después de tanta noche ajetreada y tanto sexo más o menos placentero, en vísperas de Navidad… Escuchaba como un soniquete el ruido del tren deslizándose por las vías, sentía la respiración pausada de su hijo que dormía con la cabeza apoyada en su hombro… Y, en contra de su voluntad, pensaba en quién más deseaba olvidar…

2 Comentarios
  1. La visa es así, muy lindo relato. Gracias por compartir.

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