Érase una vez un hermoso pavo real que habitaba en el frondoso bosque. Paseaba por campos semiabiertos y praderas semiocultas, haciendo alarde de su excelsa belleza.
Su cabeza, cuello y pecho eran de un brillante azul cobalto; la espalda verde, iridiscente, y en la parte inferior de la misma destacaba el gris bronceado. Ojos de color cobre, cara con líneas blancas y negras, y cresta pequeña pero muy abierta. Al desplegarse, los cobertores formaban un majestuoso abanico.
En su intento por conquistar el corazón de las hembras, procedía siempre presto y decidido al ritual del cortejo. Solía retroceder lentamente, en dirección a las hembras, para después girar en redondo, con el fin de impresionar a su posible compañera. El balanceo de sus plumas producía un seductor susurro difícil de resistir, aún para la pava más arrogante.
Cada dos de julio se celebraba en el pueblo que le vio nacer, la Fiesta del Mantón.
Qué poco podía imaginarse el general Maroto, allá por 1839, tras ser derrotado por Espartero, que el baúl que dejase abandonado en la villa que se denominaría Ramales de la Victoria iba a convertirse, por mor de su contendido, en singular protagonista. Desde entonces acá, el mantón es santo y seña de la mujer ramaliega, de su sentir. Y, por ello, lo mismo lo luce sobre los hombros que lo expone en la balconada de su casa solariega; en cualquier caso, con inmenso orgullo.
Una verbena, un organillo y, principalmente, el mantón de por medio, que tanto ha arraigado en Ramales de la Victoria, contribuyendo al folklore de la tierruca.
El pavo real, conmemorando el origen de la fiesta, paseaba majestuoso por los jardines de José Antonio. Con gráciles movimientos, al compás de la música, exhibía la perfección de su plumaje. Las parejas que se recreaban bailando el chotis o el pasodoble, a los que tan bien acompañaba el mantón, le miraban admirados. Y se creyó, con razón, que su plumaje superaba en naturaleza y colorido a la delicada tela.
Mostraba su belleza sin vanidad ni falsa modestia, sin importarle que los humanos le calificasen de petulante.
Para acudir a la verbena, las damas se engalanaban con mantones de Manila de preciosos colores, y los caballeros con elegantes trajes y corbatas.
El ave no comprendía la contradictoria actitud de los humanos: se disfrazaban en vano intento de impresionar a sus semejantes, en vez de mostrar al mundo lo mejor de sí mismos.
Ocurrió en calurosa tarde. Los niños de un grupo en edad escolar caminaban por el bosque. Recolectaban hojas de los árboles y las colocaban entre las páginas de periódicos atrasados, para transportarlas hasta el centro de estudios donde posteriormente procederían a prensarlas.
Sin percatarse de ello, uno de los chicos, de cabellos rojizos como el crepúsculo de la tarde y vivarachos ojos verdes, dejó caer de su mochila un botellín de vidrio vacío, del que, tras larga exposición a los ardientes rayos del sol, nacieron chispas en el cristal, que poco a poco se tornaron en enormes llamaradas.
El pavo real se encontraba a pocos metros, comiendo insectos. El intenso olor a humo hizo que se girase para comprobar de dónde provenía tan desagradable olor.
Al ver al inesperado enemigo, abrió su enorme cola y comenzó a exhibirla con el fin de amedrentar a su rival. Su graznido era agudo y estruendoso.
Sin embargo, las lenguas de fuego, lejos de acobardarse ante el desafío, se envalentonaban más y más, haciendo burla del desesperado intento del ave por asustarlas. Éste, al verse derrotado en la batalla, comenzó a correr en dirección al lago.
El gigante de fuego se apoderó de él, envolviéndole entre perlas de color cobre encendido, que le ocasionaron intensas quemaduras.
En desperado intento por sobrevivir, se arrojó a las frías aguas del estaque.
Una vez sofocadas las llamas, el descalabrado animal emergió a la superficie. Apenas le quedaba alguna que otra pluma en sus carnes; y la que fuera majestuosa cola había quedado reducida a la nada.
Poco a poco, sus lesiones fueron curando, pero no sin dejar innumerables cicatrices en su cuerpo. El plumaje no volvería a nacer.
El pavo real se veía horrible, y clamaba: ¡Quién va a fijarse en mí!
Triste y acomplejado, durante el día se escondía entre las ramas de los árboles; y por la noche, cuando el bosque dormía, salía en busca de alimentos.
La luna, su única amiga y confidente, le acompañaba en el peregrinar nocturno. Elevaba sus ojos hacia la dama de plata, y en mágico ritual le suplicaba que le devolviese su perdida belleza. Taciturno, se acercaba hasta el lago y buscaba en el espejo de cristal aquella imagen suya de antaño. El agua le devolvía la efigie de un animal deforme y asustado.
Desesperanzado, volvía sobre sus pasos y se cobijaba tras el árbol más alejado del bosque.
Pasaron días y noches, y llegó el trascendente momento.
Los primeros compases de la música comenzaban a sonar. La verbena había comenzado. Todo era bullicio y folklore. Mas el pavo real, triste y desolado, añoraba el tiempo en que daba las gracias a la madre naturaleza por haberle dotado de un sublime manto natural. El dolor embriagaba su alma y un desesperado llanto empañaba sus hinchados ojos.
Abatido, volvió sobre sus pasos para adentrarse en el bosque, allí donde nadie pudiera encontrarle nunca. No podría soportar que ningún ser vivo le viese en tan lamentable situación.
Un sonoro estruendo, seguido de un racimo de luces de colores proveniente de los fuegos artificiales, le sacó de sus inconsolables pensamientos.
En temerosa huída tropezó con una piedra; el traspiés le llevó a caer de bruces en el lago. La esperpéntica imagen que el agua clara reflejó cual espejo, le recordó su lamentable estado presente.
Huyó presuroso para ocultarse en la cercana cueva de El Mirón hasta que, rendido por el llanto, se quedó dormido.
El tiempo corría y su maltrecho cuerpo delataba el sufrimiento vivido. Tembloroso y solitario, el animal se alimentaba de las hierbas del campo. De pronto, algo llamó su atención, haciendo que elevase la mirada.
Sintió cómo su corazón se desbocaba, a la par que un sudor frío recorría todo su cuerpo. Se quedó paralizado. El pánico, provocado por la espeluznante escena que se presentaba ante sus aterrados ojos, le impedía ejecutar movimiento alguno.
Su mortal enemigo, el fuego devastador que antaño devorase su belleza, había regresado. Esta vez se cebaba en la casita del bosque donde vivía un campesino con su mujer e hijos. El pavo los conocía bien; cada día los observaba, oculto entre las ramas de los árboles para no ser descubierto.
Formaban una estampa feliz, tan dichosa como la que a él le hubiera gustado fundar con su pava enamorada y los pavitos que del fruto de su amor hubiesen nacido.
Las llamas crecían cada vez más, adueñándose de la vivienda.
Se repetía así mismo, una y otra vez, que no podía perder ni un solo instante.
Debía de alertar a los habitantes de la casa para que no muriesen abrasados.
No obstante, debatíase entre su deseo de vencer la fobia que le provocaba el fuego, debido al recuerdo de la traumática experiencia vivida años antes, y al miedo instalado en su imaginación.
A riesgo de perecer en el intento, decidió afrontar el reto que le presentaba la vida.
Sintió una gran fuerza interior, desconocida por él hasta entonces.
Dio un paso hacia adelante con actitud temerosa; luego otro con más aplomo, otro y otro, hasta que consiguió caminar erguido y seguro. Sorprendido ante su insospechado valor, escuchó unos enérgicos graznidos que, quebrando el silencio de la noche, reconoció como suyos.
El humo que salía por las rendijas de la puerta y de las ventanas cegaba sus ojos y le producía un intenso picor en la garganta; pero, aún así, continuó chillando cada vez más fuerte, intentando prevenir a la familia.
Alarmado por el escándalo proveniente del exterior, el dueño de la morada se despertó Apenas podía ver, y respirar le resultaba costoso.
A tientas, guiado por el alboroto que producía el pavo, consiguió sacar a su familia de la casa, salvándolos de una muerte segura. Los reclamos eran tan intensos, que despertaron a todos los vecinos del pueblo.
En pocos minutos, los bomberos llegaron precedidos de sus estruendosas sirenas, provistos de largas mangueras de riego para sofocar el incendio.
Se había evitado una catástrofe.
La luna, conmovida por el valor del animalito, y en recompensa por la magistral lección de amor incondicional que había demostrado hacia la vida humana, decidió concederle el premio que más podía anhelar. Y acarició con sus dedos de plata el firmamento, la hierba y las flores del campo.
Del mágico mimo brotaron bellísimas perlas, con los colores del arco iris. Formando un inmenso abanico envolvieron, hasta cubrir totalmente, el cuerpo del intrépido pavo real.
En el instante en que se produjo el milagro, de su pecho agradecido brotó una intensa luz de color grana, inequívoca señal del amor de habitaba en el corazón del real pavo.
FIN



Bonito cuento
Muchísimas gracias por todo.
Un abrazo
Bonito relato, Cenicienta. Saludos y mi voto.
Me alegro que sea de tu agrado y muchas gracias por tu amable voto.
Un abrazo
Cenicienta literaria: hermoso relato, como todo lo que pones en la red. Siempre exaltando los valores que todos debemos poseer , y luchar por no perderlos.
Mi voto. Saludos
Volivar