De pronto la vida da un giro, los huesos, no responden igual por todo el andar, la mente se cansa de tanto pensar, el corazón tapado de amores empieza a fallar, los recuerdos no saben como acomodarlos e intentan contarlos una y otra vez. No todos entendemos esto, pero seguro llegaremos algún día a sentirlo, hasta entonces solo desesperamos ante el dolor, los olvidos, las fallas y repeticiones de quienes alcanzaron esa etapa antes que nosotros.
Creemos que nuestra función en la vida, es crecer, estudiar, trabajar, enamorarse, tener descendencia y relegamos el cuidado de nuestros viejitos. ¡Hay tantas obligaciones!, hijos que criar, estudios por pagar, hipotecas, autos, negocios ¿por qué dedicarle tiempo y espacio a quien ya tuvo una vida?
También nos toca cuidar de ellos, velar su sueño y estar en cada enfermedad con el mismo cariño con que se cuida a un hijo. Tener paciencia cuando sus pasos se vuelven más lentos permitiendo que se apoyen en nosotros para seguir caminando. Rodearlos de sus objetos y no despojarlos de ellos diciéndoles que acumulan cosas inservibles. Esa piecita de porcelana que desestimamos, ese santo que rechazamos, esa foto que descuidamos, tiene el mismo valor para un viejito que el oso de felpa al que le falta un ojo para un niño.
No son mañas cuando te piden una comida especial, lamentablemente no se encuentran en el super una sección especial para ellos, con compotas, formulas y sabores, tiene lógica, si en las mismas familias los olvidan ¿cómo culpar a las grandes empresas? Para la lactancia que dura menos de dos años hay mercado y para la larga vejez olvido.
Jamás desatendemos el control con el pediatra, las vacunas, son nuestra responsabilidad y hasta premiamos a los niños si se dejan picar, pero la ida al geriatra es una carga.
Dejamos en manos ajenas y con deniego lo que deberíamos hacer con las propias, que los demás se encarguen de atender al ser que nos cuido con cariño y devoción, de paso les enseñamos a nuestros hijos a hacer lo mismo con nosotros.
Deberíamos cambiar nuestra forma de pensar y entender que en la vejez es también nuestra obligación, acompañarla y recibirla con el mismo cariño que a un hijo. Pensar que es una fortuna y una bendición tener un viejito en la familia, tanto como niños en ella, ambos llenan la casa de alegría y de inocencia, pero solo ellos la colman de sabiduría.



Que lindo Cecy, nuestros mayores son el mayor tesoro del mundo, son los que nos miman, nos consienten, nos dan buenos consejos y nos cuentas esas historias de novela. No entiendo como hay gente que no sepa apareciar esos gratos momentos con ellos, para mi mis abuelos son lo mas grande, cierto que me duele verlos envejecer, pero son las personas que más me han echado la mano en este mundo y no dudaría nunca en ayudarlos cuando ellos necesiten mi mano. Felicidades por tu relato y por mover estos sentimientos en mi. Un abrazo.
-cecy: confirmo lo que escribe la linda Soraya: los viejitos son un tesoro; pero, amiga, son una lata; Ah, y no se pueden comparar con los niños, porque éstos en dos o tres años cambian, a forciori; en cambio los viejitos, sabrá Dios cuánto tiempo nos den lata; siempre quieren que uno esté con ellos, en la inacción; nada los divierte.
Hasta aquí, me parece que estoy mostrando una imagen nada digna
Pero, no, querida, a pesar de todo lo que sufrimos con ellos (y sufrimos cuidándolos más que a los niños), porque a ellos nada los distrae, con nada los alegramos, son dignos de nuestras atenciones, de nuestros cuidados. Es la ley de la vida: merecen todo de nosotros, porque ellos dieron todo para que vivamos, para que seamos lo que somos.
Yo, al ver que mi padre leía y leía incansablemente, tomé esa costumbre, y ahora trato hasta de escribir.
Sin su ejemplo, no sería más que un burro orejón, así es que, ¿por qué no darle lo que necesita: amor, comprensión, tiempo, aún restándolo del nuestro?
Te felicito
Mi voto
Volivar
Los ancianos son la sabiduría misma, las experiencias de la vida los elevan un peldaño por encima de los más jóvenes. Por supuesto que merecen respeto y hasta compresión, no debe ser fácil ver como día a día la salud se deteriora, la menta ya no funciona como antes y la depresión ante la inutilidad los martiriza constantemente.
Hay que darles mucho amor, abrazos, besos, consentirlos, y brindarles una vida digna. Sólo así valoramos nuestros orígenes. Porque ellos lo son.
Mi voto.