Habían invitado a unos amigos a cenar. Esa noche se esperaba una lluvia de estrellas y su casa en lo alto de la montaña era el lugar perfecto para verlas. Conocían a sus amigos desde hacía mucho tiempo. Se apreciaban. Se comprendían. Y, sobre todo, se mentían.
-¿Qué queréis tomar? - Alberto ofrecía una copa a sus invitados ya sentados en la terraza - Ya sabéis lo que dicen, cada estrella es un deseo.
-A mí esas cosas me parecen tonterías- replicó su mujer.
Esa noche Alicia estaba particularmente irritante. Se había pasado toda la cena contando sus ideas sobre la vida, esas que contaba siempre que había invitados, esas que no habían cambiado en los últimos veinte años, esas que ya no impresionaban a nadie.
Alberto era un hombre tranquilo, dedicado a su trabajo. Siempre dejaba lucirse a su mujer en las reuniones sociales. Sabía que para ella era importante sentirse la protagonista en esas ocasiones. Alicia no había tenido tanto éxito como él y a menudo lo culpaba de su fracaso o más bien de su falta de éxito profesional.
-Yo hubiera llegado más lejos como tú si no fuese por todo el tiempo que he dedicado a los niños ¡Cómo no te va a ir bien si no haces otra cosa que trabajar!
Pero hoy a Alberto no parecían molestarle los agrios comentarios de Alicia. Venía de encontrarse con María, su amante. Nunca pensó que tendría una amante. El siempre se había considerado un hombre íntegro y honesto. Pero había sucedido y no se arrepentía. A pesar de que se había duchado y perfumado, aún sentía el olor de María en sus manos. Su mente seguía deslizándose por su voluptuoso cuerpo y disfrutando de la suavidad y ternura de su amor. Desde la distancia de su incipiente romance, ve a Alicia rodeada de invitados como una sombra de un pasado ya lejano.
El matrimonio de Carlos y María distaba mucho de la felicidad conyugal que ella esperaba el día que se casó. Ella siempre había soñado con tener una pequeña casa en lo alto de la montaña, como la de Alberto y Alicia, con un jardín por el que corretearan un par de niños, y un pequeño cenador en el que compartir veladas con los amigos todos los fines de semana.
Mientras todos saboreaban sus bebidas, Carlos estaba contando historias asombrosas sobre estrellas fugaces, cometas y meteoritos que se chocaron contra la Tierra en un pasado lejano. Carlos siempre tenía una buena historia que contar y con la que hacer felices a sus amigos. Era una pena que María ya no las apreciase. El tiempo la había vuelto seria, aburrida y … frígida. Ya no tenía nada que ver con la mujer que un día lo sedujo y con la que se casó. Sabía que en algún momento tenía que replantearse qué hacer con su vida, y enfrentarse al hecho de que ya no la amaba. Pero ese no era el momento de lamentarse, sino el de disfrutar de esa maravillosa noche.
-Mirad, allí viene la primera estrella fugaz. Podéis pedir un deseo pero recordad, los deseos deben mantenerse en secreto para que se cumplan- Carlos señalaba al norte con su dedo índice. Nadie dijo lo que pidió esa noche, pero minutos más tarde un meteorito caía sobre la casa reduciendo a cenizas lo que podría haber sido una perfecta velada de verano.




Arorafrancia… me pasé unos minutos muy amenos con tu narración; ese Carlos, que no supo apreciar a su esposa… caramba, sabes retratar lo cotidiano, lo que son los esposos que no conservan el amor de su pareja…
Bueno, eso reflecioné, y me dije que qué bien escribes… te felicito.
Mi voto.
Atentamente
Volivar
Gracias, Volivar. Es muy importante para mi la opinión de los compañeros.
Muy buen relato, con un final sorprendente. Saludos y mi voto.
Muchas gracias, Vimon.
Tienes mi voto Aurora, me gustó. Saludos.
Muchas gracias, Erg. Saludos.