Los compadres
23 de Enero, 2012 9
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calle de cojumatlán

Dos compadres inseparables, Melquíades y Tiburcio, son originarios de San Gregorio, pueblito michoacano de anchas calles empedradas, con una enorme plaza sombreada por un armazón de ramas, repletas de verdes y olorosas hojas de laureles de la India, con su artístico y creo que hasta colonial templo parroquial.

Estos individuos, al pardear la tarde de un día de verano, iban por una vereda que zigzagueaba entre los pajonales requemados de la Ciénega del lago de Chapala. Se dirigían a sus casas.
Pululaba el zacatonal dorado por los abrasadores rayos del sol. Gustosos chiflaban tonadas populares.
Todos hemos experimentado la paz y la tranquilidad que ofrece el campo, y, asimismo, podemos aseverar ante notario público que son tan volátiles, que se desvanecen en cualquier momento, como una burbuja de jabón a la que de pronto le llegara un delgado viento.
-Talonéale, vale –instó Melquíades a Tiburcio, poniéndose nervioso al ver que el día se estaba destiñendo; aún nos queda mucho camino por delante.
Y le dieron febriles guarachazos al camino; a veces Tiburcio se rezagaba aventándole piedras a una parvada de zanates que ennegrecían una ramuda ceiba, pero luego, trotando, alcanzaba a su compadre.
Después de caminar y caminar, entumidas las plantas de los pies por el cansancio, se pararon en la orilla de un charco de agua zarca que habían divisado a un lado del camino.
Se agacharon y tomaron gruesos buches, pero más tardaron en sorberlos que en arrojarlos, con exagerados aspavientos:
-¡Guácatelas, compa! ¡Está caliente, como caldo de res recién sacado del fogón!
-¿No serán “miados” (orines-con perdón-) de burro, compadrito?
En el tronco seco de un huizache derribado se sentaron a descansar un rato y se quedaron callados, preocupados porque la noche amenazaba con arrojarles sus pavorosas sombras en cualquier momento.
-Compadrito, nos hubiéramos “arrendado” en cuanto se terminó la fiesta en El Platanal; pero no; ni caso me hacías tomándote todas las cervezas que encontrabas por allí, envalentonándote para echarles pleito a todos; me tocó ir de metiche a defenderte, porque te daban guamazos como si hubieras sido tambora de una banda musical de aliento.
Melquíades regañaba a su compadre, cuando de pronto se dio cuenta de que un sujeto con una reata amarrada en el pescuezo colgaba de una gruesa rama de un mezquite desmadejado, que proyectaba su larga sombra en el pajonal.
-¡Compa, mira, ya dejaron quieto a ese cristiano!
-¡Ah, qué gente tan maligna, siempre haciendo fechorías! –exclamó Tiburcio, mirando de reojo al ahorcado, estrujando el sombrero entre las manos-. ¿Y ahora qué hacemos? Ni modo de dejar que se lo coman las aves de rapiña.
-Ya sé -dijo Melquíades, después de rascarse la cabeza. Tú te vas al rancho en cuanto antes; le pones el aparejo a la burra tordilla que tienes en el corral, te la traes para llevarnos al difunto a casa, con la tanteada de que las mujeres le canten el “alabado”. Así que, menéale, vale; mientras, aquí te espero yo, espantándole los zopilotes al muerto, que ya le rondan muy bajito.
Cuando se quedó solo Tiburcio, se zarandeó la sesera, se jaló los cabellos para sacarse los pensamientos y saber qué hacer en ese caso inusitado, y una idea le rebulló en la cabeza, poniéndola en práctica de inmediato: Con su filoso cuchillo cortó la punta de la reata amarrada en el tronco del mezquite, se la enredó en la cintura, y poco a poco fue bajando al ejecutado, para enseguida sentarse en una piedra y con la punta de la manga secarse el sudor que le corría a chorros por las mejillas. Prendió un cigarro, y le daba la primera chupada cuando se quedó acalambrado por el miedo. Es que había escuchado un ruido semejante a un angustioso resollido. Pero se tranquilizó, pues de pronto reinó un profundo silencio.
-¡Ah, qué susto! -Se dijo, secándose el sudor de la frente con su paliacate-. Y nomás por menso. ¿Quién iba a pensar que este amigo sorbiera aire si está muerto? ¡Tiene la soga bien requintada en el pescuezo! Si les contara esto a mis amigos, sería la “risión” de todos.
Terminó de fumarse su cigarro y sacó otro, que prendió después de varios intentos de sus manos temblorosas.
Se recostó, desguanzado, tratando de olvidar lo que le había ocurrido; pero, apenas había cerrado los ojos, cuando se le pusieron de punta los cabellos al escuchar nuevamente el desesperado resollido.
-¡Me llevan los demonios! ¿Pues qué pasa?
Lo primero que se le ocurrió a Tiburcio fue pegar de gritos, pero se preguntó que quién podría escucharlo en aquellas soledades. Tragó tantita saliva, y siguió recostado, volteando los ojos para todos lados, muy inquieto.
-Si no me falla la memoria -se dijo-, éste es el lío más espantoso que en mi vida me he metido.
Y siguió escuchando la agitada respiración, maniatado por el miedo.

 

Al echarle el sol la primera ojeada a los campos terregosos de la Ciénega, Melquiades regresaba haciéndole pelitos a la burra, armando gran bullicio para que caminara más de prisa.
-¡Compadre… Compadrito…! ¿Qué hiciste cuando te quedaste solo? ¿Por qué bajaste al muertito? Ahora se nos va a poner de la fregada para atravesarlo en la burra.
-¡Compa…Compadrito!… ¿Qué tienes?… ¡Respóndeme por vida de tu santa madrecita! -le gritó, espantado, al verlo tirado en el terregal junto al ahorcado.

Y al darse cuenta de que su compadre ni siquiera intentaba meter aire a sus pulmones, se le quedó mirando, horrorizó, dado que como al ahorcado, las aves de rapiña lo habían dejado en los puros huesos, enterándose, asimismo, de que, al menos, le habían dejado los ojos, espantosamente abiertos, que terroríficamente miraban fijamente hacia alguna parte indefinida.

9 Comentarios
  1. Una maravilla, lo he leído maravillado de principio a fin. Me intriga la manera en que puedes lograr que el relato crezca en intensidad, muchas gracias por compartir. Un saludo grande desde la triste Buenos Aires.

  2. Nanky, qué gusto saludarte. Yo, ¿lo creerás? Tratando de no quedarme a la zaga de tu literatura.
    Y a propósito, ¡qué tarea la tuya la de investigar qué canijos tenía el tal Petizo González para haberse llevado, como se dice aqui, en Mëxico, la flor más bella del ejido!
    Ese tal Petizo que tiene o tenía sabrá Dios quépara conquistar, te ha remontado a los lugares reservados para los verdaderos escritores, ese arduo trabajo que constituye las bellas letras, la literatura, pues.
    Para mí, es un gusto considerarte mi amigo, a quien admjiro.
    Atentamjente
    Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México

  3. Original historia, y muy curiosa la forma de contarla. Quizás sea porque soy de España y muchas palabras y expresiones me suenan bastante raras. Pero son estas expresiones las que hacen recordar de dónde es el relato: le dan su punto de origen, y aunque no entienda algunas de ellas, no las cambiaría. Distinguen al relato.
    Sigue escribiendo Volivar.
    Un saludo, como siempre, de lo más sincero.

  4. amigo qué buena forma de narrar el cuento, me gusta mucho.

  5. Mi muy estimada escritora de altos vueltos, Natalia Villalva: una letra tuya relacionada a lo que escribo, es indigna para mí, pero, lo expreso con humildad, la guardo en lo más profundo del alma.
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México

  6. Estimada Natalia Villalva: te agradezco que me hayas leído; en esta red literaria, muy segudo soy cruel con mis compañeros escritores, pero, te aseguro, que lo hago para que todos progresemos…
    Me duelen las críticas que pongo relacionadas a algún escritor… y, claro,eso se paga…. algunos no entienden mi intención; que no pretende echarles abajo su afición, al contrario, deseo que sean muy buenos literatos.
    Me gusta mucho leer y releer lo que sale de tu inspiracion, siempre excelente.
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, Mëxico

  7. Café solo y triste… eres muy amable con este tu servidor y admirador.
    ¿Me leíste? Qué felicidad, qué alegría que alguien, una excelente escritora, se detenga en lo que pongo por escrito.
    Día a día busco algo tuyo en esta red… si supieras la decepción que sufro cuando no encuentro tu firma en alguna narrativa.
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán,Mëxico

  8. Un buen relato que sazonado con toques de humor narra en buena forma la anecdota que poco a poco se va transformando en tragedia. El climax lo logras dejando al lector con el suspenso necesario que envuelve y que termina la historia. En cuanto a los “regionalismos” no te preocupes, nosotros, tus lectores, también debemos indagar sobre ellos para saber más de la cultura de otros paises, eso en nada le quita calidad a la historia, más bien te enaltece como escritor orgulloso de tus raices. Un gran abrazo amigo y exitos, te lo mereces por tu humildad y los valores que te identifican como ser humano y que se manifiestan en tus obras y en tus comentarios.

  9. Estimado Hegoz, tal es mi torpeza que no había leído este comentario tuyo, de inmenso valor para tu servidor.
    No sé si has notado que tenemos (tú y yo, o yo y tú) similitudes en gran parte de nuestras actividades…. en nuestros gustos… en los sentimientos.
    Vaya, que he encontrado un nuevo cuate (así se dice prosaicamente en México) es grandioso, porque eso, un amigo, es un tesoro.
    Atentamente
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México.
    (Nota: ¿te has dado cuenta de que los escritores de América latina estamos progresando, tanto en calidad literaria como en cantidad?)
    Esperemos´la opinión de Nanky.

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