Siempre creí que los hojuelos eran leyendas, niñerías, cuentos de viejas. Ahora, que por fin había encontrado uno, me resultaba extraño, me hacía sentir como un torpe tontorrón e ignorante. Me movía con torpeza en él, sin saber muy bien hacia dónde dirigirme, o a quién preguntar.
De niños, nos contaban historias sobre los hojuelos. Hablaban de ellos como tierras mágicas con tintes de lujuria, paraíso para algunos e infierno para otros. Desde luego que, cualquier inconformista que se precie trataría de encontrar uno, a cualquier precio. En ellos, había una constante fiesta, con música, que parecía no salir de ninguna parte, alcohol que parecía surgir de todas, muchachos y muchachas jóvenes o señores y señoras de igual espíritu.
Pero, la magia de los hojuelos no estaba en sus festejos, si no en lo que se hallaba en su corazón. Las historias, contaban que en el centro de cada hojuelo, se encontraba un recinto cerrado por una pequeña valla de madera. Dentro de ésta, había cientos de esculturas que semejaban a las atracciones que encontramos en cualquier parque para niños de cualquier barrio. No obstante, estas atracciones, tenían una particularidad, las personas inconformistas, que tuvieran una protesta de corazón, podían parar una única atracción. No les resultaría sencillo, y de verdad tenían que creer en su propósito, pero, si lo conseguían, este se cumpliría automáticamente. No todas las historias sobre los hojuelos tenían finales tan felices, ni todos los jóvenes idealistas habían logrado sus sueños. Muchos de ellos, no habían vuelto de allí, y nadie sabía si era por ser rehenes de la fiesta eterna, o porque decidieron que allí las preocupaciones dejaban de ser tales.
Allí estaba yo, perdido entre la multitud, con una cerveza en mi mano que no sabía cómo ni dónde había conseguido. Tras unos metros caminando, una joven muchacha me saludó. Era extraño, porque cuanto más hablaba con ella, más seguro estaba de que era mi prometida, no obstante, físicamente diferían en varios rasgos, era como si compartieran la presencia, como echas de la misma esencia, como cuando, en un sueño, vas con algún conocido que, aunque no se parezca en nada a la persona en cuestión, tu sabes que es él. Me presentó a un grupo de amigas y rápidamente me integré en la conversación. No se cuanto tiempo estuve allí, solo se que en un momento dado, miré el reloj, y éste había dejado de funcionar, según una de las muchachas, seguramente después de tantos años se habría agotado la pila. Este comentario me extrañó, pues yo me figuraba llevar apenas unos minutos, también me extraño la poca importancia que mi cerebro le dio en ese momento al tiempo y cómo mi máxima preferencia era seguir la fiesta.
(Continuará)



Me ha gustado mucho Envoy, ahora voy a leer la segunda parte.
Un beso.
No conocía nada de los hojuelos, ha sido muy explicativa para mí, ahora entiendo tu segunda parte.
Me gustó.
Un abrazo y mi voto.
Acabáramos! Así que eso eran los hojuelos… ahora se explica la segunda parte. Mi voto