1- De cómo se supo por primera vez de su existencia
Nunca nadie había oído hablar de ellos. No se conocía de su existencia. Ni siquiera tenían nombre. Como si nada a lo que nadie se hubiera molestado en poner nombre fuese capaz de existir por sí mismo al margen de las palabras.
La gente, por las mañanas, iba a sus trabajos en sus coches con las malas noticias de la radio como obligada sinfonía. O en trenes, recién lavados pero sin alma, donde la gente bostezaba y bostezaba tratando de tragar los últimos alientos de sueño. Todos ellos habían olvidado sus rostros en sus casas, o en otra ciudad, o en otro país…
Y ninguno de ellos sabía todavía que pudieran existir.
Una mañana, los primeros que marchaban hacia sus obligaciones como quien acude al matadero, aún de noche, vieron al primero. Con una pierna y dos muletas, cerca de un semáforo.
Al día siguiente había otro en el semáforo de en frente, ya estaban este y aquel. Otro día más y ya eran este, aquel y el de allí.
Con el paso de los días laborables, sin contar puentes ni fines de semana, donde había dos luego eran cuatro, después ocho y no mucho mas tarde dieciséis, como una progresión maltusiana.
Se acercaban a la ventanilla del conductor, enseñaban un vaso vacío del McDonald´s, que por supuesto no habían apurado ellos. Entonces les decías que no y ellos lanzaban un maleficio indescriptible.
Jamás se supo que idioma era aquel tan extraño que hablaban. Los filólogos más importantes se pusieron frente a ellos y no pudieron sacar nada en claro. Como los unos no daban monedas, los otros no daban palabras.
Tampoco nadie les había visto irse a dormir; recoger sus bártulos y monedas en una sucia bolsa de deporte e irse a descansar hasta el día siguiente.
Lo que nadie sabía era que dormían dentro de los semáforos acomodando sus miembros a la infraestructura. Por eso a veces aparecían con una extremidad de menos que el día anterior lucían. Si para dormir a gusto les sobraba, yo que sé, pongamos que un brazo, lo apartaban para siempre de su anatomía como si nunca antes lo hubieran tenido. Sin apego, ni remordimiento alguno.
Una mañana uno de ellos, con un brazo de menos, al día siguiente fue la pierna contraria. Después fue el otro brazo y finalmente la única pierna que le quedaba. Por eso todos se empezaron a reír de él ¡en que semáforo tan pequeño debía de dormir!
Por las noches los colores del semáforo lucían según el estado de ánimo de su inquilino.
El verde brillaba si habían obtenido una buena recompensa durante el día o si de repente se sorprendían tarareando una canción que creían olvidada. Cuando recordaban algo y tenían morriña de otros lugares y sus gentes resplandecía el naranja, por que los hombres que vivían dentro de los semáforos no sabían si eso era bueno o malo. Por una parte les entristecía el hecho de que hubiese cosas que echasen en falta, pero por otra los recuerdos les anclaban a la vida. Sin embargo, ¡que cuidado había que tener con el semáforo en rojo! Sus vasos de cartón no tintineaban lo suficiente, o las tripas les rugían y querían arrancarse el ombligo. A veces su furia llegaba tan lejos que las bombillas rojas habían llegado a estallar.
Cuando algún semáforo se rompía durante el día esperaban pacientemente sentados en un bordillo hasta que llegase el operario y les devolviese su medio de vida mientras la circulación se volvía loca. Pero si este tardaba en llegar, o simplemente no llegaba, ellos, sabiendo que aquella no era su competencia, se metían dentro del semáforo cuando nadie los miraba y arrancaban las venas de sus brazos, si es que aún conservaban alguno, para unirlas a los circuitos y cables y dejar allí fluir su sangre. Cuando el luminoso volvía a tener pulso volvían a pedir monedas con cara de no haber hecho nada.
Alguna vez al llegar el operario se había encontrado su trabajo hecho y había pensado que se trataba todo de una broma.
Y así fue como la gente supo por primera vez de la existencia de los hombres que vivían dentro de los semáforos.



Inquietante relato. Me gusta como lo narras. Con esa cadencia pausada y gris que lo inunda todo de principio a fin. Parece que todo esta pintado de gris, hasta el color de las luces de los semáforos. Te sigo. Felicidades.
Curioso relato. Muy imaginativo. Parece que podria tener continuacion. Felicitaciones y mi voto.
Me ha enganchado, y encantado
otro voto!
Muy original, te voto para animarte a que continúes el relato.
Muchas gracias por vuestros alentadores comentarios. Espero no defraudaros cuando continue. Un abrazo
Muy bonito,curiosa metáfora.Simplemente me encantó.
Gracias compañero.
Muy original y bien escrito. Me ha gustado. Te sigo.
Parece una peli de Katsuhiro Ōtomo, cómo unos hombres sin vida dejan de serlo para “convertirse” en máquinas que funcionan de la energía que absorben de esas vidas sin vida. Gran relato. Te sigo.
Buen nombre del cuento y gran relato, saludos.
rblasco1985 un cuento bien estructurado, con un estilo muy atractivo, aunque si te aplicaras en acentuar, en las reglas ortográficas, sería aún mejor.
Atwntamente
Volivar (Jorge Martínez
me gusto bastante, muy original, gracias por el aporte, y vamos que continua.
Oh, esa sensación de que alguien lo observa a uno mientras se espera a los cambios de luz del semáforo, ahora cobra sentido. Una luz verde me ha indicado que un “Me gusta” te haz ganado.
Hola! Felicitaciones al autor! Mi nombre es Nadia Sol Caramella, soy directora de http://escriturasindie.blogspot.com (un medio de difusion de arte y literatura independiente de argentina) nos gustaria publicar este cuento en el sitio para ello necesitamos contar con el nombre y algún contacto o blog del autor! Se agradece la respuesta a nuestro mail: [email protected]
Saludos!
buenisimoooo, me ha encantado!! es absolutamente original!! unha aperta para la morriña.
Muchísimas gracias a todos. Me dais motivos para seguir escribiendo. Un abrazo
Muy buen Relato. Nos invita a mirar una problemática social tan triste.
Muchas gracias a todos por haberme dejado entrar en la edición impresa.