Los limones de Kuntsevo
4 de Mayo, 2012 32
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Una mirada ausente, cansada y meditabunda, sin apenas esperanza, coronada por una maraña de vendajes ensangrentados, se pierde en la intersección de Santa Fe con Plaza Italia. De vez en cuando, sigue a algún transeúnte, a una madre empujando un carrito, a unos jóvenes en la taquilla del Cine Park, a lo que se insinúa como una pollera ajustada; a un colectivo; a un auto; a una motocicleta. Evita, sobre todo, el denso bosque de pinos y alerces. Las hojas verdes, casi negras, y las sombras que proyectan los
árboles restallan en los pliegues del recuerdo.

Desde los ventanales de la décimo segunda planta del Centro Niemeyer-Kemplerer de Recuperación las vistas de la ciudad de Buenos Aires son excelentes. En la sala de espera de la clínica varios carteles prohíben fumar. Un denso humo delata a la mirada hastiada. Se trata de los ojos acuosos del notario Oesterheld. Lleva ya un buen rato allí. Aunque es primavera empieza a notar el frío en los pies y la espalda. Tras la cura de emergencia, sólo le han permitido cubrirse el cuerpo con una camisola verde, fina y corta, de esas de hospital que se atan por detrás y que lo dejan todo al descubierto. Prende otro cigarrito. La sangre de la herida de la cabeza se ha secado.

El señor Oesterheld es un fervoroso admirador de las monarquías occidentales europeas. Su familia siempre luchó en el ejército del Imperio Austro-Húngaro. De ahí proviene su admiración, su devoción. Su abuelo, un simple titiritero de los confines del imperio, de Galitza, consiguió darle lustre al apellido hasta crear una saga de notarios y de altos funcionarios del Estado. Él se lo debe todo a Francisco José o, al menos, eso piensa.

Al leer cualquier titular sobre las casas reales europeas siente una gran sensación de bienestar. Sin embargo, de vez en cuando, le asaltan las dudas.
-¿Por qué ellos y no yo?-. Y en esas ocasiones siempre se da la misma respuesta. –Ellos están dotados de la fuerza y el carisma suficientes. Tienen cabello, Dios mío, cabello. Y yo carezco de ese elemento. Por ello no llegué
más que a simple notario.

Ha probado todos los crecepelos, ungüentos, masajes capilares y ninguno ha dado resultado. Por eso, cansado, tomó la determinación de hacer las cosas a su manera tras un largo proceso de reflexión y análisis. Su intento de injertarse vello púbico en el cuero cabelludo ha sido un fracaso. Al menos como excusa para el doctor ha causado sensación. Y lo convertirá, tras el diagnóstico, en otro viejito inadaptado más al que hundirán con cualquier receta para desconectarlo de sus cavilaciones sin futuro. Será otro viejito más al que transformarán en un mueble de carne tibia y dura con manchitas en las manos y la cara y que sólo
podrá murmurar cataratas de baba. Aunque sólo él sabe que esas heridas de la cabeza esconden surcos profundos en su interior de cristal, provocados por la abrasión de pesados diamantes del ayer, sin pulir.

Las colillas de Lucky empiezan a acumularse tras el radiador. El notario prende otro fósforo y se lo acerca hasta el faso que sujetan sus labios. Pita una pitada de esas que escuecen al empujar el humo bien al fondo de los bronquios, que a causa del tejido pulmonar casi nunca se abren y permanecen vírgenes de polvo y alquitrán. Se prepara para una segunda pitada. No llega. Se abren las dos puertas de la sala de par en par. Precipitadamente escupe el tabaco, pero la boquilla se le queda enganchada. Al despegarla se arranca un poco de piel.

Entra una mirada triste tumbada de lado en una camilla. Tiene la zona de los glúteos ensangrentada. Trae la cabeza apoyada justo debajo de la mejilla izquierda. Su expresión, aunque tranquila, muestra resignación y parece atesorar algo. El ingeniero Fallmerayer se muestra ensimismado. No quiere hablar ni tiene intención de hacerlo. Ha oído al doctor Manzoni comentar que le suministrarían anestesia local. Esa decisión le molesta enormemente. El ingeniero Fallmerayer se considera un guerrero del dolor y el cirujano Manzoni para él no es más que un gil.

Aunque se mantiene hermético y distante Fallmerayer emite un sonidito. No se trata de uno de esos gemidos quejumbrosos de los enfermos, no. Si uno presta atención se percibe la letra de una cancioncilla. Súbitamente el notario Oesterheld reconoce
al enfermo postrado en la camilla e identifica la letra en polaco de Vasta es mi Patria

-¿Fallmerayer, loco, qué hacés acá? Cuánto tiempo sin vernos- se dirige a él Oesterheld. El notario David Oesterheld y el ingeniero Jacob Fallmerayer son viejos conocidos en Argentina del Avellaneda Country Club. Son viejos conocidos de la vergüenza.
Son viejos conocidos de la vida.

Oesterheld se acerca hasta la camilla de Fallmerayer y le susurra en polaco la primera estrofa de Vasta es mi Patria

-Métase su cancioncita por el orto, Oesterheld. Deje ya de joder. Yo no le molesté. Si quiere fumar, fume… Pero no me incomode- grita Fallmerayer.

-La pucha, Fallmerayer, dice Oesterheld.

-Ese engreído genovés de mierda de Manzoni ya me fastidió bastante con la anestesia, qué carajo le importa a él dormirme las nalgas o dejarlas tranquilas y despiertas. Estos italianos que hablan español y se comportan en Buenos Aires como
franceses en un París de cartón piedra resultan lamentables- dice Fallmerayer.

-Bueno, ché, cálmese. Le va a dar algo Fallmerayer- dice Oesterheld.

-¡Cálmese, cálmese! Al pedo Oesterheld. Ese jovenzuelo no tiene ningún respeto a los mayores. Me trata como si yo fuese un pelotudo. Italiano de mierda, qué se habrá creído. ¡No tiene ni idea de quién soy!- grita Fallmerayer.

De repente, un relámpago sume a la ciudad en su propio negativo y el restallido casi inmediato de un trueno rasga su conversación. El sonido feroz de los goterones contra el ventanal de la estancia acaba por disipar sus palabras.

Oesterheld vuelve al cristal y observa cómo la lluvia acelera el paso de los transeúntes y vacía las amplias aceras de la avenida Santa Fe. Mientras, los autos, como la lluvia, encharcan el asfalto. El viento peina con fuerza el espeso bosque de pinos y alerces.

-En Buenos Aires cuando llueve los autos se vuelven locos. Todo el mundo maneja con prisa, saltándose las señales- puntualiza Oesterheld mientras toma entre sus manos dos limones del frutero que decora la mesita de la sala e inicia unos juegos malabares. Los frutos se le caen al suelo.

El ingeniero Fallmerayer parece salir de nuevo de su letargo. Ahora sonríe, apoya la barbilla sobre sus muñecas y mantiene fija la mirada en los cítricos.

-¿Sabe, Oesterheld?,-señala Fallmerayer más reposado-. Esta mañana antes de venir para acá leí una información muy curiosa en la revista del Colegio de Ingenieros Agrónomos. Al parecer, Stalin consagró parte de su tiempo a cultivar limones en el invernadero de su dacha de Kuntsevo. ¿Se imagina, qué espíritu? Casi lo consigue el boludo. Las temperaturas rondaban los 40 grados bajo cero, macanudo, el pibe…

Oesterheld se muestra furioso. -La concha de su madre. ¿Querrá decir que menuda pérdida de tiempo y menuda excentricidad?, ¿cómo pudo dedicarse a acertijos botánicos en momentos cruciales? Ahora entiendo lo mal que se gestionó el sitio de Stalingrado. Casi lo consiguen ésos mierdas, mientras miles de hombres y mujeres se despedazaban casa por casa, cuadra por cuadra, aquel inútil…

-Vamos, Oesterheld, cálmese usted ahora. No se ponga historicista. Se pone muy tenso- comenta Fallmerayer medio riendo-. Si le sirve de consuelo estoy convencido de que algún ingeniero agrónomo galés debe haber perdido el tiempo con lo mismo en la Patagonia.

-¡No seás gil, ingeniero!- exclama alterado Oesterheld.

-¿Se imagina si el pelotudo en vez de intentar sacar cítricos de limoneros normales se lo hubiera propuesto con bonsáis, limoneros bonsáis?, dice Fallmerayer.
Desconozco entonces cuál hubiera sido el curso de la guerra. Quizás usted y yo no estaríamos acá hoy, así que tenga en cuenta que, en parte, se lo debe a los limones de Kuntsevo.

Una sonrisa recorre el rostro del notario Oesterheld-. De verdad que decís unas boludeces. Parece como si…-. Instintivamente, sin acabar la frase, Oesterheld pasa sus manos por el revés de su antebrazo. Luego, sus dedos recorren la cicatriz del anticristo en la tierra, como reconfortando a aquel estigma maldito. Y continúa con sus palabras: -Por cierto, yo ayer en Clarín también leí algo sorprendente relacionado con las últimas revelaciones en torno al suicidio de Zweig. Resulta que se tumbó en la cama con su mujer para ingerir el arsénico junto a ella. Cuando los encontraron comprobaron que habían dejado cartas con instrucciones bien precisas para cada uno de sus empleados y familiares más directos.

-¡Ché! ¡Esos austriacos están bien locos, tan metódicos que casi parecen alemanes!- subraya Fallmerayer.

Entonces los dos hombres prorrumpen en una carcajada descomunal… Tras la risa se impone un silencio largo que se queda allí sentado entre los dos. Oesterheld aprovecha para chupar otro pucho. Los dos hombres miran por el ventanal y fijan sus ojos
sobre los pinos y los alerces.

-¿Sabés, Jacob? Hace dos días talé todos los pinos y los alerces de la chacra que tenemos allá en Tierra del Fuego. Con tan mala suerte que me lastimé la cabeza- se dirige el notario David Oesterheld a Fallmerayer.

-Sí, David, a mí también me resultan unos árboles inquietantes- responde el ingeniero Jacob Fallmerayer.

-No podía serrarlos. Esnifé mucha cocaína y decidí arrancarlos de cuajo estrellando el camioncito contra los troncos. Necesitaba despertar el sabor ácido del Pervitín en mis papilas, explica Oesterheld.

Fallmerayer busca la mirada de Oesterhedl desde la camilla. –No te culpés, David. A veces,
esas cosas suceden.

-Me encontré con la Muerte que Ríe en la cafetería Heidelberg de Avenida Madero- dice Oesterheld.

-Vaya no sabía que estaba por acá. Creí que había desparecido. Recuerdo que allí preparan un Bumerkuchen delicioso, pero entiendo que para vos, bajo esas circunstancias fuera como un brazo de gitano relleno de dolor, señala
Fallmerayer.

-No tenía intención de entrar. Pasé por delante del local como otros días y oí una risa muy familiar. Pasé adentro y me encontré cara a cara con él, con el mismísimo Stumpf. Me oriné encima. No pude contenerme- dice Oesterheld entre lágrimas
mudas.

Jacob Fallmerayer acerca sus manos a las de su viejo conocido. –No, David, no llorés, reí, reí, como él. Te acordás de que a Stumpf le sobrevenían irreprimibles ataques de risa cada vez que le tocaba ejecutar a algún prisionero. Reí, reí…

No consigue consolarlo. Y su amigo Oesterheld no logra reprimir un llanto de dolor, que mezclado con sus palabras suena a martillo percutor en la pared de la memoria. -¿Te acordás, Jacob, cuando nos hacia laburar sin agua y sin comida
hasta la extenuación para luego premiarnos con más Pervitin y hacernos quitar la nieve de los raíles con los pies descalzos?

-Vamos, David, todo eso ya pasó.

La congoja acaba por romper a Oesterheld. –Lo que más me duele es que nos descubriera el depravado de Von Eugen aquella vez. No consigo olvidar que por eso te colocara en el potro para violarte cada vez que quería probar los
efectos de la píldora sobre los oficiales tras comprobar que resultaba con los prisioneros.

-No te apurés, David, yo ya tenía bajo control que la metanfetamina en otros tiempos casi acaba con mi orto y acá me tenés con las nalgas ensangrentadas- responde Fallmerayer desde su camilla. Y prosigue: “Pero ahora, ahora sólo me
preocupa mi nieto”.

-¿Cómo está tu nietecito? ¿Está bien?- pregunta el notario Oesterheld.

Jacob Fallmerayer lo mira con cara de preocupación y se explica. -Hace unos días en una inspección municipal por Nueva Pompeya me topé con Svidereski.

-No es posible, ¿pero qué pasó se mudaron todos acá?

-Parece que sí. Allá estaba el As del Martillo en la esquina de Caseros y Monteagudo empleado en el matadero de reses con un mandil de cuero y la maza entre las manos como en los viejos tiempos- explica Fallmerayer.

-Ya vi. Antes aplastaba los cráneos de bebitos y pibes de hasta trece años con
la maza y ahora son terneros, tercia Oesterheld.

-No creo que note la diferencia el As del Martillo, sinceramente- sentencia Jacob Fallmerayer-. Hacía años que no practicaba y justo esta mañana mi nieto me ha sorprendido en su pieza con el pantalón del piyama bajado disfrutando de un juguete que se me atravesó. Se trataba de un Sputnik, creo. Lo peor es que casi me provoco una perotonitis.

David Oesterheld lo observa con condescendencia antes de musitar “pobre, pibe, tan
chico. Menuda impresión se debió llevar”.

-Sí- dice Fallmerayer-. Al parecer regresó para recoger una redacción sobre la vaca argentina que dejó olvidada, fue un desastre. Mi hija no me habla y me llamó pervertido.

Sus miradas se pierden de nuevo entre los pinos y los alerces.

-Dan miedo esos pinos y esos alerces- dice Oesterheld.

Fallmerayer asiente con un leve movimiento de cabeza de arriba abajo.

Los dos conocen que al este de Varsovia siguiendo el cauce del Bug occidental no hay limoneros. Sin embargo, se alzan espesos bosques de pinos y alerces. Allá en la línea ferroviaria de Siedlce está emplazada la solitaria estación de Treblinka, a poco más de sesenta kilómetros de Varsovia.

-Todo esto David, te servió para refrescar la risa de Stumpf, como en aquella ocasión- dice Fallmerayer

-Sí- responde Oesterheld-. Y cómo le gritaba Liebovitz antes de matarlo: “Dispara, dispara,
verdugo”.

-Y el chico se puso a cantar a voz en grito Vasta es mi Patria en polaco- dice Fallmerayer.

-Sí, se puso a cantar Liebovitz Vasta es mi Patria y vos y yo cogiendo como locos- recuerda Oesterheld.

 

32 Comentarios
  1. Uf, me encantó!!
    Es de lo mejor que he leído en la Red Social. Lo único que me parece curioso (que detecte conforme iba leyendo) es que efectivamente el cuento está porteñizado siendo tu española… ¿Has vivido en Buenos Aires? las localizaciones son exactas…
    Gran relato
    Un saludo

  2. Como argentina sólo puedo decir que este relato es simplemente maravilloso.

  3. Este es un cuento increíble y brutal. Qué bueno.

  4. Qué bueno este cuento. Es de lo mejor que he leído últimamente.

  5. Sincerament, he llegit la història… M’ha semblat increïble i he pensat que aquesta noia, la bilisbel, ha fet una feina molt bona. Els personatges protagonistes estan molt ben delimitats. Senzillament, es tracta d’un bon conte. Enhorabona, m’ha encantat.

  6. “esas heridas de la cabeza esconden surcos profundos en su interior de cristal, provocados por la abrasión de pesados diamantes del ayer, sin pulir.”
    Y qué duros esos diamantes.
    Me encanta. Me ha hecho sonreír, me ha encogido el estómago, me ha emocionado… y todo eso en un relato así de breve.
    Espero seguir leyéndote por aquí, Bilisbel.
    Un abrazo!

  7. Me encanta. Qué bien escrito y qué alarmante todo.

  8. Che, realmente muy bien. Me gusto realmente y es cierto, hay no solo ubicaciones exactas sino argentinismos especificos muy bien usados. Saludos

    • Gracias, si he logrado eso me doy por satisfecha. Escribir en una lengua que no es la propia resulta complicado. Y, sí, parece castellano, pero no es exactamente lo mismo. Se agradece.

  9. Este relato es buenísimo. Hacía tiempo que no leía algo tan maravilloso… Me han encantado todas las referencias al imperio austro-húngaro. Qué bien.

  10. Bilisbel, muy bueno!! Empiezas y terminas, en cierto modo, de la misma manera y el desarrollo es perfecto. De aqui a escribir una novela!! ;) abrazos!!

    • Se agradece, Soraya… Los alerces son unos árboles inquietantes… Son diferentes los alerces de américa del sur y los europeos, pero se trata de alerces…

  11. “-Sí, se puso a cantar Liebovitz Vasta es mi Patria y vos y yo cogiendo como locos- recuerda Oesterheld.”

    Ese final es regio, sencillamente regio. Felicitaciones!

  12. Este relato resulta aterrador. Es muy bueno. Me parece estupendo. Y no me pregunte por qué, pero me recuerda a Robertson Davies…

  13. Vaya, otro relato al servicio de Teherán y del Hezbolá. No crea que no me he dado cuenta de que la Shoá no es sino el pretexto para contar como dos judíos insensibles a cuanto les rodea, la pasan toodo el día cogiendo. Claaro, el judío puto, cierto? Tampoco me ha pasado inadvertida esa alusión a los cohetes con que el Hamás obsequia al Sur de Israel todos los días… Un cohete por el orto. Qué desfachatez, por favor.

    • Si eso es lo que te ha quedado sobre este cuento excelente es que estás jodido, hermano. Es una pena que tanto odio te cegue, no vengas acá a joder con tu puto odio, a nadie le importa tu victimismo y a nadie, por cierto, le importa Israel. Pero por encima de todo: esa lectura es solo tuya, bajo ningún punto de vista yo interpreté eso. Es una red de literatura, disfruta con eso o vete, pero no jodas…

      • Nicolás, no vale la pena… Déjelo… Gracias, larga vida a la república de la literatura.. Y al longboard, por supuesto. Matterati, tuto bene?

    • Shalom, Weinstein, Shalom. Cuánta inteligencia encierran sus palabras… Claro, entre los judíos del campo de concentración de Treblinka no había ningún homosexual. Oiga, Weinstein, no tiene ni idea de lo que dice. Si después de leer este relato lo único que le preocupa es que alguien se introduzca objetos punzantes por el recto, tiene un problema muy grave, tiene usted un problema muy serio. Desconoce mi motivación personal para escribir ese cuento… Así que no haga demagogia. ¿Teherán, Hezbolá? Eso es como decir que en este relato subyace un odio latente hacia todos los habitantes de Israel y a la política de su Gobierno para aplicar todos los conocimientos acumulados durante su humillante paso por el gueto de Varsovia sobre la población de origen palestino. El pueblo de Israel es grande y sabio, por favor… Dios, ¿entonces Joseph Roth era alcohólico porque era judió o era judío porque era alcohólico? Claro debe ser eso. El señor Zweig se suicidó porque era judío, claro…

      Las personas que estuvieron encarceladas, eliminadas impunemente, humilladas y sometidas a todo tipo de vejaciones en los campos de concentración sufrieron mucho para que ahora venga usted a hacerse el listo con sus comentarios. Déjese de tonterías y de perder el tiempo con estupideces. Vuelva a los orígenes y revise la Thorá, alma de cántaro.

  14. Ese Weinstein parece uno de los frikis del club de fans de Pilar Rahola. La madre que le parió, qué mente más calenturienta.

    Muy buen relato. De santa fe con Plaza Italia a Treblinka pasando por la dacha de Stalin. genial. Es denso y penetrante como una buena fotografía en blanco y negro. Zorionak!

    Agur y tal.

  15. Uf, menudo cuento! Muuuuuuy bueno. Me has dejado impresionada.

    Un saludo, y mi voto

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