La luz del sol entró por la única ventana de su pequeña casa. Una casa de madera, parecía tejida. Tejida con mimbre. La luz caminaba por el piso. El piso crujía cuando caminaban sobre él. La luz seguía avanzando, esquivaba las patas de la silla roja, se metía en la chimenea. La chimenea aún dejaba salir un hilo de humo que se levantaba. Olía a mar. El humo seguía hacia arriba. La luz llegó a la punta de sus pies. San Alves se llama el lugar donde la casa está. Hacía mucho tiempo que el piso no sonaba.
Antes de que la línea de luz llegara al rostro de Lázaro, despertó. Sus ojos veían los pequeños puntos blancos volar en el espacio, parecía que también despertaban. La luz los llenaba de vida, los hacía existir. Lázaro se sentó en la orilla de su cama, un colchón de paja, una almohada de plumas y una sábana verde; todo arriba de varias maderas pintadas de barniz color vino. La última vez que Latos tomó vino, el sol salía para todos. Se vistió y recogió del piso un pedazo de pan endurecido, era un pedazo pequeño, lo metió todo en su boca. Lázaro salió de su casa mirando al cielo. El azul de la mañana llenaba sus pupilas de un color frío. El color deslumbraba. Azul, verde y azul.
La casa de madera se encontraba a treinta metros de un desfiladero abismal. El mar y el cielo se confundían desde esa altura. Lázaro se sentó en la orilla a lado de un gran árbol. Las raíces del árbol salían y entraban en la tierra. Grandes praderas verdes se iban de su vista. Su vista no alcanzaba a ver dónde terminaban y el mar no paraba en su ir y venir. Lázaro se preguntaba cuándo la gente regresaría. Una mañana, sin aviso, despertó solo. El cura, los niños, el zapatero, el carnicero, los dieciseis guardias, el alcalde, las mujeres, los hombres, los perros, los puercos, las sesenta gallinas, los ocho gallos, los ancianos, la cocinera, la gente del mercado que sonreía, la gente que lloraba, el loco, el ladrón y su amigo el estafador, el cartero, las ovejas y los jóvenes que cazaban conejos, el sastre, los novios, el cantinero, el carpintero y el pintor. No había nadie. Todos una mañana no estaban. Se fueron. Lázaro era el único habitante de todo. Solo se podía escuchar el sonido del mar.
Hace siete mañanas que Lázaro hacía eso. Ir a la orilla y preguntarse una y otra vez “¿Por qué? ¿Por qué nadie lo había prevenido por adelantado? ¿Por qué él estaba confinado a aquella soledad?” No lo sabía. Tres veces lloró en su vida. La primera: cuando su madre murió, la segunda: cuando su padre murió, la tercera: esa mañana. Secó sus ojos y el mar calló. El mar paró su oleaje. Lázaro se puso de pie sorprendido, se volvió a secar los ojos, dirigió su mirada atónita y vio al mar no moverse, no hacer ruido. La luz del Sol que entraba por la ventana de su pequeña casa de madera, seguía avanzando, ahora pasaba sobre un vaso con algo de agua. Lázaro, boquiabierto, se tomó la cabeza. Se sentó y miró hacía donde le alcanzaba la vista distinguir. Con ambas manos sobre sus rodillas y su rostro al frente, escuchó algo. Escuchó el silencio. El silencio tenía sonido. Su corazón rítmicamente iba y venía sin parar, escuchaba cómo la sangre pasaba por él y recorría sus venas, cómo sus pulmones se llenaban del aire más puro que se podía respirar, entraba frío y oía cómo lentamente se volvía tibio. Vio sus manos, escuchaba sus articulaciones dar pequeños chasquidos y sus músculos recreaban el caminar lento de un par de corderos sobre arena húmeda. Había además un sonido profundo, creado por todos los sonidos de su cuerpo, un sonido hondo que sólo iba y no acababa. Un sonido que venía del más intenso silencio. El silencio absoluto de la vida. La vida eran todos los silencios. Los sonidos eran todos los silencios. La vida era el silencio supremo. La luz del Sol que entraba por la ventana de su pequeña casa de madera salió por la puerta y se fundió con toda la luz que rodeaba a Lázaro. El silencio era él.
El movimiento regresó al mar. También el sonido. Lázaro sonrió y decidió esperar el atardecer. Todo el tiempo ahora era un suspiro. El árbol y sus raíces seguían ahí. Sus ojos veían lo que no acababa. Mañana, tal vez, San Alves tendría a todos de regreso. Mañana tal vez, el piso de su casa volvería a crujir.



¡Bienvenido a Falsaria!
Gracias por publicar y compartir en la red social literaria.
Un saludo,
El equipo de Falsaria
Me gustó mucho tu relato, gracias por compartir.
Gracias por leerlo.
Que gustó leerte, espero que sigas escribiendo. Me encantó el relato, sobre todo conforme iba transcurriedno la historia.
Te mando un abrazo!!
Seguiré. ¡Gracias!
Enséñanos más…
Así será. Siempre.
Increible leerte Luis
Muchas gracias por tu comentario.
Luis Villanueva: ¡Qué hermosos los sonidos de San Alves!
Felicidades.
Volivar Martínez, Sahuayo, Michoacán, México
Haz dibujado una sonrisa en mi rostro. Gracias por tu tiempo y amabilidad para mi escrito.