Los tres viajes
23 de Mayo, 2012 6
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Nunca he sido muy aficionado a los viajes largos, prefiero viajar a lugares cercanos durante pocos días. Por ello no puse ningún inconveniente a mi chica cuando me dijo que había decidido irse con una amiga a hacer un viaje por Europa durante el verano. De hecho le presté algo de gran valor para mí: un bolígrafo dorado con inscripciones latinas dentro de un estuche de piel. Así tendría algo mío con ella durante el viaje y lo podría utilizar para escribirme tarjetas postales. De este modo durante el mes de Julio recibí tarjetas desde Barcelona, Burdeos, París, Bruselas y otras ciudades pequeñas que no recuerdo. Las primeras misivas parecían haber sido escritas con el mismo bolígrafo (el que yo la había regalado) pero después de algún tiempo parecía haber utilizado otro bolígrafo distinto. Hasta que un día dejé de recibir cartas. Cuando regresó de su viaje me citó y me dijo que había conocido a otra persona y que nuestra relación había terminado. Pasé varios días muy afectado por aquello, pero el tiempo lo cura casi todo y acabé por superar la noticia. Fue entonces cuando recordé mi bolígrafo dorado y la llamé para reclamárselo. Me respondió que lo había perdido, que seguramente lo habría dejado olvidado en algún hotel durante su viaje. Monté en cólera, la reprendí fuertemente, hasta el punto de avergonzarme después por haber sentido más rabia ante la pérdida de un boli que ante la pérdida de una pareja. Ocurrió que, en contra de toda lógica, le pedí la lista de hoteles que había visitado y me embarqué en un viaje por Europa en busca del bolígrafo perdido. Visitaría los hoteles de la lista y preguntaría en recepción por los objetos olvidados por mi pareja. Comencé por el hotel del Barcelona; allí me respondieron que ella no había dejado nada olvidado en su habitación, lo cual era normal dado que, según me dijeron, apenas si había hecho uso de la misma: ninguna noche durmió en el hotel. En Burdeos me miraron de mala manera y me aclararon que lo único que mi pareja había olvidado era dejar bien colocadas las lámparas, perchas y cuadros, que aparecieron tiradas en el suelo de la habitación tras su salida del hotel. En París fueron aún más severos e intentaron hacerme pagar a mí todas las botellas que habían desaparecido del mini-bar de su habitación. Todas estas noticias me sorprendieron, no parecían propias de mi expareja; empecé a preguntarme si la conocía realmente. Aún hay más: en el viaje a Bruselas, cuando realicé la misma consulta, me pidieron que esperara un momento, y con el rabillo del ojo vi al recepcionista dirigirse a los vigilantes de seguridad y a continuación señalarme con el dedo; no me quedé a esperar la respuesta: salí corriendo del hotel mientras alguien me gritaba algo a mi espalda. Decididamente mi chica se lo había pasado muy bien durante su viaje. Mi siguiente destino fue Lovaina. Recordaba haber hablado con mi chica acerca de esta pequeña ciudad universitaria, llena de conocimiento y de rincones mágicos. Cuando pregunté por ella en el hotel, la recepcionista (una señora mayor, que era la dueña del establecimiento) me sonrió y me contó que había llegado de noche, sola, sucia y despeinada, y con aspecto de haber bebido. Estuvo un día entero sin salir de su habitación. Después presentó un mejor aspecto; se dejó ver un par de días y después abandonó el hotel. Dejó olvidadas varias cosas, que la señora había guardado en una caja. Me la enseñó. Contenía mi bolígrafo dorado guardado en su caja de piel, una caja de bombones con forma de corazón y con mi nombre escrito en ella (sin duda era un regalo para mí, me encanta el chocolate), una carta manuscrita inacabada y alguna otra cosa sin importancia. Leí la carta y se me saltaron las lágrimas: mi chica estaba pasando por un momento de desconcierto, de falta de sentido, de soledad, de vacío. No sabía cómo salir de aquello a pesar de haberlo intentado. Aquel viaje era en realidad un intento de evasión y búsqueda; pero estaba siendo inútil… Tras leer la carta supe que efectivamente conocía a mi chica menos de lo que pensaba y me preocupé por el mal momento que estaba pasando. Decidí volver a casa, llamarla y contarle mi viaje; le pediría estar a su lado en su búsqueda de sí misma, en su viaje hacia ella misma. Le recordaría que yo prefiero los viajes a lugares cercanos. Le diría que aún hay esperanza.

6 Comentarios
  1. Antonio: esa chica, amigo, te traía (o te trae de cabeza); lo que es muy bueno, pues el amor lo aguanta todo, hasta eso de ir a buscar un boli por diferentes ciudades… gran relato, me ha encantado y te felicito
    Volivar

  2. Muy buen relato, Antonio, supongo que el tercer viaje es el que estas a punto de iniciar con ella. Ojala y reaparesca el boligrafo…Saludos y mi voto.

    • Gracias Vimon. He dejado el relato inacabado porque no sé si la chica me dejará acompañarla en su viaje hacia ella misma :-) Saludos!

  3. Me ha gustado. Ahora a esperar la continuación. Saludos.

    • Muchas gracias mariav, en cuanto sepa qué responderá la protagonista seréis los primeros en saberlo. Por cierto, supongo que ya sabrás que la URL de tu blog tiene un “.con” al final que debería ser “.com”. Y ahora te dejo que voy a leer otra historia de Rodolfo.

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