Los vi
8 de Julio, 2012 2
4
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

Los vi…

Tadeo.

Les he visto, han salido de las cuevas de la montaña de Ura cubiertos con sus capas negras y sus capuchas y caminaron en una macabra fila rumbo al poblado.

Escondido entre los matorrales pude escuchar su aberrante plegaria recitada a la luz de la luna que bañaba con plata las negras vestimentas. Tuve miedo, de ese miedo que paraliza el cuerpo y la mente, era en ese instante un muñeco sin voluntad, un animal irracional con la sola premisa de sobrevivir.

Días después de haber llegado a llegada a aquel pequeño poblado había escuchado las historias de los Amos, un grupo de hombres con rostros y nombres que nadie conocía pero a los que todos temían.

0000

Hacía apenas unas semanas que el gobierno de mi Estado me había designado como jefe político de aquella población perdida en la serranía donde, venturosamente, mi tío abuelo ejercía como Párroco.

Apenas llegar a esa comunidad, de la que celosamente guardaré en secreto su nombre, el frío de la desconfianza y el temor se convirtió en parte inseparable de mi espalda. Las mujeres, hombres y ancianos presentaban un tono amarillento en su rostro casi como los cuerpos en agonía.

Bajados los dos pies del destartalado autobús que me condujo al lugar más apartado del mundo encendí un cigarrillo y maleta en mano me dirigí a la iglesia del lugar donde Pedro, el sacristán, me informó que mi tío había salido temprano a un caserío a brindar los servicios religiosos y no regresaría sino hasta el día siguiente.

Por fortuna mi tío que estaba al tanto de mi llegada había dispuesto para mí una habitación en la casa parroquial y había dado instrucciones a Pedro de que se me atendiera.

-Su tío me dijo también que de favor le pidiera no salir de noche, el monte está muy cerca y a veces los lobos bajan hasta el caserío y se han dado casos en que han matado a algún cristiano.

Tras la cena, Pedro me acompaño a mi habitación que se conectaba de manera directa con la nave central de la iglesia en la que resaltaba un enorme Cristo tallado en madera. Me dejó a solas con apenas un cabo de vela para iluminar la noche pues aún estar a mediados de los 80’s no había en aquel poblado una sola farola de energía eléctrica.

El cuarto era de lo más común tratándose de una casa parroquial, los muros tapizados con imágenes de santos y vírgenes y sobre la cabecera del camastro un Cristo hermosamente tallado en plata, no estaba fabricado con plata derretida, hábiles manos habían esculpido sobre una plancha de plata maciza el contorno del Nazareno, era ya entrada la noche y en la contemplación del exquisito trabajo del escultor apenas alcancé a oír un sollozo que crecía en volumen en tanto más agudizaba mis oídos.

No había duda, el llanto provenía de la nave central del templo, del bolsillo de mi chaleco saqué un cigarro y lo puse entre mis labios, entonces me di cuenta que me temblaban, me acerqué al altar central y entre penumbras creí distinguir la forma de una mujer arrodillada y abrazada a las rodillas del Cristo de madera.

Lentamente y en silencio me acerqué, a dos pasos de ella encendí por fin el cigarrillo y lo que vi me dejó helado… era un ser monstruoso, su cara parecía haber sido rasgada por diez mil cuchillos y en sus ojos que me miraban con furia pude adivinar la más profunda y eterna maldad, olía a podredumbre, como los perros muertos que tanta repugnancia ocasionan e invitan al vomito, de sus manos enjutas pendían mechones de cabellos sangrantes…

-¡Pedro, Pedro!- Grité con todas las fuerzas de mi ser pero la mujer, valiéndose no sé de qué artes, había desaparecido; el sacristán apareció justo cuando mi conciencia abandonaba mi débil cuerpo para dejarme sumido en un piadoso y profundo sueño.

Era casi el amanecer cuando el alma volvió a mi cuerpo, estaba acostado en el camastro de mi cuarto, a mi lado el sacristán dormitaba sentando en una mecedora de madera y abrazaba una escopeta.

-Pedro, ¿Qué pasó?

-No sé señor, lo oí gritar en el templo y creí que habría entrado algún bandido, por eso llevé la escopeta, pero cuando llegué usted caía desmayado y lo traje para acá.

-Había una mujer, horrible que lloraba abrazada al Cristo que está en el altar… ¿Quién era?

El silencio y el cambio de color en el rostro de Pedro me dieron parte de la respuesta.

“Nada señor, seguramente una de esas mujeres que vienen a rezar cuando tienen alguna pena”.

Las frases balbuceantes de Pedro no hicieron sino aumentar el temor que sentía. Opté por dormir un poco más hasta que el sol hubiera asomado por completo el rostro sobre aquel poblado.

La mañana era esplendida, el sol entraba a raudales por mi ventana, los trinos de los pájaros del monte inundaban el entorno con su algarabía; mi tío había llegado y como en los tiempos de mi infancia salí a recibirlo lleno de abrazos. El encuentro fue emotivo, 20 años atrás que mi tío Claudio había optado por el camino de Dios y ello lo había llevado a recorrer gran parte del mundo y por su voluntad había pedido a las autoridades eclesiásticas terminar su apostolado en este apartado rincón donde parecía haberse detenido el tiempo.

Después de las cortesías llegó el momento de hablar sobre el motivo de mi estancia en aquel poblado, desde hacía varios meses que la Secretaría de Gobierno de mi Estado había recibido reportes de algunos vecinos del lugar sobre la desaparición de varios niños, sin embargo el jefe policíaco no había reportado nada de manera formal a la dependencia estatal por lo que el titular de la Secretaría me había designado en el cargo de jefe político que, en palabras honestas, no es sino un agente de investigaciones con amplios poderes.

Tras pasar la mañana con mi tío me encaminé a las oficinas del jefe de policía del lugar ante quien presenté mis credenciales y mi oficio de comisión del gobierno estatal.

-¿Y a qué viene? Preguntó el jefe de la policía mientras lanzaba con desdén mis credenciales sobre la grasosa madera de su escritorio.

-Me designó el gobierno del Estado para encargarme de los asuntos políticos, administrativos y policiacos de esta región.

-Pero aquí ya estamos don Ramiro Bojórges, el Cura Claudio y yo que me encargo de los asuntos de la policía… ¿Quién le dijo al gobierno que necesitábamos a alguien más, hubo alguna queja?

Al momento entendí que el policía se ponía a la defensiva, algo pasaba, él lo sabía y por alguna razón se había quedado callado.

“No Jefe, ocurre que como en todos lados los gobiernos utilizan este tipo de puestos para pagar favores políticos en los hijos de algunos amigos y toca en suerte que mi padre es muy amigo del Secretario de Gobierno y es por eso que estoy aquí por eso es que al ser usted la autoridad civil de mayor jerarquía le relevo del cargo y asumo desde este momento mis funciones de jefe político”.

La noticia no fue del agrado del robusto hombre que se levantó como impulsado por un resorte resoplando y arrojando chispas de saliva entre la espesa mata de su bigote canoso.

-¿Sabe de esto don Ramiro…? Él ha mantenido vivo este pueblo desde hace décadas, comerciantes, labriegos, trabajadores todos le deben favores- Casi gritó en mi cara mientras sus ojos despedían lenguas de fuego.

-Escuche inspector, usted es la máxima autoridad civil aquí, ese… Bojórges podrá ser lo que usted quiera pero en la práctica no es nadie… ¿entendió?

El hombre intentó salir del maloliente despacho en que nos encontrábamos, lo tomé del brazo para impedirlo.

-¿A dónde va?

-Necesito ver a don Ramiro, tengo que comunicarle de su llegada…

-Le recuerdo que desde este momento soy su superior y es a mí y al Estado a quien debe obediencia por lo tanto haga el favor de poner sobre su escritorio todos los expedientes de los últimos meses y mande a alguien por mi equipaje a la casa del Padre Claudio y habilitarme en esta prefectura una habitación.

Tras la agria discusión con el jefe de la policía me sumergí en la revisión de los expedientes puestos en el escritorio mientras el policía corría a buscar mi equipaje a la iglesia.

Tomaba un descanso de la lectura de los legajos cuando de golpe se abrió la puerta del despacho para dar paso a un hombre ya mayor de edad quien se lanzó contra mi escritorio y plantó las palmas de ambas manos para apoyar sobre los brazos su enorme humanidad hasta dejar su cara a una pulgada de la mía.

-¿Quién demonios se cree que es usted para tratar al jefe policiaco Martín Tovar como a un vulgar mandadero?

Sin más miramientos y en el entendido de que debía hacerme respetar desde el primer momento saqué mi revolver y prácticamente le metí el cañón del arma en la boca al tiempo que le obligaba a retroceder.

-Por órdenes del gobierno del estado soy la única autoridad en este pueblo así que siéntese.

Al segundo entendí que aquel hombre era Ramiro Bojórges, el cacique tras el cual llegaron en presuroso tropel el jefe de la policía, el Cura y dos o tres personas más entre las que reconocí a Pedro Monge, el sacristán de la iglesia que portaba la misma escopeta.

-Es indigno que trate usted a Martín Tovar de esa forma, merece respeto, no puede usted llegar y atropellar nuestras costumbres- señaló el cacique con el cañón de mi pistola todavía apuntando a su cara.

-Si a Martín no le gusta mi forma de tratarlo que presente su renuncia, no requiero al servicio del estado un hombre que al momento ha demostrado de qué lado está su lealtad ¡tú, Pedro! serás el nuevo jefe de policía y solo a mí rendirás cuentas y ahora si me perdona don Ramiro, su testaferro dejó un desorden en cuanto a los expedientes y tengo que arreglarlos para emitir mañana mi primer informe.

Tras quedarnos solos Pedro Monge se acercó a mi escritorio pensativo…

-Creo patrón que para estos momentos don Ramiro ya está apartando dos terrenos en el panteón del pueblo.

-¿Y eso?

-Pos uno pa su mercé y otro pa mí por andar de arguendero.

-No te preocupes por eso todavía, te garantizo que no nos vamos a morir ni un minuto antes de que nos toque, ahora prepara el carro de la comisaría porque tenemos que hacer unas visitas.

En base a una lista que me había entregado la Secretaría de Gobierno me entrevisté durante varios días con los padres y los familiares de los niños desaparecidos y las historias coincidían en lo básico, los niños habían desaparecido en los últimos días de cada mes, de hecho, la noche en que había llegado al pueblo una docena de hombres y mujeres se encontraban en el cerro buscando a dos menores que se habían perdido.

Mientras regresábamos de una de estas entrevistas en un recodo del camino encontramos a Martín Tovar quien intentó sacar su revólver sin embargo la destreza de Pedro con la escopeta nos sacó del trance al poner dos perdigones entre los ojos del atacante.

Al llegar a la oficina, uno de los oficiales que había reclutado de entre los paisanos del lugar me informó que mi tío me esperaba, el trato al llegar fue lo opuesto a la primera vez que le vi cuando recién llegaba yo al pueblo.

-Te has metido en buen lío, hijo, don Ramiro es un hombre cuyas influencias van más, mucho, más allá del gobierno del estado y mucho me temo que este caso que investigas sea tu ruina y este pueblo tu tumba.

-¿Usted sabía de las desapariciones de los niños?

-¿Lo preguntas como policía o como familiar?

-Eso no tiene importancia, responda, ¿lo sabía?

-La gente en este lugar es muy reservada a veces ocurren cosas de las que no nos enteramos y no podemos controlar, las desapariciones de estos niños son sólo un rumor, Martín Tovar nunca nos comentó nada al respecto y recuerda que hasta antes de que llegaras, las decisiones en este pueblo se tomaban por el consejo que se integró para gobernar la localidad.

Tras gastar el resto de la tarde con mi tío abuelo, encargué a Pedro, ya caída la noche reunir a los elementos para montar un operativo, de acuerdo a las pesquisas realizadas sería en los próximos días que podría presentarse la desaparición de otros niños.

A modo de maldición, recién terminábamos el café que había preparado Pedro cuando se escucharon gritos provenientes de una de las calles cercanas, como de rayo tomamos nuestras armas y salimos.

Un niño había desaparecido, un hombre a caballo lo había tomado y escapaba rumbo al monte, sin pensarlo emprendimos la cacería pero antes de salir del pueblo el extraño jinete reviró a nosotros y clavó y abrió el pecho de Pedro con una bala para escapar de nuevo a la montaña.

Pedro moría, los trasladamos a la comisaría y sumido ya en la niebla que antecede a la Parca me relató la historia más aberrante que pudiera imaginar.

“Hace muchos, muchos años, cuando se descubrió en este pueblo una enorme veta de plata, miles de personas llegaron aquí. Durante décadas la prosperidad fue el sello de nuestro pueblo, eran comunes las grandes fiestas, las familias mandaban a sus hijos a estudiar a la capital y las monedas de plata rodaban en la calle como hojas secas arrastradas por el viento.

Pero la veta comenzó a agotarse y cientos de familias se marcharon, sólo quedaron unas pocas que se empeñaron en escarbar las entrañas de la Montaña de Ura en busca de más plata; en una de esas excavaciones los encontraron, una raza de seres deformes venida de más allá de las estrellas y del tiempo.

La avaricia de los pobladores los llevó a establecer un pacto monstruoso con aquellos seres, ellos le darían plata al pueblo pero a cambio los hombres tenían que entregar en sacrificio a los miembros más jóvenes de la comunidad para alimentar a los extraños y así ha ocurrido desde hace muchos años.

El jinete se encarga se capturar a los niños y los lleva a la montaña para entregarlos y los Amos, esos malditos cuyos ancestros sellaron el pacto se reúnen en casa de Don Ramiro y los extraños van a la iglesia, ahí donde usted vio a la mujer la primera noche de su llegada, ella es Namia, la suprema líder de los extraños y después de cada sacrificio se hinca ante el Cristo de madera para llorar lágrimas de plata que luego recoge y funde su tío Claudio obligado por don Ramiro… tiene que detenerlos o los extraños buscarán nuevas ciudades hasta acabar con todos”.

Pedro murió, ordené a los guardias que le dieran sepultura mientras iniciaba mi camino a la Montaña de Ura…

000000

Cuando Los Amos regresaban al pueblo, abandoné mi escondite tras los matorrales y entré a la cueva, un olor a sangre y podredumbre inundaba el ambiente. Caminé apenas unos doscientos metros en medio de la total y profunda penumbra cuando a cierta distancia vi un destello de luz.

Al fondo de la cueva bajo una luz incandescente los vi… eran ellos, esos extraños y monstruosos seres que como perros hambrientos se peleaban por los despojos del niño que el jinete les había entregado, lo devoraban con ansiedad, entre resoplidos bestiales, de su boca poblada de enormes dientes destilaba aún fresca la sangre de aquel niño que momentos antes había sido arrancado de los brazos maternos.

Lentamente abandoné aquella cueva y me dirigí al pueblo, sin decir nada que pudiera delatar el plan que había ideado me acerqué al almacén de la vieja compañía minera y tomé varios barriles de pólvora y regresé a la cueva…

Penetré con la cautela de quien se juega la vida en un lance y los vi nuevamente, estaban todos incluida Namia, regresé sobre mis pasos y coloque dos barriles del explosivo en la entrada y la hice volar con la esperanza puesta en que aquello acabara con los malignos seres.

Regresé al pueblo y me dirigí a la casa de Ramiro Bojórges, ahí estaban ellos, los Amos, Don Ramiro, mi tío Claudio, el maestreo de escuela, el juez de paz, el tendero… todos, todos ellos eran parte de este pacto maldito con seres extraños, sin pensarlo con la regué la pólvora alrededor de la casona de madera y encendí un cerillo y me planté con la escopeta de Pedro y mi revólver frente a la puerta de salida.

En cuanto aquellos hombres vieron el incendio de la casa buscaron la salida, el primero fue don Ramiro y fue el primero en morir con una bala en la frente, el resto de Los Amos corrió la misma suerte, mientras la casa se consumía volví a la iglesia, entré al cuarto donde había dormido y tomé el Cristo tallado en plata, lo tomé y al salir prendí fuego a las cortinas que cubrían los vitrales y esperé en atrio hasta ver incendiado el edificio de donde salía lastimeros gritos de dolor.

Los pocos pobladores que quedaban en aquel caserío se concentraron en la plaza principal donde pasamos el resto de la noche en espera de los rayos del sol.

A la mañana siguiente me trasladé al pueblo más cercano para rendir mi parte oficial a través de un telegrama:

“C. Gobernador del Estado.

C. Secretario de Gobernación.

Ataque de insurgentes al pueblo de… dinamitaron la cueva de la mina, incendiaron el templo y una casa en la que mataron a ciudadanos notables de esta localidad”.

Atte. El jefe político.

2 Comentarios
  1. Se lee con intensidad. Enhorabuena

  2. Engancha, desde el principio quieres saber quién esa esa extraña mujer deforma y que los caciques del pueblo sean castigados como se merecen, y sí le final no me ha defraudado en absoluto. Gran relato de misterio y aventuras. Mis felicitaciones y voto.

Deja un comentario