Luna
27 de Mayo, 2012 3
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Luna soñaba y cuando despertaba, dibujaba. Era lo único que podía hacer ya que estaba limitada a su cama del hospital. No la dejaban levantarse para ir al baño siquiera, aunque ella estaba segura de que tenía las fuerzas para hacerlo si se lo proponía. Su madre y las enfermeras estaban atentas a cada gesto suyo, pero ya lo hacían mecánicamente, respondiendo a su dolencia más que a ella. La enfermedad había empezado a ser más importante que ella, y lentamente iba copando todos los espacios libres. Aunque estuviera rodeada, siempre estaba sola con su enfermedad, hasta que ésta se hiciera inseparable de ella. Ya podía notarlo cuando hablaban los adultos, cómo cada vez hablaban menos de ella y más de lo que le estaba ocurriendo.

Como lo entendía ella, sólo en sus sueños Luna = Luna. El resto del tiempo Luna = Luna + (su condición). Y cada vez más, su condición > Luna. Estaba muy orgullosa de su álgebra. Era lo último que había aprendido en la escuela antes de ingresar al hospital.

Como su dolor se incrementaba, los médicos la hacían dormir más seguido, y ella lo prefería porque así podía soñar, y en los sueños, ser ella misma. Sus primeros sueños en el hospital habían sido mundanos, sueños de curación, recuerdos felices mezclados con un futuro impreciso. Habían ido cambiando con la progresión de su enfermedad, y ya no tenían nada que ver con la realidad o el pasado. Pero en ellos, aunque ella no era ella, era la misma. Luna en los sueños podía ser igual a muchas cosas o personas, pero indefectiblemente, Luna = Luna.

Había soñado con escapar a La Luna y fundar allí un refugio para niños enfermos; había liderado a un ejército de glóbulos blancos (que ella imaginaba como rechonchos muñecos Michelin que habitaban su cuerpo) contra batallones de células enfermas (que ella imaginaba como Gremlins); había nadado con delfines bajo los mares de Europa (otra Luna, según le habían contado). Pero últimamente, soñaba con ser otra. Soñaba que era adulta, pero no cualquier persona adulta.

 

Luna era Nulla, y era una superhéroe.

 

Nulla no luchaba contra ladrones de bancos o criminales de risas maníacas. Nulla era la única de su clase en todo el mundo, por lo que no podía perder su tiempo en problemas que la policía pudiera resolver. Ella tenía que defender al mundo. Invasiones extraterrestres, seres de dimensiones paralelas o laterales, monstruos provenientes del centro de la Tierra, ésos eran sus enemigos. Y como ella era la única, tenía que invertir todo su tiempo en ello. No tenía una identidad secreta, la había abandonado en cuanto descubrió sus poderes y sus responsabilidades. Vivía en la Luna, en una fortaleza más parecida a una casa de campo terrestre que a una base lunar. Ahí cultivaba jazmines, que por la gravedad cero no tenían raíces ni hojas, solo pétalos que flotaban ciegamente en busca de luz y humedad.
Nulla no tenía visitantes en su casa. No podía llevar a nadie allí, nadie sobreviviría en ese ambiente. Había tenido un gato hace tiempo, un hermoso siamés con su propio traje espacial, pero éste se fue una vez, como hacen los gatos, y no volvió nunca. Nulla lo buscó y lo buscó, pero no hubo caso. El gatito probablemente había querido atrapar una de esas estrellas brillantes y saltó a la noche galáctica. Desde entonces, Nulla no buscó otra compañía. Se sentaba en los escalones de la entrada de su casita y observaba la Tierra por horas.
A veces recordaba a aquel que había sido su único visitante, el capitán Cliff, el único astronauta que había llegado hasta su casa. Había paseado por horas sobre la superficie lunar, él dando pequeños saltos, enfundado en su pesado traje, y ella caminando despreocupadamente a su lado. En algún momento, él había tomado su mano en la suya.
Pero él se había ido. El oxígeno no iba a durar por siempre, ni tampoco la misión. Partió en su nave, silenciosamente, y nunca volvió. Ella lo buscó alguna vez con la mirada desde la Luna, y lo vio en el mundo, trabajando, hablando con gente por la calle, divirtiéndose, durmiendo. Pero entre ellos había tanta distancia como de la Tierra a la Luna, y era un abismo que ella no podía cruzar volando, ni con todos sus poderes. Alguna vez se sorprendió a sí misma mirando las huellas de Cliff en la superficie. Esas huellas no desaparecerían, no había viento que las borrara. Y a su lado, podía ver sus propias pisadas, etéreas, que sólo por un instante se habían unido a las otras, cuando ella se paró sobre las botas de él y se puso en puntas de pie para besar su casco, marcando con sus fríos labios la superficie vidriada, rayándola como diamante.

Nulla siguió haciendo su trabajo, en silencio, y aguardaba pacientemente, que sucediera algo.

Luna soñaba al principio con las muchas aventuras de Nulla: la batalla de Kingsport, donde venció a Dagón, el dios-monstruo de las profundidades marinas, cantando una canción de cuna de pescadores; el desafío de Allun, en que venció a su doble masculino del planeta X convenciéndolo de que era sólo un personaje de ficción inventado por un autor de cómics anti-feminista; o cuando derrotó al ejército de Ching Pan Ze, el conquistador chino que pretendía conquistar el mundo con su ejército de monos, con un bien colocado alud de bananas traídas en vuelo ultrasónico desde Brasil.
Luna despertaba de sus sueños e inmediatamente tomaba sus lápices de colores y su cuaderno de la mesita de luz. Entonces dibujaba las aventuras de Nulla exactamente como las recordaba. Su madre no le decía nada, el Dr. Scheffler decia que era terapéutico. La enfermera Carson le decía que tenía mucho talento.
Luna solamente dibujaba.

Luna estaba preocupada. Nulla se pasaba cada vez más tiempo en su casa. Sus aventuras eran cada vez más esporádicas. Había noches enteras en que lo único que Nulla hacía era mirar hacia la Tierra. Entonces Luna la dibujaba sentada en los escalones, con la mirada adormecida fija en ese círculo azul en el cielo. O la dibujaba dando vueltas en torno a su casa, llamando a su gatito a través del vacío del espacio. O la dibujaba de brazos cruzados, con lágrimas congeladas en el borde de los ojos.
Intentaba con todas sus fuerzas soñar con que ocurría algo nuevo, pero no lo lograba. Nulla seguía ahí, como una estatua hermosa y fría en la superficie de la Luna, esperando.

Una noche, inesperadamente, Nulla detectó una sombra pasando frente a la Tierra. Se puso de pie, aún entredormida, para ver como cientos de sombras se unían a la primera, interponiéndose entre la Tierra y el Sol. Nulla tomó carrera y saltó a la oscuridad del espacio.

Luna se debatía en sueños. Su madre dormía a su lado, y no notaba su agitación.

Nulla volaba desesperadamente hacia la Tierra. No podía distinguir las formas de las naves, solo veía sombras más oscuras que el espacio circundante. Sentía como si nadara en una sustancia pegajosa, sus esfuerzos no lograban llevarla lo suficientemente rápido. Las naves ya cubrían todo el planeta, como un muro negro. Nulla finalmente llegó, agotada, y empezó a golpear la pared de oscuridad. Ante cada golpe, la oscuridad cedía un segundo y luego se cerraba nuevamente. Y ante cada golpe, se cerraba más rápido, hasta que la oscuridad la envolvió y empezó a ahogarla, atrayéndola. No podía escapar, no tenía de donde aferrarse, todo era inmaterial y agobiante. Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero no se convirtieron en hielo.
Entonces vio una chispa ínfima en la negrura, que creció de a poco, tímidamente. Se aferró a los bordes de esa oscuridad, al tejido que se iba desgarrando. Con gran esfuerzo, abrió un hueco, y a través de él pasó una nave, una de las suyas, de la Tierra. Y montado en ella, vio a un hombre enfundado en un traje espacial, un viejo traje cubierto de polvo lunar y con la marca de un beso en el casco.
Nulla se limpió el rostro lloroso con la manga de su traje, y sonrió.
Ahora que había un hueco en la oscuridad, se aferró a él y comenzó a tirar. De a poco, lentamente, la oscuridad fue plegándose como un mantel. Lo arrastró hasta quitarlo por completo, y haciéndolo un bollo, lo arrojó con sus últimas fuerzas en dirección al Sol, antes de desmayarse.

A Luna ya sólo le quedaba éste último sueño. Ahora que la oscuridad había desaparecido, no quería que terminara. Pero ahora sólo había un espacio blanco enfrente de ella, como una hoja sin dibujar, pero no sabía cómo seguir. Ya no quedaba nada.

Nulla flotaba en un espacio blanco. La oscuridad había sido agobiante, pero lo blanco era peor. No había nada, ni siquiera estaba segura de que ella estuviera allí. Si hacia un esfuerzo, podía verse a sí misma como un punto rosa en medio del blanco interminable. Y haciendo otro esfuerzo, empezó a delinearse a sí misma, a dibujarse con su mente, como mejor podía. Faltaban detalles, su trazo era irregular, sin confianza. Pero era ella. Y entonces pensó en todas las cosas que faltaban a su alrededor. Trazó un círculo y lo pintó de azul y verde, y concentrándose mucho pudo pintar el fondo de negro, dejando algunas salpicaduras donde debían estar las estrellas. Casi estaba todo. Pero se había olvidado de algo. Hizó un borrón blanco donde le pareció que debía estar la Luna, y con cuidado dibujó su casa, y las huellas que habían dejado sobre la superficie.

Cuando todo lo importante estaba más o menos dibujado, descendió a la Tierra.

Luna se estaba desvaneciendo. Sin ruido, empezaba a confundirse con la cama, a difuminarse contra el fondo blanco de las sábanas. Los aparatos a los que estaba conectada no lo notaban, tan imperceptible era su partida. Una lágrima solitaria comenzó su descenso y trazó un arco lento sobre sus mejillas. Ya faltaba poco para que cayera.
Pero algo inesperado sucedió. Un dedo se apoyó sobre su rostro y la detuvo. Una mano se posó sobre su frente, y Luna abrió los ojos.
Nulla la estaba mirando, preocupada. Le dijo:
— ¿Por qué lloras? Vine hasta aquí a buscarte.
Luna se sentó en la cama. Ya no sentía dolor.
— ¿A dónde vamos? —preguntó.
Nulla alzó sus dedos hacia la ventana, hacia una Luna llena en la que, si se fijaba bien, podía ver un gato y una casa pequeña con un jardín lleno de jazmines.
— Pero no puedo respirar en la Luna. Y hace mucho frío.
— Sí que puedes. Ya creciste.
Luna sabía que era verdad. Tomó la mano de Nulla, y sin hacer ruido, bajó de la cama. Ya era libre de nuevo.
— ¿Vamos? —dijo Nulla.
— Un minuto —dijo Luna— Tengo que terminar algo.

La madre de Luna despertó despacio, descansada como no lo había estado en muchos días. Semidormida, se levantó para abrir las cortinas, pero descubrió que ya estaban abiertas. La luz de la Luna iluminaba tenuemente la habitación. Entonces notó que Luna no estaba en la cama. Desesperada, la buscó por todos lados, en el baño, abajo de la cama, en el pasillo. Pero no estaba. Mareada, se tambaleó hacia la cama. Estaba a punto de desmayarse. Entonces vio el cuaderno abierto sobre la almohada, y se sentó y leyó la historia de Nulla y su última aventura, El rescate de Luna.

FIN

 

 

 

3 Comentarios
  1. Un cuento perfecto. Lleno de sencibilidad, de buena técnica, tiene los ingredientes justos y uno termina sin aliento por esa Luna que nos deja en busca de “aventuras” que quizás no logremos comprender.
    memorable.
    Un abrazo!

  2. Alegamen: cuento hermoso; escrito con gran maestria; qué expresiones, qué deseos nos provoca de ser tan sensibles como esa niña enferma que soñaba y soñaba con sólo ver la luna; muchos de nosotros no lo hacemos ni teniendo a la vista las grandes maravillas que ocurren y danzan en nuestro entorno.
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)

  3. ¡Muy hermoso!

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