Anoche la luz de la luna empujaba las olas hacia mí. Pero no estoy seguro de si era la luna o eran las olas las que querían acercarse, quizá susurrarme algo.
No sé si aquellas olas pretendían iluminar un sendero con las chispas que la luna arrojaba sobre su aún fría y rugosa textura en esa tercera noche de primavera.
O si era la luna con su luz redonda y perfecta quien intentaba distraerme con su belleza terrible, hinchada de orgullo en aquella noche azul cobalto. Sí, la noche ya no era negra y eso también hacía vibrar en el aire una sospecha con olor a sal. Sólo con su olor la sal ya me producía cierto escozor en los ojos, debía tener cuidado con lo que veía.
No sé si era la luna quien quería iluminar mi paso perdido o eran las olas las que querían empujarme hacia algún lugar desconocido.
¿Acaso eran cómplices al unir su poder hipnótico para llevarme hasta otra alma errante en la noche? ¿Cuál sería su propósito tras aquella maravillosa inquietud a la que me sometían?
Durante segundos interminables seguían manteniendo mi trance, la una provocando reflejos electrizantes sobre las crestas que producían descargas en mis ojos. Las otras meciéndose en un vaivén que hacía crujir la arena de la playa con sus caricias.
Me costó minutos, diría que una vida entera en segundos darme la vuelta y ponerme a caminar.
Trillones de segundos después en el bar, sentado junto a mi compañero de barra habitual hablamos sobre lo perdidos y solos que nos sentimos. Los dos lo dijimos en la presencia del otro y de otras decenas de almas allí congregadas.
Sonó absurdo, tanto como ese empeño por buscar a otro a quien amar, cuando ese otro acaba siendo muchas veces uno mismo en la forma de ese ser olvidado en nuetro interior.
Lo entendí de inmediato, todo el mundo llegaba allí empujado por las olas chispeantes, guiados como borregos por aquella luz de luna llena. Una luz claramente desorientadora. Siempre creemos que la luz nos muestra el camino… pensé.
¿Y si fuese en la oscuridad donde pudiéramos encontrarlo? En la oscuridad me movería por instinto, y no llevado por esa luna tramposa cuya luz roba al sol por las noches para hincharse todo lo que pueda de falso orgullo. Y para despertar en nosotros ese impulso inquietante que nos mueve sin razón por los lugares equivocados de un planeta que tal vez sea también el equivocado, al que llegamos por un error cósmico.
Pero no, la luna está hueca, vacía, muerta. Ella no tiene la culpa. Somos nosotros quienes necesitamos ser iluminados con su engañoso hechizo.
Supe que únicamente el sol me mostraría el camino con esa luz cegadora, esa potente luz que nos hace cerrar los ojos para poder así soñar con nuestro lugar y encontrarlo sin mapas.
Me fui a dormir.
A la mañana siguiente, el sol volvía a regañarme con su poderosa luz, al igual que después de tantas otras noches como aquella. Esa mañana el sol rugió furioso con el estruendo de sus haces que atravesaron los orificios de mi persiana como gritos que me decían:
-Cierra los ojos, es hora de despertar.



Muy buen relato mi amigo y la frase final es digna de un cuadro, para ojearla a menudo y no soltarla más. Felicitaciones, muy bien escrito. Un saludo desde Buenos Aires.
Es un halago tenerte siempre ahí, Nanky. Gracias amigo. Saludos.
F. Javier Valero, una narración para entender, al fin, que no debemos dejanos guiar por la falsa luz de la luna, robada al sol, por el romanticismo, pues; si eso nos ocurre, nos “cuesta mucho” plantarnos en la realidad, debajo de los rayos del sol que nos hacen mover, caminar, buscar nuestro veradeo camino.
Volivar
No hay que dejar de soñar jamás, pero si sabes hacerlo despierto tal vez puedas dirigir tus sueños.
¡Gracias Volivar y saludos desde una Barcelona hoy poco soleada pero despierta!