Cuando Ariadna leía, lo hacía comenzando por el final. Ella no creía en los principios ni en los finales convencionales. Desde la finitud de la vida, Ariadna contemplaba la infinitud de las palabras. No de las palabras en sí mismas, sino de las interpretaciones que cada una supone.
Ariadna leía al revés porque había aprendido a mirar así.
Una tarde se perdió en un serpentario humano. Sí, vio hombres y mujeres arrastrándose, mientras un extraño veneno de sus lenguas pretendía herir el universo alado de la muchacha. Se asustó, al principio. Pero inmediatamente pensó en todas las Ariadnas del mundo. Las Ariadnas de los bosques con sus danzas en círculo, las de las ciudades que guardan sus flechas bajo el código secreto de los lenguajes, las Ariadnas galácticas que acompañan a los guerreros en cada batalla. La muchacha pensó en todas y en cada una de sus compañeras poetas. Desde ese momento, no sé a causa de cual mecanismo de defensa, Ariadna viajó con sus obstinadas alitas hacia el final.
-Nada para temer. Murmuró un koala.
-¿Y cómo hacés para no impresionarte ante tanta toxina rastrera? Replicó Ariadna.
-Permiso, yo los conozco desde el principio. ¡Nada para temer!. Dijo el águila exaltada
Ariadna estaba muy confundida y dejó resbalar la angustia por sus mejillas. Se quedó dormida entre la mirada del águila y la sonrisa del koala. Al otro día, ya no sabía si estaba en el principio o en el final. Pero vio como las anacondas humanas participaban en partidos políticos que les prometían inflar sus egos con el don del engaño luminiscente. Éste consistía en brillar artificialmente cada vez que sus lenguas injuriadoras rozaban el universo alado de las Ariadnas.
-¡Nada para temer! Exclamó la hermosa Ariadna con una inconmensurable alegría dibujada en su rostro.
Dicen los que saben que ese grito traspasó el cuerpo plástico de las serpientes. Y a partir de ese momento la muchacha se viste de juglar, mientras sonríe observando los venenos perecer desde el principio. Desde el principio, que es el final, de toda toxina rastrera: la leche rancia de sus espejos.
Leyendo asi, como dices, todo adquiere mas sentido. Hay principios que ya incluyen el final y es que su camino es tan breve y previsible, que un buen juglar las aparta con sus pies mientras danza, cada anaconda humana.
Bonito relato que no tiene nada de cuento. Gracias por compartirlo y a seguir cantando, juglar.
Gracias Pedro, me encanta como te expresas. Un abrazo!
Excelente, a los 19 años (hace un cuarto de siglo) me enamoré perdidamente de una Ariadna, el mar de recuerdos flota en la niebla. Un gran saludo.
Me alegra que te guste y que traiga bellos recuerdos. Muchas gracias por comentar. Un abrazo