Manosanta
31 de Mayo, 2012 2
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Mientras la mujer rezaba sus mantras, sutras o sabrá Dios que clase de embustes inentendibles, don Genaro se esforzaba en pensar con mucha fuerza y mucha fe, que la vieja de piel cecina le estaba componiendo el destino.

Se trata, pues, de una curandera, una bruja que trajo el cuñado de don Genaro desde el pueblo de Xocchel. Según el cuñado, la mujer es tan diestra y eficaz, tan conocedora y avezada en las artes sublimes que hasta al mismo bacalao le quita la salazón en un santiamén.

La mujer de cabellos grisáceos y amarillentos se puso a mascullar muy cerca de las paredes una sarta de cosas que ni su cuñado ni don Genaro entendieron, pero que se empeñaron en creer: eran benedicencias. Recitaba la manosanta sus embustes y sus timos mientras con los brazos en el aire, movía las manos haciendo fluir vayan ustedes a saber qué energías espirituales, místicas y esotéricas.

Ay, mientras don Genaro miraba a la mujer emborracharse con sus salmodias y sus conjuros, iba dudando cada vez más de su buen o quizá, mal juicio. La seguía con los ojos aquí para allá, medio incrédulo la verdad, de que con sus rítmicos canturreos y soliloquios le estuviera componiendo el destino, limpiando la mala suerte del sino, y amansándole los infortunios del porvenir.

Se iba acordando don Genaro, mientras veía a la anciana elaborar sus menjurjes y vociferar sus letanías, de la vez que Lancha, la mujer que enfrente de su aciago negocio tiene una nevería, le contó que antes de ser su perdición este agorero lugar había sido la ruina de una tienda de abarrotes, una pollería, una refaccionaria automotriz y una ferretería… Lancha, con mirada compasiva y regocijo de la desgracia ajena, le contó a don Genaro que el reputado predio había llevado a la bancarrota, también, a una lavandería, a una tienda de animales, a un expendio de plásticos y hasta a un restaurante de comida china.

Y eso sí está bien raro, don Genaro, porque esos chinos infames no quiebran, vienen a este país a hacerse ricos; ¿No ve que la carne de gato y de perro son gratis en las calles? Así le explicó Lancha, y, ante tan aplastante razonamiento, don Genaro tuvo que aceptar que aquel nefasto lugar estaba más que salado, maldito.

Va usted a rezar diez padrenuestros y nueve avemarías sin parar y sin dudar, cada noche durante nueve días antes de cerrar el negocio. Mientras reza los avemarías, va rociando las paredes con ésta loción. Así instruyó la mujer entregándole al abatido y escéptico don Genaro un frasco de líquido maloliente. Después, le reza ésta oración al Sagrado Corazón y quema este incienso; le dijo ahora, entregándole un papelito garrapateado con letra finísima y un manojo de hierbas igual de secas y curtidas que la piel cetrina de la mujer.

Así, con esas pocas palabras espetadas con regusto altanero, la anciana le dio a don Genaro la cura de sus penares.

Antes de irse la mujer extendió su pequeña mano callosa y sin demora don Genaro fue a depositar ahí, en esa, su mano santa, los quinientos pesos que la mujer cobra por enderezarle a uno la vida. Bien guardados bajo la copa del brassiere, salió la manosanta de aquel negocio tan maldito, y se perdió, caminando a paso lento y curveado por la edad, entre las calles blancas, otrora tristes y ahora alegres, de esta ciudad.

Cristóbal Cano

2 Comentarios
  1. Cristocano: por medio de este comentario (si es que no me lo borran lo organizadores de la red) me despido de ti, con quien compartimos alegrías y tristezas… resulta que los señores de Falsaria insisten en culparme de que yo mismo me pongo corazoncitos en mis narraciones, lo que se traduce en la calumnia más atroz que he recibido en mi vida.
    Volivar, que no te va a olvidar, amigo.

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