Melodías en el viento
27 de Mayo, 2012 4
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Desde hacia tiempo escuchaba esa canción, sabía la melodía y la letra de memoria, solía cantarla cuando estaba solo o simplemente la tarareaba, pero nunca hasta ese día aquel estribillo había significado algo.

Él ojeaba un libro usado mientras la canción volvía a ser interpretada en su mente, entonces la vio por unos segundos al levantar la vista. Ella estaba unas repisas más adelante, en la sección de fantasía, y aunque solo la vio de espaldas, la manera de pararse de ella, fuera de lo común para una mujer y la vestimenta lo dejaron encantado. La joven llevaba pantalones de jean oscuro, rotos y ajustados, un par de botas grises un poco más abajo de la rodilla, un vestido de tonalidades naranjas, rosadas y violetas con un estampado similar al de las plumas de los pavos reales, una campera violeta gastada hasta la cintura y un bolso de tela verde militar gastado y escrito con lo que él supuso era marcador permanente.

La miró con mucha atención hasta que ella se perdió por el pasillo, entonces volvió a lo suyo, pensó por un momento sí esa fuerte felicidad repentina era solo pasajera. No creía haberse enamorado tan rápidamente, aunque a su entender todo indicaba que sí. Sonrío para sí mismo mientras lo pensaba y camino hasta la sección de novelas. Hace poco se había interesado por un clásico de la literatura, aunque femenina creía que debía leerlo pues había marcado una pauta en los tiempos en que fue publicado, lo buscó con atención y no muy lejos pudo ver el título recostado en un estante. Lo tomó y sintió atorado, entonces agachó un poco la cabeza y vio una mano que lo tenía por el otro extremo. Pronto perdió el interés en el libro, esa mano delicada…casi como un reflejo lo inundaron las ganas de tocarla y a la vez de que esta mano lo tocara a él con extrema ternura pero en vez de eso, soltó el libro. Siguió la figura hasta el final del estante y entonces vio con regocijo que era la mano de la muchacha que había vuelto real aquel verso gastado, ella le compartió una breve mirada. Cuando salió del trance la joven había desaparecido y él quedado inmutado como un idiota.

Fue hasta el mostrador y compro el libro que ambos habían tocado, luego pidió una pluma al tendero y escribió en él, entonces en vez de llevarlo consigo compartió con el hombre unas palabras entregándole el escrito y se marchó.

Desde entonces volvía cada día a la librería, al llegar miraba con ansia al hombre y al ver la negativa expresada por el vaivén de su cabeza se quedaba unos minutos mirando hacia la puerta para luego marcharse con el ánimo rozando el suelo.

Seis meses tuvieron que pasar para que con gran pesar dejara de visitar la librería. Los primeros días se obligo a quedarse donde un amigo, los siguientes se gritaba en voz alta, lo restantes se decía que no mentalmente para después, los últimos, solo recordar el hecho como un sueño convenciéndose a si mismo de la no existencia de aquella joven.

El tiempo siguió su curso y el invierno le trajo un amor inesperado con el que decidió acabar finalmente con cualquier esperanza. Y aunque había sentido ese sacrificio más de lo esperado, finalmente la terrible agonía de aquellos días se vio opacada con el amor que la joven le profesaba y que él correspondía con gusto.

Trecientos cinco días después

Exactamente diez meses después del día en la librería, la joven en cuestión leía en el parque mientras veía a su labrador dorado correr como loco tras un palo que luego le era devuelto para ser lanzado con más energía, pero al cabo de un rato notó que habían pasado más de cinco páginas y la ramita no regresaba, levantó la vista y finalmente se levantó ella misma en busca del perro. Miró hacia el centro del parque sin éxito, entonces hecho un vistazo hacia la loma que daba a la vereda, el perro no estaba, pero el libro se le resbalo de las manos al dar con el rostro del muchacho que había ido a esperar fuera de la librería hasta hacia un par de meses, aquel que la había mirado con sorpresa y profunda ternura y le había obsequiado una media sonrisa sincera y a quien se le habían teñido las mejillas con toda vergüenza; el rostro que no lograba olvidar ni de noche ni de día. El corazón se le acelero, los vellos de sus brazos se erizaron sin embargo después del primer paso se detuvo en seco.

Esa noche, en su habitación, se trató de todo menos de linda al sentir aquel dolor injustificado, pues en realidad no conocía al joven a quien le atribuía tamaña traición, pero verlo con esa muchacha tan hermosa a comparación suya le hizo hervir la sangre y la llevo a atribuirle a él por unas cuantas horas todo ese sufrimiento y lágrimas.

Otro día empezaba rutinario, cuando él recibió la invitación de su novia a pasar la tarde juntos.

La jornada comenzó con una película blanco y negro proyectada en el cine del recuerdo, luego una exquisita merienda en Jacobo Coffe`s y finalmente un paseo por el parque que con aquel clima éste estaba plagado de personas; y aunque no era su ambiente preferido se fascinaba al ver la alegría que cosas tan simples como sentarse en una banca a observar le brindaban a los demás.

Compró helado en un puesto y algodón de azúcar, y se sentaron bajo el resguardo de la sombra de un añoso roble.

Ya casi a tiempo de marcharse quedó solo un momento mientras su compañera hablaba con una conocida, entonces vio pasar a toda velocidad un labrador dorado que llevaba un pañuelo atado al cuello con la misma estampa del vestido que llevaba la joven de la librería hacia exactamente diez meses. Observo al perro hasta que desapareció tras unos arbustos y se dejó llevar unos segundos por la hilacha de aquellos sentimientos que se le había escapado.

Repentinamente se dio vuelta, aunque probablemente producto de su imaginación había sentido la mirada y la breve sonrisa de aquel día detrás de él.

Su ser quedo turbado entonces y ya no fue el mismo con su actual novia. Otra vez estaba distante y silencioso, y ella no tardo en notar la actitud y la melancolía en su mirada, y estando al tanto de todo, no por él sino por sus amigos no lograba concebir que la susodicha joven fuera sólo el producto de un sueño pues el dolor con que él la recordaba y ansiaba era igual al que se le profesa a un ser verdaderamente amado. Viendo esto y creyendo, tal vez erróneamente, que ella merecía que alguien la amara de aquella ciega y tan profunda manera se marchó con la promesa de ya no regresar.

Trecientos sesenta y cinco días después.

Un año después del primer día ella sintió algo húmedo caer a su rostro y por los segundos que tardo en abrir los ojos temió que algo estuviera pasando, sin embargo, demasiado pronto tal vez, este temor se convirtió en asco. Una vez más su querido y baboso labrador dorado veía el sol antes que ella.

Odiaba la sensación de tener que levantarse solo para pasear al perro, púes bien, en el único día en que no trabajaba, podría dormir hasta tarde si se deshiciera de aquella cuadrúpeda responsabilidad, pero luego de unas cuadras, de sentir el sol calentándole el cuerpo y los aromas frescos de la mañana, cualquier intención perversa desaparecía.

Ese día el animal estaba decidido a llevar las riendas y ella somnolienta como estaba no atino a llevarle la contra. Lo dejó ser de manera tal que el cuadrúpedo se revolucionó tirando de la correa tan fuerte que está la soltó sin intención. Entonces lo vio correr sin distracción hacia la librería causante de tantas pasadas penas. Entró aturdida por la carrera y miró al vendedor con los ojos avergonzados.

El hombre que a pesar de anciano poseía una memoria privilegiada la llamó con alegría ignorando totalmente la presencia del animal, luego sacó del mostrador una cajita y de ella un libro y totalmente extasiado se lo entrego. No tardo ella siquiera un parpadeo en reconocer el libro y leer la frase que con tantas expectativas había escrito hacía ya tanto tiempo el muchacho.

El día del primer aniversario de aquel encuentro, el joven se levantó vencido por el sonido del teléfono. El corazón se le trabó en la garganta los primeros segundos al oír la voz chillona y desesperada de su hermana, luego ante la explicación se sintió ofendido. La joven vociferaba por un libro que había olvidado leer para un examen e imponía al hermano comprarlo ya que cerca de su casa habían abierto esa nueva y gran librería. Aunque algo rabiado era por demás sabido que no diría que no, y luego de una breve conversación prometió alcanzárselo por la tarde.

Coloco los audífonos en sus oídos y encendió el aparato, no puso un pie fuera de la casa hasta que la música no comenzó a sonar y consiguió el volumen adecuado.

Tardo dos temas y medio en llegar a la librería que, para su sorpresa, estaba cerrada, en vano busco entre todos los papeles que colgaban de la puerta uno que indicara un horario de atención y más enojado que antes recurrió a la opción más cercana y desde hacía tiempo repudiada.

Entro en la vieja librería sin mirar al costado o simplemente a ningún sitio más allá del suelo, y estando tan compenetrado en la descripción de la obra y la hora logro olvidar por completo lo que allí había dejado. Avanzo hacia el mostrador aun mirando la tapa del libro y solo se detuvo intrigado por el labrador dorado que pasó rozándole las piernas… De pronto la canción se hizo audible, la misma letra de ese día, se le hizo un nudo en el estómago y sintió una puntada cruzarle el cuerpo horizontalmente.

Al levantar la mirada, pareció detenérsele el pulso y la respiración, las piernas se le aflojaron dejando caer, en el momento en que trataba de mantener el equilibrio, el libro y la música. Por fin veía al anciano que le hacía sutiles señas de manos y ojos y a la muchacha con su regalo entre las manos leyendo la frase que con delicadeza le había dedicado y está que al escuchar el golpe había volteado, lo miraba ahora con ojos risueños y con aquella sonrisa encantadora.

Y casi inaudible desde el suelo donde yacía el aparato sonaba el estribillo para todos… “Tal vez nací para sostenerte entre mis brazos”…

4 Comentarios
  1. Que bonito! y estas cosas ocurren en el mundo real? me puse romántica. Voto!

    • Muchas gracias Territorio sin dueño! Me alegra haber podido despertar en alguien más ese romanticismo que sentí al escribirlo, y aunque no estoy muy segura de ello me gusta pensar que tal vez en algún lugar muy remoto de este mundo estas cosas pasan.

  2. Tamartte: una narracon muy romántica; bella. Pero yo te recomiendo que no descuides puntuar los vervos cuando están en tiempo pasado. Por los demás, te felicito. Tienes falento.
    (Mi voto)
    Volivar

    • Es una alegría enorme que alguien me diga que tengo talento, no sé por qué solo me pone feliz! Y agradezco tu consejo y lo tendré en cuenta!

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