Memorias de un tren abandonado
20 de Enero, 2012 4
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Otra vez, como todos los días, recuerdo tu
viva imagen frente a mis ojos, volviendo de tu dulce tienda de galletas montada
en una bicicleta oxidada, corrompida por el largo paso del tiempo, pero hermosa
por llevar a alguien como tú sobre ella. Silbando una melodía imprevisible,
única, diferente cada día. Me asomo a la ventana de mi despacho, apartándome de
la mesa con un empujón, soltando la pluma de mis manos, olvidándome de los
documentos de mi trabajo… me centro en tu llegada, espero ansioso que abras la
puerta y deseo oír cómo subes las escaleras para poder salir de estas cuatro
paredes y estrecharte con fuerza entre mis brazos.

Siento el calor de tu cuerpo rozando mi piel;
me deslumbro al recordar el fulgor de tu mirada, y me alegro al imaginar tu brillante
sonrisa frente a mis ojos, alegrándolos y haciéndoles olvidar las letras de
centenares de libros que han ocupado mi mente durante toda la mañana. Me
abrazas, me besas, y me dices que me quieres, quitándome las palabras de la
boca, arrancándomelas de los labios.

Como todos los días al medio día, bajamos a
la cocina. Tengo mi periódico a mano, para poder informarme de las últimas
noticias, pero me gusta más verte cocinar. Recuerdo que siempre quería ayudarte
y, al no ser tan fascinante como tú ni tan bueno en tareas domésticas, me
limitaba a pelar patatas o echar aceite en las sartenes. Preparo el fuego para
calentar un poco de agua, te aviso de cuando ésta hierve, y así poder preparar
la comida. Comer junto a ti, sentirme a salvo y acompañado, olvidando mis
oscuros y amargos ratos de soledad, cuando el tiempo se hacía largo, las luces
se transformaban en sombras y las paredes que me rodeaban me hacían su
prisionero. Aunque aún sigo siendo prisionero, estoy encadenado, atado… me
siento unido a ti.

En mi diminuto y estrecho despacho, donde
corrijo documentos de personas importantes destinados a personas mucho más
importantes, utilizándome de intermediario, me siento sólo, abandonado, triste…
el aire que flota entre estos libros es melancólico, y los rayos del sol son
grisáceos al atravesar las sucias cortinas, polvorientas y antiguas, mucho más
antiguas que mis recuerdos. Por eso me gusta salir, pasear, caminar, correr, ir
hacia tu tienda. Las calles de la ciudad se hacen cortas cuando pienso que voy
hacia ti. Mis zapatos se escurren en las alisadas piedras, los coches tocan sus
bocinas para que me aparte de en medio, mucha gente en bicicleta se ve obligada
a parar para dejarme paso… pero tengo que correr… tengo que encontrarte. Y allí
estás tú, sonriente, empaquetando galletas, envolviendo cajas de bombones,
sonriendo a los clientes. ¿Cómo trabajar en una tienda de galletas si lo más
dulce que hay en ella no se puede vender?

Mi memoria no logra olvidar tu cálida
sonrisa. Me invitas a pasar después de darme la bienvenida con un beso en la
mejilla. Me adelanto, me coloco detrás del mostrador e intento ayudarte en tu
larga tarea. Papel de regalo por aquí, una cinta dorada por allá, un delicado
nudo aquí… y alguien se llevará una sorpresa al recibir este regalo. Veo a tu
sirvienta barriendo la tienda, limpiando el polvo a las estanterías, sacando
brillo a los cristales, y la saludo. Sus mejillas se ponen coloradas, se cubre
el rostro con sus trenzas de bronce y me da la espalda con timidez para
continuar con sus tareas.

Son las dos, hora de salir, hora de descansar
hasta la tarde. Cierras la puerta a tus espaldas cuando los dos estamos en la
calle rodeados de gente que regresa a sus casas, niños que salen del colegio… y
caminamos juntos, cogidos de la mano. Te pido que me cuentes cómo te ha ido el
día, y tú lo haces, describiendo con exactitud hasta el más mínimo detalle. Tu
voz es música celestial para mis oídos, una música que sólo yo puedo disfrutar,
pues sólo yo la oigo como una melodía. Y me pides que te cuente algo, y me
desconcentro, me despierto del ensueño en que me envuelves y reacciono, regresando a la
realidad. Nunca sé qué contarte, y siempre te digo lo mismo: desde las siete y
media en el despacho; a las nueve llevo las cartas al buzón y me encamino a la
fábrica de coches para que me entreguen nuevos papeles. Es una rutina aburrida
y repetitiva, constante y algo estúpida, pero es un trabajo.

Mi olfato puede recordar el olor a comida que
bailaba en la cocina cuando llegábamos a casa. Las brasas del fuego
chisporroteando y quemando los troncos como las olas del mar que golpean las duras
y frías rocas de la costa. Tomo con una pala unas pocas ascuas y las pongo en
el brasero debajo de la mesa. Como todos los días, comemos y charlamos, sólo Dios
sabe qué nos contaremos, pues siempre son historias parecidas, siempre es lo
mismo, siempre es la misma rutina. El reloj mueve incansable sus agujas y
nosotros realizamos la misma tarea a cada minuto, programando nuestra vida,
sirviendo a un poder mayor, sirviendo a algo que no está en nuestras manos.

Recuerdo aquella fría mañana de otoño.
Miércoles de noviembre. Las hojas de los chopos coloreaban el suelo con aquel
color anaranjado, típico del crepúsculo. La brisa helada anuncia la próxima
llegada del invierno y hace olvidar el calor del pasado verano. Es tiempo de
usar las bufandas, de ponernos el abrigo y de llevar siempre a mano el paraguas. Tú debes ir a trabajar, y
decido acompañarte. Unas finas gotas humedecen nuestros rostros y abro el
paraguas. Sonreímos ante la idea de acabar empapados, pero no es así: llegamos
secos, con las suelas de los zapatos húmedas y sucias por la tierra de la
calle, pero no importa. Recuerdo el beso que te di en la mejilla, cálida a
pesar de haber paseado bajo la mañana aún oscurecida por la ausencia del sol, y
tú me besas, sintiendo tus labios rozar mi piel, llegando al fondo de mi
corazón e iluminando mi alma, haciéndome olvidar el amargo rato que me espera
en mi despacho, apartando la oscuridad y el desánimo de mis pensamientos.

Regreso a casa y decido mirar el buzón: hay
correo, tres cartas. No miro el nombre de los destinatarios hasta que entro en
casa, hasta que me refugio de la lluvia,
y me fijo horrorizado y preocupado que una carta es para ti, sin saber de quién
puede ser, sin saber por qué te la han mandado, sin querer imaginar lo que
dice. La dejo con cuidado sobre la mesa de la entrada y espero impaciente tu
llegada para que la abras delante de mí.

Por fin llegas y te informo de la extraña
carta. Mi memoria puede mostrarme de nuevo la cara de horror y preocupación que
tu rostro no pudo evitar mostrar al verla y reconocer la letra. Ambos nos
encaminamos al salón y nos sentamos, tú en un sillón y yo en la silla de en frente.
Jamás sabré lo que la carta decía, y me arrepiento de no pedirte que la leyeras
en voz alta, pero es una pérdida de tiempo lamentarse. Sólo recuerdo que me
dijiste que tu padre había caído muy enfermo y debías partir en tren hasta
Madrid para cuidar de él. Largo tiempo mantuve mis labios sellados, inmóviles,
dejando flotar mis pensamientos en un mundo que había perdido el sentido para
mí.

Al día siguiente, sin tiempo que perder, nos
encaminamos al tren, hogar de vagabundos, colmena de viajeros, pozo de la
desesperación. Sus largos raíles me hacían imaginar lugares que jamás
visitaría. Aquellas vías infinitas, paralelas, negras y frías eran la carretera
hacia lo desconocido, hacia el fin de una vida y el comienzo de otra. Intenté
no mirarlas y me concentré en tus ojos, vidriosos y rojizos, derramando un
torrente de lágrimas. Intenté ser fuerte, conteniendo el dolor y la tristeza
que me invadían en aquellos momentos, pero no pude evitar derramar pequeñas y
saladas gotitas que resbalaron por mis mejillas; aún noto su humedad mojando mi
piel. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, estabas asomada por la ventanilla,
limpiándote el rostro y diciéndome adiós. La enorme locomotora inició su banda
sonora de ruidos metalizados y pude oír entre aquel infernal alboroto tu voz,
gritándome “Por favor, espérame; volveré”. Y te hice la promesa, jurándomelo
hasta la muerte, sin olvidarme nunca de ella y pensando siempre en ti.

Permanecí toda la tarde allí de pie, sin
moverme del sitio, sin hacer ningún ruido; inmóvil, de piedra, abandonado,
perdido,… terriblemente solo. La luna iluminó los crueles raíles de la vía, y
las estrellas brillaron tintineantes y luminosas decorando el oscuro cielo de
la noche: me sentía de nuevo encerrado. Pero no perdí la esperanza; di media
vuelta para regresar a casa y me prometí a mí mismo que volvería a recogerte.

Para cenar, dos platos, dos vasos, dos
tenedores y dos cuchillos; para comer, dos platos, dos cucharas, dos copas de
vino y dos cuchillos… jamás quitaré de mi vida el sitio que ocupaste en mi
corazón.

Otra vez, como todos los días, me encamino a
la estación de tren, cerrada siete años atrás. El enorme reloj que antaño era
consultado a todas horas por incontables viajeros ha detenido sus agujas en el
dos y el ocho. Las largas y crueles vías son ahora dos extensas barras de metal
oxidadas y podridas, torcidas y corvadas, que temen por la lluvia y el tiempo,
ansiosas de ser usadas de nuevo. El paseo situado al lado de las vías es una
calle con apenas unos pocos ladrillos intactos en el suelo; roto, agrietado,
repleto de maleza y algunas hierbas que nadie ha querido arrancar. Los niños
juegan por allí, manteniendo el equilibrio por los raíles, tirando piedras a
las ventanas de cristal ya rotas por el viento, subiendo por las escaleras a
los pisos superiores… y yo no tengo ganas de hacer nada de eso. No permanezco
de pie en la espera. Los largos y solitarios años han hecho presa de mí. Mi
cuerpo es más pesado, puedo ver mi rostro arrugado reflejado en los podridos
ventanales; mis piernas han perdido su fuerza y un bastón debe darles una
pequeña ayuda.

Otra vez, como todos los días, me siento en
el banco situado al frente de las vías, esperando que la locomotora asome con
sus enormes y escandalosos vagones. Hoy me siento cansado, aburrido, deprimido…
los párpados se hacen más pesados, mi cuerpo apenas responde, y me veo incapaz
de abrir más los ojos: los cierro lentamente.

El sonido del tren me despierta, recorriendo
de nuevo las vías, con gente en el arcén esperando a sus familiares, puntual
como el reloj indica; me levanto con energía, espero ansioso que la máquina se
detenga por completo y busco impaciente con mis ojos tu mirada, esperando
encontrarte entre la multitud.

Hoy he recuperado la esperanza…y no quiero
despertar.

4 Comentarios
  1. Hermoso relato, felicitaciones y gracias por compartir.

  2. Café solo y triste: yo he acostumbrado leer nada más la sección de cuentos; pero como los señores de Falsaria pusieron algo mío en la sección de “otros estilos”, veo que aquí hay algo tuyo, que me proponto leer, con gran deleite, como siempre; por hoy, mi diario vivir se ha alterado, pero espero estar miuy pronto en esto de pasar buenos ratos al leer tan lindas plumas, tan inspiradas, como la tuya.
    Atentamente
    Volivar Sahuayo, Michoacán México

    • Muchísimas gracias volivar. Espero que no te decepcione este pequeño relato que escribí hace algunos años.
      Gracias, como siempre, por tus sinceros y magníficos comentarios.

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