Memorias de una caja de cartón
30 de Abril, 2012 6
3
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

Este es mi último viaje. Esta cinta me lleva a mi último destino. Me gustaría que fuera de otra forma, me gustaría seguir disfrutando de mi vida, tan llena de aventuras, emociones y viajes… pero no me quejo; he tenido más de lo que merezco y más de lo que mis compañeras han podido disfrutar. Ya empiezo a sentir el calor.

Mis aventuras comenzaron hace un mes, en España. Mi primer destino fue una de las Islas Canarias. Hice un buen trabajo, llegué allí sin un rasguño a pesar de los golpes que recibí subiendo al avión (la descarga fue más suave, los canarios son más tranquilos) y toda mi mercancía de souvenirs llegó en perfecto estado. Una vez en el camión, a través de una rendija en la lona pude ver la tierra volcánica, el océano infinito, las palmeras. Deseé vivir allí pero alguien reparó en la robustez que me caracterizaba y decidió enviarme a un nuevo destino: esta vez viajé a Munich. Creí que la ciudad era grande pero en realidad estaba en el aeropuerto viajando de una terminal a otra, era como Lanzarote pero con mármol en lugar de lava. Cuando después me llevaron a la ciudad, el olor de las salchichas y el sonido de aquel idioma extraño me sorprendieron tanto como la nieve que cubría las aceras y que, por cierto, humedeció mis bajos de forma algo molesta. De Munich llevé libros a una estudiante de Stuttgart, la ciudad de Hegel y Schiller; y de Stuttgart fui a Viena. ¿Conocéis Viena? ¡Cuánto daría yo por perderme de nuevo en sus anillos, por escuchar esa música por las calles, por saborear el aroma de ese café que tuve que transportar!. Los sones de algún vals aún resonaban en mis ondulaciones cuando me vi de nuevo en una bodega cruzando el océano. Llegué al estado de Virginia; se me ocurrió pensar que su nombre hacía honor a su ambiente: este lugar recuerda a una mujer tranquila, callada y lejana. Sin embargo a mí se me mostró agresiva: durante este viaje empezaron a manifestarse ciertos desperfectos en mi estado, y nadie pareció interesado en su arreglo. Las pegatinas rotas que se amontonaban sobre mí procedentes de los distintos aeropuertos por los que había pasado me daban un aspecto envejecido; mis manchas y desgarros exteriores tampoco eran de mucha ayuda a la hora de seleccionarme como contenedor robusto. Tomé un último avión a Uruguay; ya no recuerdo qué transportaba, sólo pensaba en cerrar mis rendijas para no dejar caer la carga. Y en Montevideo me desplomé, ya no pude más; en cuanto me vi descargada dejé de luchar y caí despedazada, pero con la satisfacción del trabajo bien hecho.

Ya empiezo a sentir el calor. Pronto el horno me convertirá en cenizas que volarán por los aires y quizá alguno de mis fragmentos vuele a España y sea reciclado en otra caja de cartón que vuelva a recorrer el mundo transportando las cosas de los hombres.

6 Comentarios
  1. Un relato muy original y muy bien contado desde el punto de vista de una objeto. Muy bueno. Felicitaciones, saludos y mi voto.

  2. Siempre es un placer leer tus buenos comentarios. Muchas gracias Vimon!

  3. Qué texto tan original! Me ha gustado mucho! Enhorabuena!

  4. Me parece de lo más ocurrente y extraño este relato,con lo cual tiene para mí,un interés del diez.
    Felicitaciones amigo,porque nunca había leido un ralato en el que la protagonista, fuera una caja de cartón.
    Un abrazo en la distancia.

    Gudea

    • Muchas gracias Gudea por tu amable comentario. Acabo de estar un rato en tu jardín de orquídeas y ahora me voy a leer de nuevo la historia del llaverín de mujer. Saludos, Antonio.

Deja un comentario