El inspector salió del coche, agarrando su maletín que reposaba en el asiento del copiloto. Una vez fuera, tuvo que elevar el cuello de su gabardina verde caqui para que las anchas alas taparan sus labios y mejillas; el invierno amenazaba con llegar pronto y la corriente, un poco helada, le abofeteaba el rostro. Cerró la puerta de un golpe, empujándola con el maletín de piel marrón y cerraduras de metal gris absolutamente mate.
Juan José Aguirre no terminaba de entender por qué todos los orfanatos se encontraban tan aislados de los centros urbanos. No se hacía la idea de que aquellas estructuras imperiosas siempre estuvieran rodeadas de inmensos bosques oscuros en que los niños podrían desaparecer y mucho menos comprendía como era posible que el setenta por ciento de la estructura estuviera dedicado al bienestar de los cuidadores y a la inmensidad de las ermitas que deberían ser modestas. Ahora se encontraba a las puertas de aquel establecimiento de paredes grises y ventanales tristes. En uno de ellos, al extremo derecho (de su derecha), pudo distinguir las cabezas de algunos pequeños que esperaban su llegada, como había prometido. Les sonrió desde la puerta y elevó su mano para que supieran que les sonreía a ellos. Pobres chicos… Ojalá pudiera llevármelos a todos de este penoso sitio. Pensaba el inspector.
Ya había hecho sonar la campana que hacía las veces de los modernos timbres. No tardó en recibirle uno de los curas más jóvenes y a penas sin dirigirle la palabra le indicó el camino hacia el padre que regentaba el lugar. Dos, cuatro, ocho, dieciséis pasos, por fin atravesaba el umbral del amplio y poco humilde despacho. Y pensar que estos niños a penas tienen mudas de ropa, que se van legando de los mayores a los pequeños hasta que un alma caritativa acude aquí para darles el lugar que merecen ocupar… Don Aguirre sentía como le hervía la sangre al paso por los finos capilares de sus dedos y como su corazón latía como una olla a presión que daba la sensación de querer estallar en ira. Educadamente le recibió el sacerdote, siempre ataviado con su sotana negra, con una sonrisa solícita pero igual de falsa, los ojos saltones como los de un camaleón y la nariz redondeada aunque ligeramente aplastada.
- Buenos días, señor Aguirre. Siéntese, por favor. – Le hizo un gesto, mostrando sus manos anchas y fuertes.
- No, gracias. Ya sabe, padre, que esta vez he venido a hablar con los niños. Así que, si su a usted no le importa, me gustaría acercarme a sus dormitorios para darles unos regalos que les envían mis hijos.
- Está bien. – El religioso hizo sonar una campanilla que había colocada sobre su escritorio y al poco apareció el mismo muchacho que le había dado la bienvenida. – Teodoro, acompañe al señor. – Asintió en silencio y los dos caminaron por los pasillos y subieron escaleras y siguieron caminando.
- Sino le importa, caballero, me quedaré en la puerta. – Al fin decía una frase elocuente, su voz era afeminada.
- Si no queda más remedio. – Le respondió con seriedad y a disgusto.
La puerta quedó cerrada tras el sacerdote vigilante que más parecía un portero de discoteca en funciones, aunque su físico escuálido no se asemejaba en nada al de los musculosos “gorilas”. Al menos ha tenido ese detalle, pensó el inspector. Sonrió a los chiquillos que se encontraban en la habitación. Salvo uno, el mismo que en su primera visita se había mostrado frío y reacio a comunicarse. Ahora el mayor de los huérfanos estaba sentado en la esquina, sobre su cama y le miraba fijamente.
- Veo que usted sí es capaz de cumplir su palabra. – Aguirre había sentido que aquellas palabras significaban mucho más de lo que pudieran parecer a primera vista. Era un avance, sabía que ese niño de 11 años era el dueño de la llave que abría el candado hacia las irregularidades que sospechaba, de las atrocidades que imaginaba.
- Ahora debes cumplir la tuya. – Le dijo sonriendo con complicidad. Observó de reojo como el muchacho apretaba sus puños y sospechó que sus manos sudaban, tal vez por miedo, tal vez por ira, tal vez por ambas. – Mis hijos han querido que tengan esto, son unos dibujos. Como pueden ver son ustedes y ellos jugando en un parque… Ellos, mis hijos, esperan que pronto estén fuera de aquí, pero para ello…- Uno de los chicos más pequeños le quitó los dibujos de las manos tras obligarle a flexionar sus piernas para quedar a su altura. Estaba muy pálido, parecía un fantasma. Un escalofrío recorrió absolutamente toda la espina dorsal del inspector que conservaba su gabardina. El pequeño tendría unos tres años y sus ojos de color avellana se posaron en los profundos ojos azules del adulto. Pudo ver en ellos una ilusión que enmascaraba un sufrimiento. – Para ello, deben contarme que es lo que sucede aquí realmente.
Se sintieron unos pasos alejarse de la puerta, supuso don Aguirre que se trataba de que el sacerdote necesitaría ir al baño. De súbito, el pequeño se le abrazó fuertemente al cuello y le susurró unas palabras: -si me porto má me pegará y no comeré y po eso no le podemó decí…- Aquello era suficiente, buscar las pruebas sería más complicado.
El inspector apretó contra su pecho al pequeño y mirando a todos los demás, en especial al mayor les confesó su plan. – Sé que algo no anda correctamente en este lugar, vendré todos los días a verles. Todos los días hasta que este lugar esté cerrado y cada uno tengan una familia. Pasó un rato más en la habitación jugando con los niños, pero regresó el cura escuálido anunciando que debía terminarse la visita e invitándole a marcharse. Lo notó algo agitado, sin embargo, no le dio mayor importancia.
Al día siguiente, una trágica noticia llegó a sus oídos. El orfanato había ardido y solamente se había salvado el cura regente, debido a que, según los noticiarios, se encontraba fuera del edificio. Sintió como el alma se le desgarraba y se prometió no descansar en paz hasta que descubriera que ocurrió realmente allí.




Me gusto, me perdí un poco en los tiempos verbales pero en general bien llevado. Pongo mi primer voto Falsaristico
¡Gracias por el voto! Ups, tienes razón. Acabo de releerlo y hay cosas que me pasaron inadvertidas. Ahora mismo corrijo… ¡Qué torpe! Me alegra que me hayas hecho darme cuenta. Un saludo.
Un fianl inesperado y cruel. Me gusto la narrativa con su descripcion..
tienes mi voto,
Saludos
Gracias, Julioko. ¿Acaso no es la vida cruel y inesperada a veces? Un saludo.
Me ha parecido muy bien relatado, enhorabuena y voto.
Gracias. Escribir siempre es un placer, pero que guste me hace feliz.