Mi vida a través del yoga y las letras
27 de Junio, 2012 9
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Recuerdo la primera vez, hace casi tres años, cuando entré en una escuela de yoga. Parecía algo natural, tanto como entrar en mi propia casa. No había nada en mi entorno que pudiera justificar aquella aptitud mía tan natural. No conocía a ningún practicante. Si es cierto que aunque huía de la religión porque me condenaba, me llevaba a los infiernos y para mí si Dios era real, si existía, solo podía ser amor como un concepto universal y acogedor de todos por encima de razas o creencias, sexo o cualquier otra forma de limitación humana. Siempre tuve una espiritualidad desarrollada, con esto no me refiero a nada añejo, sino a una manera de sentir el mundo, a las personas, al tiempo. Desde muy pequeña, no he encajado el materialismo asociado a lo no supuestamente terrenal y cuando hice alguna pregunta, jamás supieron contestármela. Siempre guardé el recuerdo de un cura un tanto atípico: guapo, bien vestido, simpático a rabiar y con sentido del humor. Fue profesor mío. Me predicó por sus hechos, no por sus palabras. Aun hoy, al cruzármelo, siento gran cariño por él. Seguro que él de mí ni se acuerda. Con diecisiete años era una atea, pero no era feliz. Me propuse cosas difíciles y con mucho tesón, como un reto personal, las conseguí. En esos momentos, me fundamenté sobre lo material. Estaba contenta con mis logros y además, formaba parte del grupo en unas edades en las cuales es algo importante.

Mi primer día en clase de yoga, creyó el ego humano, que siendo poseedora de dos grados de terapia Gestal, más todo cuanto había leído, tenía bastante idea de dónde me metía. Ahora, casi tres años después, sé mi posición. Estoy al principio de todo conocimiento y durante toda mi vida seré una eterna aprendiz. Con tanto por aprender como por enseñar a gente más joven, no hablo de edad, el tiempo es un concepto relativo.
Cuando me toque marcharme no me va a gustar. Estaré haciendo algo, me habré apuntado a otra cosa, con un escrito por terminar y con los labios bien pintados; con bastón o sin él, arregladita a la última. Le diré a Júpiter, planeta que en India simboliza vejez, lentitud, la extinción de uno mismo: “¿Morirme? ¡No, como que no me toca!”. Claro, será una negación insulsa mía, atravesaré el paso de aquí a otro plano llena de curiosidad. No me queda más remedio que partir. Quiero enterrarme bien de todo, con plena conciencia. También soy la ternura.
En la parte derecha, mi cuerpo tenía la capacidad de movimiento limitada, tras varios accidentes y una espalda poco fuerte. Jamás soñé en poder hacer ciertas posturas de yoga. Aprendí, o sentí, cómo la mente lo domina todo. Cómo el maestro llega cuando el alumno está preparado. No es un aforismo, es la verdad. Hace unos días, mi cuerpo reaccionó y por un espacio limitado de tiempo, hice algo lo cual, supuestamente, jamás lograría hacer. Hace dos semanas, probé un cojín para meditación y por primera vez, mi cuerpo fue capaz de adoptar la postura más impecable, la que veía en otros. Hoy, por primera vez, empiezo a sentir la meditación con técnicas más avanzadas. Es indudable la conexión cuerpo mente. Como cada esfuerzo, aunque nos parezca ínfimo, es una manera de avanzar en el camino. Siempre me fue difícil meditar, lo sigue siendo ahora; pero es mi camino. Es llegar a la paz, por mucho mundo existiendo fuera de mí. Aprendí a oír lo más hermoso, el silencio. Antes, los miedos me impedían apreciarlo. La vida actual está llena de ruidos, incluso cuando hablamos y por nuestras bocas salen quejas, mentiras, inseguridades, envidias. El miedo y el ego unidos. Cuando se apaga el televisor, cuando estamos solos, pensamos y no queremos pensar. Preferimos no ser conscientes de nosotros mismos, el ruido es la huida. No compensa huir, si no degustamos cada segundo de nuestra risa o de nuestro llanto. Cada momento del aquí y el ahora, lo real y lo único, el mañana es ficción. Nos perderemos lo mejor, nuestro tiempo, un trozo de nuestra vida, aunque sea un solo segundo, es nuestro.
Solo llevo un año escribiendo y esta sociedad pone las etiquetas demasiado rápido. Siempre me he llamado a mí misma “escribidora”, término robado a mi amigo y mente brillante y de fino humor algo recalcitrante y divertido el “lichenchiado”, Valerio de la Hoz. Cuando a los demás les dio por llamarme escritora, acabé adoptando el término yo. Ya me habían publicado en más de una ocasión, lo cual sostenía al término mismo. También me había perfeccionado técnicamente. Crecía cada día en lo que siempre fui, una creadora de las letras, una cuenta historias. Tras casi quince años de mutismo literario, el yoga volvió a canalizar la posibilidad de romper mi silencio con el papel y la pluma, de sobreponerme a la vida y volver a hacer lo que con ocho años ya hacía. Daba igual todo, solo era importante escribir, tener la continuidad sobre la cuartilla. Durante el tiempo en el cual mis letras se mal hilaron en confusión, pena enorme, rabia, dolor. Ni una sola vez fui capaz de verter una frase, como hubiese sido lo natural en mí. No tengo queja. Volví con un aprendizaje imposible de adquirir desde la enseñanza, ni en los propios libros. Volví cuando debía. Siento muy próximo el cerrojazo a mi pasado para siempre en mi vida. Con las letras lo di desde el primer momento en el cual comencé mi segunda etapa, no hay rastros de la primera.
Cuando has ronroneado con la muerte, cuando has renacido, sabes que no hay boca lo suficientemente fuerte para comerte y muchos menos grande. Nace la compasión ante el que te envidia. En mi caso, no fue un sentimiento buscado, llegó. Es la envidia una enfermedad del alma que se lleva trozos de quien la padece, escarbando en su lado oscuro. Eso no quita para nada el que yo me vea fuerte, o mejor dicho valiente y siempre algo rebelde. Mi memoria es extraordinaria, no así mis ganas de venganza. Esa energía me la reservo para mi propio disfrute de la vida. Si vienen a por mí, no me dejarán más remedio, me encontrarán. El practicar yoga no es el equivalente a ser tonto. Además, en esta vida hay que saber dar una buena llamada de atención, sin miedo, con legitimidad siempre. Nadie ni nada debe perderte el respeto, aunque habrá ocasiones en las cuales ni contestes porque ni te importe. Esas son grandes ocasiones, las suelo tener cada vez más a menudo. Creo que me esperan días muy largos, cuartillas por escribir y seguir ganando mi batalla interior. Sé que estoy en mi camino, eso no tiene precio. Escribiendo disfruto y a la vez sufro, me cabreo, me enamoro de las frases, soy yo. Haciendo yoga, voy dando pasos de gigante y puedo ayudar a otros y a mí a su vez. Poseo vocación de profesora, aunque no sé si alguna vez tendré la acreditación ni si impartiré clases. Si llegase ese momento, me sabría alumna siempre y es de ahí de donde saldría mi mejor enseñanza hacia los demás. La vida para mí es como jugar al dominó:se trata de encajar las fichas.
No puedo sustraerme de seguir mi propio camino pese a quien pese en el terreno de las letras, guste o no; eso no es cosa de los demás. Solo a mi alma y a mí nos incumbe. Yo solo exigiré siempre respeto, la elegancia en el trato, la misma dada por mí. Casi no le temo a la muerte, ¿cómo voy a temerle a la vida? Me llaman temeraria, cuando soy un dulce gatito. Quienes me conocen de verdad lo saben, pero puedo tener la fuerza de un guerrero. Así me lo enseñó la vida, así me hizo sentir el yoga. También soy la dulzura.
9 Comentarios
  1. Dama de sur: ah, pues habrá que agradecerle al Yoga, pues según dices, gracias a él volvierte a las letras, en donde, según el Lichenchiado (me adhiero a su pensamiento), eres experta. Mi voto.
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  2. ¡¡Gracias por esta publicación¡¡

  3. Vaya!, cuántas verdades juntas así soltadas de golpe, y estupendamente escritas…

  4. Gracias Julio, un abrazo muy letrado,

  5. uuq, mil gracias, la vida :)

  6. Magnifico relato que deja al descubierto una personalidad subyugante, inquietante, fuerte, equilibrada.
    Verdades. Enseñanzas.
    Permiso para enviarte un beso.

  7. Permiso concedido, mil gracias Richard :)

  8. Jjajajjaj, gracias volivar, un abrazo de fin de semana llenito de letras y agradecimiento por tus palabras

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