Hace un par de siglos, cuando era abogado de una importante Financiera mexicana -gracias a Dios ya desaparecida-, me tocó el ingrato encargo de embargarle la silla de ruedas a una pobre viejecilla. La susodicha estaba en mora del préstamo que sacó en la Financiera precisamente para adquirir la indefectible silla de ruedas. Como en aquel entonces yo todavía creía firmemente en el apotegma de que la ley es dura, pero es la ley, (dura lex ser lex, decían los jurisconsultos romanos), acompañado del Actuario del Juzgado de Primera Instancia de lo Civil, procedimos de conformidad y nos apersonamos en la residencia fijada por la víctima para oír y recibir notificaciones; misma que resultó ser una humilde pocilga instalada mas allá de donde chifló Tarzán. La viejecilla, amable y generosa, nos invitó a pasar y, sin saber la razón de nuestra presencia en su morada, nos invito un café y galletitas. El Actuario y yo nos lanzábamos miradas compungidas y angustiadas, pues no sabíamos como anunciarle las malas nuevas a la linda y gentil ancianita. Acto seguido, sacando fuerzas de su credencial oficial, el Actuario tomó la palabra y con toda la finura y delicadeza posibles en estos casos, le informó a la linda viejecilla la impostergable noticia. Doña Clotilde, que así se llamaba en este caso la víctima de la voracidad bancaria, hizo un gesto de dolor, apenas perceptible, recogió tazas y platos y se encaminó lentamente a la cocina, que era otro pedazo del mismo cuarto apenas separado por un tela raída, y sin color, a guisa de cortina. Mientras regresaba, el Actuario y yo intercambiamos miradas de resignación y de tristeza, y nos preparamos para dejar la casa. Al volver, la tierna viejecita apareció con una mirada diferente y un revólver en la mano. Ya se imaginarán que los dos abogados salimos de aquella casa al instante, sin pronunciar palabra. Aquel mismo día renuncié a mi trabajo en la Financiera, abandoné la carrera jurídica, empecé a escribir poemas y fundé un asilo para ancianos, con polígono de tiro y todo.
Nimiedades: con polígono de tiro
30 Comentarios



ja ja ja ja ja.
Me encantó. La viejecita no se anda con cuentos, me fascinó el final, ja ja ja.
Un abrazo y mi voto
Gracias, Lucia, que bueno que esta nimiedad te divirtió, es parte de la idea: entretener y divertir al lector. Gracias también por tu voto. Un abrazo.
¡Olé por la ancianita! jejeje… ¡Muy bueno Vimon! Mira que me tenías con el corazón encogido imaginando la escena de la pobrecita con el café y las pastas…. menudo disgusto, qué vergüenza, personas sin corazón… todo eso estaba pensando jajaja…
Un abrazo y mi voto.
Así es, mi estimada 1000Luna, hay que tener cuidado con las ancianitas, sobretodo si tienen un revólver; por eso yo recomiendo, para bien de todos, que aprendan a tirar.
No habia leido algo tan gracioso desde hace tambn un par de siglos amigo
beso y voto
Pues que gusto que te haya resultado tan divertido, Xaviera, gracias por tus comentarios y tu voto, y un beso para ti.
Me he imaginado la escena a la perfección y me he reído mucho al final. Un saludo y un voto!
!Que bueno, Ana, me da mucho gusto! Gracias por tus comentarios y tu voto. Un saludo para ti.
Y yo cada vez más apenada por la viejecita, casi a punto de llorar… me hiciste reir de repente por la decisión firme de la abuela y la del protagonista. Muy bueno. Mi voto.
Es bueno reírse un rato, Lidy, aunque sea de vez en cuando. Y esa abuela si que era de armas tomar…Gracias por comentar y por tu voto. Un abrazo.
Jajajaj, Vimon, eres la leche. Que buen relato… y en pocas palabras. Genial.
Gracias, Mariav por tus lindos comentarios. Un abrazo
Tu estilo es envidiable y tus temáticas son geniales. Enhorabuena y voto, maestro.
Muchas gracias, Antonio, por tus amables palabras y tu voto, pero yo me siento tan alumno como cualquiera de mis compañeros de Falsaria. Un abrazo.
Genial e impactante. Como creo que es ficción, no me queda más que loar tu imaginación y los puentes que logras establecer con la verosimilitud. Mi felicitación y voto.
Claro que es ficción, amigo T.H., aunque alguna vez trabajé de abogado en una financiera, nunca intenté embargarle la silla de ruedas a una tierna viejecita, ni he fundado, hasta ahora, ningún asilo para ancianos con polígono de tiro…Gracias por tus comentarios, tu voto y tu felicitación. Un abrazo.
Que gusto ser el voto diez de esta nimiedad que entre gracias muestra una cruda realidad… Ayer en españa alguien se cuicidó por un desahucio, hoy otro lo intentó. El mundo debe cakbiar.
Suicidó, perdón
Gracias por tus comentarios y tu voto, Pernando, y ese es exactamente el propósito de estas nimiedades. Un abrazo.
Amigo me he deleitado con tu relato, (Quien diría, un escritor serio) me encanta el humor, es algo que compartimos con Hugo Jota.
Gracias por este momento.
Abogado que huye , sirve para otro juicio.
Un abrazo.
Gracias, amigo Moli, por tus amables comentarios. No entendí muy bien lo del abogado que huye, pero te podría contestar con aquello de que camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Un abrazo para ti.
bien por la viejita vengadora
Así es, Ramón, caras vemos corazones vengadores no sabemos. Gracias por comentar.
Hola Vimon.
Con un divertido relato has expuesto la insensibilidad de algunos hombres que caminan por las mismas calles que tomamos nosotros.
Abrazo y voto.
Muy cierto, Richard, gracias por comentar y votar. Un abrazo.
jaajaja…muy bueno amigo. Ojala todas las malas experiencias nos sirvieran para hacer algo bueno, un abrazo querido amigo y mi voto.
Hola, amiga Amerika, que bueno que regresas, gracias por tus comentarios y tu voto. Un abrazo.
Soy fan de la anciana ya hasta el final de los días, genial. Mi voto, un abrazo.
Muchas gracias, Leumas, un abrazo.
LL