No era la nariz de Gogol
10 de Agosto, 2012 2
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Desde el principio me llamó la atención su nariz. Creo que, primero vi su nariz y luego la vi a ella, sentada en el banco del parque, las piernas cómodamente cruzadas, un libro en la mano. Yo paseaba con unos cuentos de Gogol en el bolsillo y aproveché para sentarme a leerlo a su lado desde donde podía dejar resbalar la vista por el lomo de su nariz ingrávidamente respingona, recortada sobre un fondo de árboles despidiéndose del día. Cruzamos unas palabras tontas que fueron el inicio de una pasión fulminante en medio del parque. Caía la noche y nos escondimos detrás de unas matas. Hablar ya no era importante, nuestros cuerpos tomaban la palabra. Al acariciarle la nariz, ella reconoció la labor del bisturí en esa perfección que se acercaba a su boca entreabierta. Acallé sus palabras asomándome a sus labios. No quería oír hablar de bellezas artificiales. A un centímetro de su boca, eché algo en falta. Se trataba de la inevitable ausencia de fragancia ante una hermosa rosa de plástico. Pensé en mis propias muelas, agujereadas por las caries, plagadas de empastes y, aún así mías, naturales, pero todo eso se me esfumó de la mente al desabrochar el sujetador, descubriendo unos pechos mejor de lo que se adivinaban. Eran la perfeccíón hecha carne. Quedé sobrecogido frente a ella, abobado, sujetando aquellas dos criaturas gemelas, mientras la miraba a la cara buscando una reacción, como si fueran dos seres ajenos a nosotros y yo se los mostrara sosteniéndolos en mis manos. Ella bajó la cabeza asintiendo. En ese momento me sentí como el marido traicionado al que su pareja confirma viejas sospechas de adulterio con un leve gesto, una dolorosa concesión al desengaño. Efectivamente, sus ojos verdes botella brillaron entre juguetones y tímidos, dándome a entender toda la silicona que escondían esos dos mundos perfectos, paridos en una sala de operaciones. Volvimos a besarnos con pasión, dejando pelear las lenguas en el ring de nuestras bocas y no dije nada cuando la mía tocó las cuerdas del cuadrilátero, porque los aparatos de dientes siempre son un tema delicado y ciertamente pasajero. Tumbado sobre ella —era más alta que yo— la miré a los ojos de un verde rabioso igual al del pañuelo anudado a su ancho cuello. En la oscuridad de nuestro escondite recién improvisado, mi cuerpo acariciaba, arrancaba botones, mientras la cabeza se distraída con dentistas, quirófanos y lentes de contacto de colores. En ese desdoblamiento mandaba mi cuerpo, peleando con una serpiente salvaje con cabeza de hebilla. Mi amante me advirtió de algo desde allá arriba con su voz de contraalto, algo que no entendí, ocupado en bajar su cremallera fatídicamente atascada. Levanté la cabeza cuando un haz de luz nos iluminó desde lejos. Se acercaba un vigilante.

En la huida ella fue mucho más rápida que yo, que aunque rezagado, quedé también a salvo. Mientras volvía en mí mismo tras el susto, la respiración entrecortada, brazos y cara arañados por los matorrales, la busqué sin éxito entre los árboles. De camino a casa desapareció poco a poco aquella sensación de desdoblamiento que antes me invadiera. Su lugar lo ocupó una extraña alegría, una certeza desdibujada. Eran las ganas de no saber qué me había perdido aquella noche en que las apariencias desvelaban lentamente sus engaños.

2 Comentarios
  1. Lalenguasalvada: gracias por compartir esto tan bien escrito, que no deja uno de leerlo hasta que llega el final.
    Te felicito
    Mi voto
    volivar

  2. Un encuentro efímero… Buen relato, Lalenguasalvada, me gusta tu forma de narrar y me has sacado una sonrisa con esas divagaciones del narrador. Te dejo mi voto ( bueno, eso creo que todavía no lo tengo muy claro)

    Saludos :)

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