No le den más bebida al payaso
6 de Noviembre, 2011 3
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“Me siento estafado” dijo dándole golpecitos a la barra con el martillo de plástico. Con un movimiento de cabeza abarcó el local y a continuación pidió otra copa de vino; dijo: “ponme otra copita de estas, cariño.” Soltó el martillo, el último pitido que emitió al tocar la superficie de la barra fue como el chillido ahogado de un pollo de corral. “Me pidió diez euros, ¿sabes? Y le dije, te voy a dar cinco, ¿no?, encima que hice la mitad del trabajo”. Tomó un trago largo de vino y volvió a dejar la copa donde estaba, encima del posavasos. “Dime qué te doy cariño, me voy a hacer un pase. Oye, y luego vuelvo a cambiar las monedas, si es posible, claro”. Apuró el vino hasta el final, cogió el martillo, sacó la varita mágica del bolsillo, se colocó el sombrero de fieltro azul y salió decidido a abordar la mesa que se encontraba cerca del baño. El borde de la copa quedó marcado con una mezcla de pintura roja, blanca y de la grasa en sus labios. El camarero depositó la copa boca abajo en la cesta, se le empañaron los lentes mientras metía la bandeja en el lavavajillas.

Minutos antes habían estado hablando en la terraza. Él preguntó: “¿Qué quieres beber, guapetona?”. Levantó la mano en la que sostenía la varita mágica y ordenó un martini y un vino. Ella sacó algo que parecía una caja de bombones, con delicadeza, mirando fijamente el paquete, lo desenvolvió. Extrajo un mazo de cartas, extendió el paño negro sobre la mesa y le pidió que cortara el mazo en tres. “Pasado, Presente, Futuro”, dijo la mujer juntando las palmas de la mano a la altura del pecho.

Unas mesas más allá un hombre increpaba al camarero porque no le quería servir. Tenía dificultad para articular palabras aunque no olía a alcohol. El camarero le pedía amablemente que se fuera. El hombre insistía en que era policía y que estaba ahí para asegurarse de que todo estuviera en orden. El camarero le afirmó que no había ningún problema y lo invitó a que se largara. “Bien”, dijo el hombre, “Ahora me voy a ver en la obligación de pedirte un favor, necesito que me dejes cinco euros para comprarme una dentadura nueva”.

La Reina Aurora, astróloga metasoberana (así se hacía llamar la mujer) le había hablado de un pasado que él no recordaba, al menos no como ella se lo había descrito. Sí que llegó a mencionar un pariente que él creyó identificar, pero la descripción había sido tan genérica que podría tratarse perfectamente de la tía de cualquiera de los allí presentes. Eso sí, le auguró un futuro de felicidad, amor y abundancia. Le advirtió que no se rindiera, que iba a ser difícil pero que debía seguir el camino hasta el final.

Decepcionado, le entregó los cinco euros, vació lo que quedaba de vino en su garganta y con la varita mágica le soltó un conjuro: “Cataplín cataplán, la Reina Aurora a mí no me vuelve a ver más”.

Fue sentándose en las mesas haciendo el show, con la ayuda de la varita expelía los conjuros, con el martillo castigaba a los aburridos. El maquillaje de la cara se había estropeado a causa del sudor, gotas negras se deslizaban de la frente hasta la barbilla. El rostro se había transformado en algo grotesco y oscuro. Entretanto levantaba la mano: “Otra copita, cariño”, pues se le secaba la garganta.

 

CxF

3 Comentarios
  1. ¡Bienvenido a Falsaria!

    Gracias por publicar en la red social literaria.

    Un saludo,

    El equipo de Falsaria.

  2. Qué original, se nota la decrepitud de ese sitio, del payaso y de la clientela. Me ha gustado mucho!!

  3. En los lugares más comunes, a veces, ocurren cosas desconcertantes. Hay que estar atentos.
    Gracias Paloma.
    Un Saludo.

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