Para Alejandro A.
Bueno, viejo, aquí estamos otra vez, al final del camino, ¿verdad? No me esperaba que esto acabara así, más bien, no me había parado nunca a pensar en esto, pero bueno, tampoco está mal del todo; es más, quizás es mejor que termine así de simple. Sin complicaciones. Siempre se nos dio bien lo de hacer oídos sordos como Marta.
¿Te acuerdas de Marta, viejo, de lo mucho que sufrimos los dos por ella? Pues claro, hombre, claro que te acuerdas, ¿cómo no ibas a hacerlo? Buena chica Marta, muy buena chica, pero no estaba hecha para ninguno de los dos, ¿verdad, viejo? No lo estaba. Tampoco nosotros para ella, siempre buscaba algo más y debió de ser que tú y yo le supimos a poco, siempre fuimos de conformarnos con cualquier cosa, viejo, con casi cualquier cosa.
Y ahora tenemos que conformarnos con esto, con acabar así, en el pueblo otra vez, en el mismo sitio en el que empezamos. Pero antes estaban Elisa y Luís. ¿Te acuerdas de ellos, viejo?, ¿de los pastelillos de crema de Elisa, frescos y deliciosas que se deshacían ya en la boca? No lo pasábamos bien ni nada con ellos dos, estando ahí, los cuatro, en el campo, pasando las tardes, tan tranquilos, sin imaginarnos que luego ella se iría a la tumba de aquella manera tan horrible, y tan pronto. Eso lo cambió todo para Luís, dejó de ser el mismo, viejo, nunca volvió a serlo.
Tampoco nosotros somos los mismos de antes, o eso me parece al menos. ¿Tú qué crees, viejo?, ¿te ves distinto? ¡Pues claro que te ves distinto!, basta con mirarte para darse cuenta de eso. Pero al carajo, ¿verdad?, al carajo con todos esos recuerdos, nunca hemos sido muy de recordar; no, nunca se nos dio bien. A Juan sí que le gustaba lo de pasarse el día recordando cosas, pero ya sabes que él siempre estaba muy solo y muy triste y con aquella perra enferma suya que tenía desde que era una cachorrita, ¿te acuerdas de la perra, viejo?, ¡cómo la quería el pobre de Juan!, y cuando se le murió… qué lástima nos dio…
La verdad es que eran todos muy lloricas, sobre todola Loli.Aqueldía en el que se emborrachó durante la cena y estuvo horas y horas llorando… ¿te acuerdas, viejo? Tú y yo éramos menos sentimentales, siempre supimos llevar mejor las cosas tristes que pasaban. Incluso esta, la estamos llevando bien, bastante bien, como debería de llevarse. Toda la gente llorando, menos yo. Seguro que se están preguntando por qué no lloro. Pero tú y yo no éramos de llorar, ellos eso no lo saben. Incluso en el funeral de José nos mantuvimos serios, firmes, sin soltar ni una lágrima, ¿verdad, viejo? Así es como hay que comportarse en estos casos.
Pero parece que no lo entienden. Todos me están mirando; normal, aquí de pie, sin hablar ni gemir ni nada…Y sonriendo. Debo de parecerles un anciano loco, pero bueno, tú ya no estás para verlo, y, seguramente también hubieses hecho lo mismo que yo: sonreír. Aunque te hayas ido, da igual, porque tú y yo nunca hemos sido unos lloricas, ¿verdad, viejo?



Me gusto el estilo con que lo narraste. De pronto recordé a unos de mis escritores favoritos Juan Rulfo, precisamente No oyes ladrar a los perros y no porqué el tema sea el mismo, no claro que no, sino la voz del narrador. En verdad me gusto mucho tu cuento.
la verdad es que sólo he leído un par de cuentos de rulfo, pero me alegra bastante que mi cuento te recuerde a él, un saludo
Concuerdo, el estilo sutil, ligero sin meterse en complicaciones pero no por eso pierde la intensidad o la capacidad de generar imágenes.
Saludos