Once y seis
15 de Junio, 2012 6
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Hace once años, en el recién inaugurado hospital público materno infantil, al mediodía de un otoño templado debido al viento zonda de la región, llegó una parturienta de no más de 16 años pidiendo ayuda a gritos porque su bebé estaba a punto de nacer, dos enfermeras la sujetaron de los brazos y casi a la rastra la condujeron a una sala, su aspecto muy abandonado decía que esta adolescente vivía en las calles, compañera inseparable del alcohol, amiga confidente de los porros, y cómplice de las noches de Mendoza.

En hora y media los gritos se intensificaron, y con sus piernas sujetas a la camilla, sintió el primer alivio en tantas horas, el médico le informaba que la cabeza de su bebe estaba fuera, que pujara un poco más y todo abría terminado… lo que en realidad era, que todo había comenzado.

Claudia tuvo un varón, de dos kilos y poco más, con apenas unas sombras de lo que sería mas tarde su cabello rubio como el maíz, casi de inmediato que estaban en la sala vino a visitarla una trabajadora social, como es rutina cuando una menor tiene un hijo y más aun si llega sola.

Un país tan acostumbrado a la maternidad entre adolescentes, y con tanta demanda Claudia pudo sortear la suerte y decir que su madre estaba a su cargo, y su padre trabajaba en los puestos de cabras, que en cuanto se enteraran vendrían a por ella, la mujer experta en mentiras dejó pendiente el alta, hasta que llegaran los adultos responsables, ahora, de dos menores.

Hacia las diez de la noche, mientras cambiaba los pañales a su recién estrenado hijo, en una lucha campal entre las tiras adhesivas de ese apósito gigante con bordes de color celeste y preguntándose en silencio cada cuánto debía realizar este cambio y por cuánto tiempo, en la puerta de la sala se encontraba mirando la escena, un tatuaje hecho persona, tantas pulseras, collares, pendientes y pinturas no se podía percibir el color de piel de aquel joven que portaba en sus manos un biberón y un conjuntito de color amarillo, los primeros regalos ¡para mi!, quería decirle a mamá que alguien nos miraba, pero mis palabras no salían, cuando escuché, ese hombre lloraba, mi madre se dio cuenta que don tatuajes estaba allí, con su mano le hizo señas a que pasara y por primera vez vi llorar a alguien, me dio pena, yo sabía lo que era que saliera agua por donde miramos y en cuanto me despisté estaba besando a mi madre, ella sonreía, y mientras lo consolaba, nos presentó, fue en ese momento que conocí a mi padre.

6 Comentarios
  1. Un relato muy tierno, Marce, un abrazo y mi voto.

  2. Conmovedor relato con palabras para todos.
    Me ha gustado mucho, gracias Marce, mi voto.

  3. Marce: hermoso, triste, lindo relato. Felicidades Mi voto
    Volivar

  4. Estos comentarios me dan mucha fuerza para continuar por este camino, este relato es una parte de un trabajo que hace un año estoy realizando: un cuento diferente, “once y seis”, gracias por el aliento tan necesario.

  5. Marce: he visto tu perfil y he notado que tienes varias pubicaciones; hoy me deleitaré con ellas, seguramente.
    Volivar (Jorge Martínez. Sahuayo Michoacán, México

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