La habitación era gélida. El aparato calefactor eléctrico no funcionaba y era invierno. Por muchas patadas a las que le sometiera a esa mierda no iba a funcionar. Lo único que me permitía resguardarme del frío era una manta gruesa que había en el sofá. El problema: era pequeña y sólo me cubría las piernas. El torso quedaba a merced del helador ambiente.
Estaba hospedado en un apartamento barato, con una habitación y un cuarto de baño. En el baño la ducha no funcionaba. Llevaba ya una semana sin lavarme, y olía a orines alcohólicos y a sudor. La cama tenía los muelles salidos y se clavaban como cuchillas contra mi pecho al acostarme. Tenía una televisión, pero requería que esta se calentase para que funcionara, lo cual llevaba unos 30 minutos… que me pasaba leyendo libros cogidos de la biblioteca. Lo único que me pertenecía era el ordenador donde escribía.
Al lado del sofá siempre tenía una botella de Jack Daniel’s para beber. Me encantaba el whiskey. Pero hay veces que un bar es mejor que cualquier otro sitio para darle al frasco.
Siempre tenía alrededor de unos 10 dólares diarios gracias a un amigo mío que me pasa una pensión. Yo era escritor y él era un editor de poca monta que me estaba haciendo un apaño con la publicación. Publicaba mis obras, generalmente malos poemas y sucios relatos cortos, en un periódico de poca tirada. El Open City. Y no sé como, todos los días me pasa esa pensión.
Decidí salir a buscar algún bar oscuro donde poder sentarme y pasar desapercibido. Encontré uno. El bar Raymond, de clientela obrera, lleno de prostitutas buscando algún servicio que ofrecer y de recobecos oscuros donde poder sentarse y fundirse con el entorno. Era calentito y agradable, perfecto para pasar una fría tarde de invierno con 10 dólares en la mano.
Me senté en un sitio con poca luz y con una columna entre medias que me apartaba de la acuchilladora mirada de los demás. Grité al camarero y le pedí dos cervezas. Me las sirvieron y me las bebí. Lo grité otra vez. Otras tres. Me las sirvieron. Y así hasta diez cervezas para el cuerpo. Comencé a sentir ganas de ir a cagar. Me desembaracé de la mesa y me dirigí al baño. Estaba lleno de charcos de orina y de rastros de mierda por todos los lados. No atendí a toda esa mugre. Me metí en un váter y eché toda la plasta. Era curioso, es más agradable el olor de tu propia mierda a la de los demás. Mi nariz se sintió aliviada tras mi cagada. Me limpié como pude con la escasa lámina de papel higiénico que colgaba del tubo de cartón. Me lavé las manos y me fui de allí.
Volví a sentarme en mi rincón, borracho, y una tipa se sentó en la misma mesa que yo. Comenzó a examinarme. Luego me saludó y habló. Me dijo que se me veía muy solo para lo que era este bar y resaltó lo evidente, que parecía querer evitar a la gente. Miré a sus ojos, de un color verde, y le dije que estaba en lo cierto, que quería evitar a la gente. Intenté echarla. Pero ella insistía. Me dijo que yo era el tipo más atrayente de todo el bar. Me dijo que mi estilo oscuro y solitario era electrizante para ella. Yo le comenté que su compañía no hacía ningún favor a dicha atracción, y que me dejara solo.
Minutos de simple chachara que yo “escuchaba” y contestaba maquinalmente llegaron a un término interesante. Sexo. Estaba deseosa de hacerlo. Y yo hacía un año que no sentía el calor de los pechos y del coño de una fémina. Desde luego, yo estaba a punto de explotar.
Le sugerí que nos levantaramos, pagaramos las consumiciones y nos fueramos a mi apartamento. Fuimos andando y por el camino la besé en un rincón ardientemente. Se llamaba Alissa. Era rubia teñida. No era especialmente guapa, pero tenía unos labios rojos maquillados preciosos y unas piernas perfectas.
Entramos en mi apartamento. Cogí a Alissa y la tumbé en el sofá. Le di un poco de whiskey y se emborrachó. Comencé a besarla, cogí su mano y bajé poco a poco con ella hacia mi polla. Hice que me masturbara. Parecía que tenía mucha experiencia. Subía y bajaba su mano como ninguna de las mujeres que había llegado yo a conocer antes. Al cabo de diez minutos me corrí y manché un poco el sofá con el semen. Bajé mi mano entre su falda, sus bragas, … y noté algo que no me gustó en absoluto. No era una mujer. Seguramente no se llamaba Alissa. Tenía pene. Era un hombre. Al cerciorarme saqué rápidamente mi mano de entre sus bragas, o quizá calzoncillos, y le expliqué que a mí no me van esa clase de asuntos. Me reprochó que me había corrido con su masturbación. Yo forcejeé para que me dejara, pero él pudo conmigo, me redujo y me sometió. Inmovilizado yo en el suelo, me bajó los pantalones por la zona del culo y sacó su verga. Estaba endurecida. Bajó a mis nalgas con su polla y me forzó. Yo gritaba, pero era inútil. Me sentí indefenso. Creo que se corrió dentro. Yo estaba en estado de shock, no podía moverme. Giré mi cabeza y vi que me robó todo el dinero de mi monedero y se fue.
Cuando pude volver a moverme me serví un buen par de chupitos de Jack Daniel’s para olvidar la violación y me comprometí a no contar lo sucedido.



Tu temática habitual no es la que más me gusta pero de vez en cuando está bien asomarse a otros lugares. Creo que dibujas bien los personajes y los escenarios. Te doy mi voto.
Gracias por tu voto querido lector, y oye, ¡alguien tenía que dar este contrapunto a esta red!
Si es un tema escabroso, pero esta bien relatado. Saludos y mi voto.
Gracias Vimon por apreciar mi trabajo, y gracias por el voto.