De aquella tarde me acuerdo de Jaime, justo delante de mí, en el comedor de su casa, sentado indolentemente en su sillón “de ver películas”, y yo, en el mío (en el que solía ocupar en nuestras sesiones cinematográficas de los viernes), viendo una cinta norteamericana en blanco y negro, aunque se había estrenado solo un par de años antes.
Trataba de un peluquero con aspecto de zombi que era acusado de un asesinato que no había cometido, después de haberse ido de rositas de otro que sí. El ambiente era opresivo y los actores dibujaban personajes que parecían sacados de un cuadro de Edward Hopper.
Recuerdo eso porque lo que siguió a una observación que Jaime repentinamente hizo durante la película me dejó intrigado, y llevó a que, días más tarde, me replanteara mi forma de vida, y que finalmente me decidiera a hacer lo que siempre en el fondo había querido, y que, siempre, arguyendo peregrinos pretextos ante mí mismo, había postergado.
Fue en el plano donde el protagonista llega a su casa y se sienta, completamente solo, en el comedor, mientras su propia voz en off dice, más o menos esto: “me había convertido en un fantasma; yo no podía ver a nadie, ni nadie podía verme a mí”.
Jaime, al terminar la escena (creo que simplemente había un cambio de plano: el actor permanecía largo rato sentado bebiendo, con la mirada ausente, en su sofá) dijo, secamente: “Pantallas”, y luego se quedó en silencio de nuevo. Yo tampoco hablé, aunque eso me costó bastante: la intervención de mi amigo no me había dejado indiferente, ya que no era habitual en él producirse de ese modo, tan lacónico. Además la película no me estaba gustando demasiado (me parecía artificiosa, aunque de una factura técnica impecable, y con un punto de suspense por saber qué iba a ser de un tipo como aquél).
Finalmente, al terminar no pude contenerme y le pregunté por el sentido de aquella palabra, dicha, supongo, que por alguna razón en concreto, en aquel momento justo de la película.
Si lo llego a saber hubiera amordazado mi curiosidad porque Jaime aprovechó mi pregunta para largarme un rollo sobre “las posible implicaciones futuras en la mente de la gente al vivir rodeados de pantallas de todo tipo”, y que, según él, esto seguramente produciría un nuevo tipo de hombre mucho más débil (creo que dijo “lábil”), personas sin agarre a raíces profundas, que vivirían esclavos de espejos que no les devolvían sino a menudo solo imágenes etéreas, de mundos casi siempre imaginarios, inaccesibles, y sujetos a relaciones donde la pantalla, al actuar de intermediario entre una persona y otra, acabarían por determinar el tipo y la intensidad del vínculo, ninguneando sentidos hasta ahora cruciales como el olfato, el oído, el tacto, e incluso la propia vista y bla, bla, bla.
Le corté como pude y me largué a casa, antes de lo previsto. En el trayecto en el Metro sin embargo empecé a masticar el discurso de mi amigo el aprendiz de filósofo extrayendo de él toda la carga teórica, hasta que, en un momento dado, por decirlo así, se me iluminó el cielo. En realidad no se trataba de ninguna idea que considerara genial, ni nada parecido; fue más bien una especie de revelación. Pantallas. Sentí que posiblemente tuviera razón, después de todo.
Días más tarde me desprendí de la última de ellas (una tableta que me había regalado mi hermano por mi cumpleaños, y que apenas usaba), hice las maletas, y hasta hoy.
Es cierto, no hubiera hecho falta irme de aquí para prescindir de las omnipresentes superficies mágicas, pero sé que no lo hubiera conseguido de otra manera.
En el lugar en que me encuentro no existen las pantallas; jamás han existido.
Existen rostros, manos, canciones…y objetos: objetos tridimensionales, a montones, por todos lados, exactamente igual que allí; y, como allí, objetos planos también: cuadros, libros, mesas, tableros, espejos…pero no pantallas; la única que aquí conocen es la de las lámparas. Las superficies que aquí conocen son estáticas, quietas, pacientes, son superficies que permanecen a la espera; a la espera de nuestra observación, de nuestra propia perspectiva proyectada sobre ellas.



“En el lugar en que me encuentro no existen las pantallas”, hoy en día parece un lugar mágico, felicitaciones por llegar a él y compartirlo. Saludos
Genial, Oporto. No había tenido la enorme satisfacción de leerte; ahora me entero que tengo otra fuente de felicidad: leerte.
Atentamente
Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán, México