Las primeras luces del amanecer se filtran por las
desvencijadas ventanas, poco a poco abre los ojos con pereza, aun resuenan en
su cabeza las risas de su marido, puede ver su cara inclinada sobre la
suya repitiéndole una y mil veces lo
hermosa que se ve mientras el primer rayo de sol juega travieso con su precioso
pelo. Ella simulando un enojo que es muy lejos de sentir le insta a que repare
la madera, aunque realmente le gusta tal
como está, por nada del mundo renunciaría a la escena que se repite cada día
desde hace muchos años, ya ni recuerda cuantos. Se tapa la cara con ambas manos
intentando volver a dormirse, misión imposible Carlos abre las ventanas de par en par dejando que la
mañana entre derrochando vida, besa su pelo susurrándole dulces palabras al
oído, perezosa termina siguiéndole obediente hasta la cocina, se derrumba en un
sillón, el prepara diligente el primer café de la mañana. Hubo un tiempo en que
cuando ella saltaba de la cama, mucho antes
de salir el sol, el ya hacía mucho tiempo que se había marchado, volvía
al anochecer y sin apenas mirarla se iba dormir, podían llevarse meses sin
cruzar más de dos palabras, nunca se lo reprocho veía en su cuerpo y en su
espíritu las interminables jornadas de trabajo, los dobles turnos para llevar a
su casa la esperanza de un futuro mejor para los suyos. Cuantas veces rezo para
que dios le permitiera disfrutar de su compañía antes de llevárselo con él,
reconocía que había sido muy generoso con ellos. Cuando aquella aciaga mañana
abrió los ojos no fue capaz de moverse, intuía que algo no iba bien, alargo la
mano despacio para acariciarle la cara, enseguida lo supo, no fue capaz de
llorar .Permaneció durante horas tumbada a su lado, pegada a él, notando como
poco a poco su cuerpo se tornaba rígido. Se levanta despacio, cada movimiento
es un tormento para ella, abre la ventana, la luz del sol penetra irreverente
en la estancia, se gira y por primera vez fija su mirada en el rostro que tanto
amaba. La palidez de su piel, sus labios azulados que parecen embozar una sonrisa, las lagrimas
por primera vez corren como ríos desbordados, irritada las limpia de un
manotazo. Se dirige hacia el armario deprisa con una vitalidad que hace unos
instantes estaba muy lejos de sentir, sabe exactamente lo que ha de hacer. Saca
el único traje que el hombre poseía, regalo de su hijo para que asistiera a su boda,
se lo coloca con mimo, apenas puede moverlo, se arrepiente de no haber reaccionado
antes, le peina las canas, pasa suavemente sus dedos por las facciones rígidas
de Carlos, deposita un último beso en
sus fríos labios. Abre el cajón de la cómoda donde duermen esperando su momento
los papeles de la funeraria, los deposita sobre la mesilla de noche y se
dispone a vestirse, se coloca un vestido de terciopelo negro que guarda
celosamente para este momento , peina su
largo pelo de un blanco níveo, dejándolo suelto desparramado sobre sus hombros.
Sentada junto a la cama con la mirada prendida en el rostro
del hombre, repasa su vida, dura plena, feliz, no hubiese deseado vivirla de
otra manera. El sol se oculta dando paso a la oscuridad más absoluta, se tiende
en la cama a su lado.
Las primeras luces del amanecer se filtran por las
desvencijadas ventanas, juguetonas recorren los rostros inertes de los dos
ancianos en cuyos labios bailan sendas sonrisas.
María había decidido seguir
los pasos de Carlos como había hecho durante toda la vida




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Felicidades…además de interesante profundo y real
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