Perdón en vez de permiso
28 de Marzo, 2012 4
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Julio acarreó las pesadas maletas hasta el taxi. Ardía en ansias, esperando la hora en que se largara la cacatúa con la cual se casó hacía treinta años.

Él era dueño de una mugrienta vecindad. Un sujeto calvo y con bigote de cepillo.

Aquella tarde, concluyeron meses de aguardar con mucha paciencia. Su querida esposa se treparía en un autobús rumbo al estado de México. Cuando eso sucediera, el refrigerador y la televisión estarían disponibles; ¡nada de telenovelas por una semana! Para Julio, tanta calma no tenía precio. No importaba que luego su tarjeta de crédito pagara las consecuencias.

—No te olvides de cobrar la renta —Instruyó autoritaria la mujer.

—Ya sé —Dijo él—. Si no, después no voy a tener cómo pagar tu viajecito.

—¡Bien decía mi madre que no me convenías!

—Pero como quiera te casaste conmigo. Entonces, ¿de quién es la culpa?

La suegra de aquel hombre era una verdadera joyita y él anhelaba comprarle un estuche en la funeraria de la esquina.

El vehiculo bamboleó apenas la mujer de Julio puso un pie adentro.

—Y ya sabes —amenazó la señora—. Pobre de ti si no encuentro la casa como la dejé.

—Hecha un chiquero —arremetió su esposo—. Ya entendí.

—¡Eres insoportable!

—Pues ya lárgate, no se qué haces aquí todavía.

—No te pego con mi bolso nada más porque no lo alcanzo.

—¡huy, qué miedo! ¡Mira cómo estoy temblando!

Cerraron la portezuela de un golpazo. El Volkswagen sedán arrancó dejando atrás un apestoso humo azulado. La rechoncha dama dejó a su marido plantado en la calle; solitario. Él permaneció ahí varios minutos.

Un desconocido entró a la vecindad. Se saludaron por mera cortesía.

El propietario del inmueble lo siguió con la mirada. El sujeto llegó hasta una descolorida casa en la parte más al fondo del patio. Luego, tocó la puerta con suavidad. En seguida, se apareció una cuarentona de pechos inflados por alguna cirugía mal hecha y cabello teñido. Era Sonia. Vivía en ese lugar desde hacia seis meses. Casi a diario la frecuentaban toda clase de personajes; algunos muy varoniles y otros no tanto.

Ella hizo pasar con discreción a su visitante. Se aseguró de que nadie los viera. Cerró la puerta con brusquedad. El ruido de los pasadores podía escucharse desde lejos. Enseguida, unos peculiares chasquidos escaparon por las ventanas.

“Ya me lo imaginaba” —pensó Julio al entrar a su casa.

Hizo un fuerte berrinche mientras preparaba una botana en la cocina.

“Todo mundo viene con esa vieja” —se dijo con rabia—. “Nomás yo no. Pero espérate a que sea de noche. Ahora que ya no está mi mujer puedo hacer cuanto quiera”.

Fue a la estancia y prendió el televisor. Estuvo aplastado en un sillón frente al aparato durante horas. Vio tres partidos de futbol, dos películas y al final, el noticiario de la noche. Un débil pitido atrajo su atención cuando comenzaba a quedarse dormido. Era la alarma de su reloj, marcaba las once de la noche. Se levantó aprisa y caminó hasta su recamara. Su tiempo era escaso. Encendió la luz y comenzó a esculcar en un cajón del viejo ropero que le obsequiaron el día de su boda.

—A ver si mi mujercita no se lo llevó también —masculló desesperado.

Al fin, halló un envoltorio. Era dinero. Se lo guardó rápido en el bolsillo.

Ya con la plata en su poder, se asomó discreto por una ventana. El patio de la vecindad estaba desierto. Solo dos focos alumbraban afuera, uno en su casa y otro más donde Sonia vivía.

Perfecto, ella estaba despierta.

Él se dirigió al departamento de la meretriz. Llamó silencioso, como el otro tipo que vino más temprano. Se abrió la puerta.

—Buenas noches don Julio —saludó ella muy áspera—, ¿Qué se le ofrece?

—¿Estas ocupada? —le preguntó inseguro.

—No. No estoy ocupada.

—Quería ver si puedes atenderme.

—¿Y su mujer?

—Se fue con mi suegra. ¿Me vas a atender o no?

—De poder, puedo. Pero primero, venga la marmaja.

—¿Te alcanza con esto?

El caballero hizo entrega del pago.

—¡Alcanza y sobra! —Dijo Sonia—. Pásele y póngase cómodo. Ahorita lo atiendo.

La mujer se encerró con él. En seguida, ella sentó a su invitado en un sillón con tapicería de piel sintética.

—Voy a vestirme —anunció la voluptuosa hembra—. No me tardo.

La casa tenía una decoración de mal gusto a pesar de que su inquilina la mantenía muy limpia. En el ambiente flotaba el aroma inconfundible del incienso mezclado con desodorante ambiental. Era una combinación asquerosa.

En la pared frente a Julio había unas gruesas correas. En una mesa reposaban consoladores, máscaras y otros juguetes eróticos desconocidos para él.

Sonia reapareció en ese momento. Portaba un fuete y vestía un liguero de piel con medias de seda. Todas las prendas eran del mismo color. Negro.

—¿Ya estás listo? —Preguntó con descarada coquetería.

La quietud nocturna se rasgó con unos apagados chasquidos. El sueño de los vecinos era tan apacible que ninguno percibió el castigo que la dominatriz le había propinado al casero. Los gemidos y ruegos por más placer se disolvieron en el aire como humo de incienso.

El escarmiento concluyó cerca del alba.

—¿Qué tal si cambiamos una sesión por un mes de renta? —Quiso saber Sonia.

—Mi mujer me mataría si se da cuenta —Advirtió Julio.

—Si se da cuenta, tú lo dijiste.

—Me gusta tu idea, pero a ver como le hago para que no se den cuenta los vecinos ni ella sospeche.

Se despidieron.

Él atravesó por el patio. Caminaba muy lento, tan tieso como un cuello de camisa almidonado. Ya encontraría una excusa creíble si las marcas de la flagelación tardaban en desaparecer.

Llegó a su casa cuando el amanecer se colaba en las viviendas. Apenas puso un pie adentro cuando lo recibieron con un vigoroso jalón de pelos.

—¿Dónde estabas, viejo cochino? —era su esposa quien lo había tomado por sorpresa.

—¡¿A qué hora llegaste!? —preguntó el atónito casero.

—A tiempo para verte salir de la casa de esa arrastrada. Te me largas y a ver cómo le haces para que te regrese el dinero.

—¡No! La que se larga eres tú. Ya me tienes harto.

—¡Ni se te ocurra correrme de mi casa!

—Es mi casa y me atrevo a correrte.

Las maletas rodaron por la calle seguidas de su dueña. Esa mañana, Julio puso fin a tres décadas de vivir con una cacatúa.

4 Comentarios
  1. Magnífico. Me ha gustado mucho.

  2. Muy buen relato, felicitaciones. Saludos

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