Pícale

En

lo alto de un sueño, habían permanecido olvidados algunos Dioses del viejo
Olimpo, de los doce apenas quedaban un par de ellos, con sus manías, exigencias
e imposiciones. El devenir de los siglos los había cansado de permanecer
aislados de sus criaturas y como no hay Dios que no participe de las pasiones de
los seres por él creados, decidieron mezclar con ellos su sangre y su casta,
hasta conseguir híbridos de dioses y hombres, o semidioses, que sometidos a la
evolución natural de sus instintos, sin poder remediarlo, se adornaron mutuamente
con lo peor de cada especie. Algún osado con forma de hombre, reclamó los
derechos de autoría de los dioses, atribuyéndose su creación, en lugar de dar
gracias a ellos por haberles otorgado la existencia.

En esa categoría, semidiós, nació al sueño un
hombrecillo, pequeño, encorvado, de rápidos pies, más raudos que el viento e
igualmente aptos para propinar puntapiés que coces, como caballo salvaje o
burranco cerril y manos expertas tanto en los trabajos más sufridos como en lanzar
piedras contra cualquiera. Eran tales sus habilidades que los expertos en
genealogía mitológica lo emparentaban con Medusa y con Perseo. No lo
consideraban propio del lugar sino llegado del monte Helicón, lugar remotísimo,
hogar de gente violenta y depravada, poetas en busca de su estro, quienes lo
idolatraban por haber combatido a la Quimera, y provisto de amplia leyenda, donde
de una coz hizo brotar la fuente de Hipocrene, así como autor de innumerables
muertes violentas, incluida la de Bellerofón, su primer jinete conocido. Fue
tanta su perversidad que caballos y hombres rechazaron su parecido, pero
conservó la facultad de transformarse en lo uno o en lo otro según su
conveniencia. Muchos siglos llevaba la tierra dando vueltas al sol y el sol a
la Vía Láctea desde su última transformación. Si permaneció en su forma humana
fue por resultarle ésta más cómoda, y porque a golpe de cumplir siglos y
milenios, se había dado cuenta de que el hombre se reserva los trabajos más
livianos y deja para caballos, mulas y burros los más duros.

Siendo
eterno su existir, cambió de nombres, casas y pueblos y con el tiempo fue
perdiendo la habilidad para mutarse en caballo blanco alado, aunque conservó,
por poco tiempo, no más de dos glaciaciones, el poder de volar.

Cuando
lo conocí se limitaba a correr y saltar tratando de desplegar sus desaparecidas
alas y levantar el vuelo, a veces creí que lo conseguiría. Se adornaba con
boina negra, pantalón de pana y alpargatas siempre dispuestas a iniciar su carrera.
En aquel tiempo lo llamaban Manolito. Me confesó quien era bajo palabra de
secreto:

-Soy
Pegaso, en otras vidas fui caballo y tuve alas, y volaba sin necesidad de
correr siquiera, desplegaba mis alas y me elevaba y planeaba como un águila,
miraba donde había una maldad o una necesidad y allí acudía. Los poetas,
sastres de palabras, impresionados de mi facilidad y bondad, me adoraban, pero
ya ni para la poesía soy necesario. No es tiempo de dioses. La ciencia y la
sabiduría nos han pisado el terreno y nos ha despojado de nuestro Olimpo. Los
dioses se batieron en desbandada y hasta la vieja borracha flatulenta de la
Fortuna abandonó su foro Boario.

No
di crédito a sus palabras, las creí descabelladas, pero al verlo correr con su
cuerpo levemente inclinado hacia adelante, con su vara de olivo, por tiempos
acicate de sus propias espaldas o espada esgrimida en el aire defendiéndose de burlas e ignominias,
por coherencia con su relato le atribuí parentesco más con los Centauros, mitad
hombres mitad caballos, que con Pegaso.

Manolito,
andaba rodeado por una aureola de silencio, con su boina moldeando su figura,
como esculpida en su cabeza, colocada para ocultar sus pensamientos y sus ganas
de volar. Gustaba de mirar el vuelo de los pájaros, ensimismarse, trazar sus
trayectorias con su vara y empezar su interminable carrera intentando
imitarlos.

Quienes
ni lo escuchaban ni lo miraban a los ojos, lo bautizaron con una frase
“Manolito pícale a la jaca”. Ignoraban que se encontraban ante Pegaso, un ser
mitológico, único, inspirador de poetas, poético él mismo, con apariencias de
loco, como los poetas despojados de oropeles y vanidades.

Manolito,
mientras corría, hablaba con los dioses, les reclamaba su antiguo poder. Volar,
volar. En sus galopes y saltos ensartaba estrofas, rimas, metáforas y vasos de
buen vino, en pago por sus ayudas. Se rodeó de utensilios de zapatero tratando
de unir alas a su cuerpo y acogido en el regazo de la ternura, saboreaba
pirulines de azúcar quemada, mientras de sus labios colgaban cigarrillos
apagados.

Ocasionalmente
su cuerpo se zarandeaba, expulsaba por su boca la ira de los dioses en forma de
espuma, quedaba rígido unos instantes para terminar desmadejado, medio dormido
y en estado de éxtasis. Eran sus viajes al Olimpo, su contacto con los viejos
dioses, quienes lo llamaban a su presencia y lo instruían sobre su necesidad de
regresar a su viejo estado de caballo alado.

Las
carreras de Manolito eran el muro que lo resguardaba de conversaciones
indeseadas, la manera de mantener y defender su mutismo voluntario, aprovechar
su pensamiento abstraído cavilando lugares, fechas y acontecimientos propicios
para iniciar el vuelo.

Su ceño fruncido, su mirada fija en el suelo y
sus saltos medidos mostraban su desconfianza en el género humano; bien lo sabía
quién era objeto de burlas y desprecios. Consideraba a la indigencia el palco
del teatro de la vida, desde ella veía mejor que nadie a la bondad y a la
maldad, desnudas, sin trucos de tramoya, sin maquillaje de cómicos, sin
máscaras; escuchaba sus voces desgarradas, sus palabras silenciadas y sus
pensamientos más íntimos. Era un lugar extraordinario la indigencia para
conocer a los actores, cuánto había de verdad y cuánto había de impostura en su
discurso.

“¡Pícale
a la jaca!” fue la frase que más veces escuchó Manolito, en aquel lugar del
sueño, mientras intentaba levantar el vuelo. Sin contestar a nadie, cada vez
que la oía, se replicaba a sí mismo, “Lo alcanzaré, lo alcanzaré” y empezó a
dar cada vez saltos más prolongados llegando a desplazarse por el aire
distancias asombrosas, planeando en equilibrio, enrasando como águila en busca
de su presa, hasta conseguir elevarse más alto que la torre de aquel sueño. Le
bastaba agarrar fuerte los picos de su vieja chaqueta y agitarlos en el aire para
elevarse del suelo.

Cuentan
que un día desapareció del sueño, quienes lo vieron volar no salían de su
asombro; y asombrados y confusos, le advirtieron que volaba en dirección al sol
y respondió que a él no le ocurriría como a Ícaro, él se encaminaba a otra
estrella.

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  1. Soy Zahinos, me gustaría saber que tengo que hacer para que la forma de los párrafos no se descomponga al enviarlos y si es posible retocarlos.

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