- Te están siguiendo.
Arkady Gennadievich Maskirov ajustó el auricular bluetooth en su oreja izquierda y recorrió con la mirada protegida tras las gafas de sol la plaza Slavianska. Hacía calor. Moscú siempre es abrasador en verano; incluso hay una palabra rusa para definirlo. Zharka: calor continuo y sofocante. Sentado en la terraza de un café, con un té negro entre las manos, no veía a nadie sospechoso: parejas de compras, turistas con aspecto confuso (probablemente esperaban nieve y escarcha), un policía incómodo en su uniforme nuevo, y montones de coches, como era habitual en el centro de la capital.
- ¿Americanos?
- Yo diría que israelíes.
- ¿Dónde?
- Los tengo en la cámara de seguridad del aparcamiento, frente a la iglesia.
- ¿Estás seguro?
- Te vienen siguiendo desde Solyanka.
- Podrías haber avisado antes.
- Necesitaba asegurarme. Deberías moverte de ahí.
El agente del FSB dio un sorbo a su té, asintiendo para sí con la cabeza. Despistar a sus perseguidores en un espacio abierto no sería fácil, pero tampoco imposible. Podía hacerse si su interlocutor, Andrei Filipovich Kutsznesov, le guiaba. Bajo su mano izquierda, el móvil que acababa de recoger en el baño del café, al estilo El Padrino, se iluminó: en la pantalla apareció la foto, enviada por Andrei, de una pareja de turistas morenos provistos de cámaras de fotos réflex.
- Los tengo – dijo, fijando la vista en los modelos, que aún remoloneaban frente a la iglesia-. Ve guiándome.
- Cruza la plaza, ve hacia Staraya.
Sin mirar a derecha o izquierda, Arkady se levantó y echó a andar a buen paso, confiando en que tendría unos minutos hasta que el camarero notara su ausencia. En lugar de cruzar la plaza, recorrió unos metros hacia su derecha, cruzó la calle frente al China Town Café, y, esquivando viejos Lada y modernos Subaru cuyos conductores le insultaban, saltó la verja metálica que rodeaba los jardines de la plaza, que cruzó a la carrera y agachado.
- Los iraníes están de acuerdo con el intercambio –iba diciendo Andrei en su oído-, pero tendremos que hacerlo en persona.
- Venga ya.
- En persona. Cuidado, los israelíes se mueven.
- ¿Me han visto?
- No. Pero van hacia el Coffe House donde estabas. La mujer está mirando a través de la cámara, puede que tenga aumentos.
- ¿Qué hago cuando llegue a Staraya? ¿y qué pasa con los iraníes, se creen que estamos en los cincuenta?
- A mí no me mires, es lo que exigen.
Arkady estaba ya en la calle Kitaisky, cruzándola de nuevo entre el tráfico en dirección a la estrecha plaza Antigua, Staraya. Frente a él se levantaba la imponente arquitectura del Boyarsky Dvor, en el número ocho.
- Dyusha, céntrate. ¿Dónde están? ¿A dónde voy ahora?
- Están cruzando la plaza por el camino peatonal… espera, los he perdido.
- ¿Qué? ¡Búscalos!
- Sólo veo a través de las cámaras. Ve al metro.
- ¿Al metro? ¿Para eso me haces cruzar?
- ¡Estoy pensando! Tú date prisa, están empezando a subir hacia ti.
- Mierda.
Cruzó de nuevo, con el viento caliente del verano sacudiéndole la ropa, volvió a saltar la valla del parque y echó a correr, ya sin pudor alguno, hacia la entrada de metro de Kitai-Gorod. Separó casi de un empujón a una parejita de adolescentes y bajó las escaleras a zancadas, mientras la voz de Andrei se distorsionaba en su oído.
- Te han visto cruzar. Están echando a correr hacia la entrada.
- Los despistaré. ¿Qué pasa con los iraníes? ¿Dónde quieren jugar a los espías?
- En Bakú.
- En serio, Dyusha, menos cachondeo.
- No es broma. Quieren reunirse en Bakú o no hay trato.
- La madre que los parió. ¿Qué ha dicho el jefe?
- Que Aeroflot tiene tarifas muy interesantes.
El mármol gris y el granito de la estación Kitai-Gorod resplandecían a la luz de las lámparas de bronce mientras Arkady subía y bajaba escaleras en busca del andén en aquella laberíntica estación, siempre llena. El agente se negaba a frenar siquiera, avanzando a codazos en su prisa por despistar a los israelíes.
- ¿Tienes ojos aquí abajo?
- Sí. Tus amigos están cerca, parece que conocen la estación.
- ¿Cómo de cerca?
- Lo bastante como para coger el mismo tren que tú.
- Mierda.
El tren acababa de salir del andén cuando Arkady llegó. En el fondo del túnel se escuchaba llegar el de la dirección opuesta. Mirando por encima del hombro, alcanzó a ver las cámaras réflex de los falsos turistas asomando en la cima de la escalera.
- Envíame los datos del viaje a Bakú- dijo, tomando algo de carrerilla.
- Arkasha, ¿qué vas a hacer?
- Un disparate. Dile al jefe que quiero unas buenas vacaciones en Yalta.
El túnel se iluminaba con la luz del tren. Los israelíes estaban llegando al pie de la escalera. Arkady echó a correr y se tiró a las vías; ahora era cuestión de azar. Cara, llegaba al otro andén a tiempo, subía al metro y los despistaba. Cruz… no llegaba al otro andén. La moneda voló.
Enrique Castro Villegas
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Muy buen relato. Felicitaciones y mi voto.
Me ha parecido muy bueno. Un estilo excelente, una tensión creciente en el argumento y muy buena documentación. Enhorabuena y voto. Ya nos contarás si existe un antes y un después de esta excelente historia.
Enrique Castro: relato bien redactado; los hechos fluyen con inusitada naturaliad, aunque siempre en suspenso.
Felicidades.
Mi voto
Volivar
Gracias a todos. La verdad es que el relato lo hice como parte de un curso, sin ninguna pretensión de continuidad, pero al haberlo dejado en ese punto ya me han dicho varias personas que lo continúe. Posiblemente lo haga, si se me ocurre algo que parezca interesante.