La rutina es siempre la misma. Oir música. Abrir los ojos. Parar el despertador. Levantarse de la cama. Ducha rápida. Vestirse. Desayunar. Café. Subir las persianas del comedor. Ver la gente pasar. Los padres cansados que llevan a los niños a escuela. Los trabajadors apresurados que no quieren llegar tarde. Los uniformados apretándose un poco más la corbata que parece ser que hoy no les aprieta lo bastante. Las entradas y salidas del metro atascadas por un constante flujo humano. El ritmo imparable de una mañana de ciudad. La monotonía estandarizada. Y, de entre todo este hormiguero humano, sobresale ella. Hoy lleva el abrigo rojo. El invierno está cerca y no quiere ser sorprendida por el frío. Camina pausadamente, tiene tiempo: hoy no empieza hasta las nueve y media. Hoy se puede permitir detenerse a tomar un café con leche y un croisant en el bar de la esquina. Hoy puede hojear el periódico y comprobar que todo continúa yendo mal en el mundo. Que nada ha cambiado desde la semana pasada: cuando tuvo tiempo por última vez de mirar alrededor. Hoy es el día que trabaja 10 horas, por “reajustamiento de la jornada laboral”, le dijeron, porque trabaja menos horas de las que debería, pues reajustemos, reajustemos, no queremos que la empresa perdiese ni un céntimo. No fuera que ella trabajara menos de 45 horas esta semana. Hoy es el día que le dijeron que podía empezar más tarde pensando, quizás, que esto le impediría ver que hoy también es el día que termina más tarde. Mucho más tarde. Que no se trata de una reducción de la jornada, sinó de una ampliación. Y por supuesto que ella lo vio desde el primer día. No es ni ciega ni tonta. Pero no importa. Es un trabajo temporal. Ella lo sabe. Sus jefes aún no, pero se lo imaginan: gente como ella nunca duran demasiado en un trabajo como ese, siempre consiguen un trabajo mejor. Tarde o temprano. Cuando la crisi se lo permita. Dentro de seis o siete años… Sí, hoy es el día que ella se sienta a tomar el café con leche y el croisant, a hojear el periódico, a buscar en la sección de anuncios las ofertas de trabajo con la esperanza de encontrar alguna oferta interesante. El día, también, que mira de reojo al camarero. El camarero, estudiante de medicina, pone unas horas en el bar antes de ir a la facultad. Es alto y delgado y, desde hace unos días, se está dejando crecer cuatro pelos en la barba que le acentúan los incipientes rasgos masculinos, los ojos profundos, la mirada impasible. Cada día el camarero va más cansado, duerme poco por las noches porque tiene que estudiar constantemente para la universidad. No puede repetir ningún curso: no se lo podría permitir. Y no por ninguna promesa personal, por ningún sentimiento de fracaso o para evitar defraudar a nadie, que esto ya hace tiempo que lo ha hecho (y con creces), sinó porque económicamente no podría pagar otro año de estudios. El dinero lo tiene calculado, calculadísimo. Los gastos milimetrados. La calefacción del piso siempre bajo mínimos, los grifos con baja presión, la cisterna del lavabo manipulada con una botella de plástico de dos litros en el interior, las luces encendidas solamente cuando la oscuridad es absoluta, en la nevera solo comida de marca blanca y muchos, muchos productos congelados. El camarero repasa sus gastos a diario para comprobar que, efectivamente, se mantiene justo al límite de su presupuesto, que todo va bien, que podrá matricularse para el próximo año, que ya es el último antes de especializarse. Si todo va bien, unos años más de penurias y, por fin, será dentista. “¿Y tú porquè quieres ser dentista?” le preguntó una vez su encargado, el mismo que ahora entra por la puerta, con gafas de sol, con cansado andar. Llega tarde, como siempre, pero él es el encargado y no tiene que justificarse ante nadie. Saluda ligeramente al camarero-que-algun-día-será-dentista y se prepara un café doble. La vida del encargado no es ninguna sorpresa. Se levanta cada mañana con dolor de cabeza y resaca. Se arrastra fuera de la cama, se ducha como puede y, sin tan siquiera desayunar, sube a un taxi. Llega al trabajo, se toma uno, dos, y hasta tres cafés y, poco a poco, va recuperando la vida. Cuando vuelve a ser él, o sea, cuando vuelve a ser un individuo nervioso y movido cargado de cafeína, le gusta hablar con la clientela, curiosear sobre las vidas de los demás, comentar toda aquello que le rodea e impartir consejos desde su pedestal en forma de barra: tanto si tiene razón como si no la tiene. Sí, al encargado le encanta ser el encargado de este bar. Cree que no podría hacer nada más. Que él ha nacido para servir cafés, para servir copas, para preparar bocadillos de tortilla. Así es como siempre ha vivido. Y así es como quiere seguir haciéndolo. Sirviendo copas con tapa por las tardes y compartiendo bebidas con los amigos y los habituales que vienen a matar la noche en el bar. Y bajando la persiana a duras penas y subiendo en un taxi totalmente borracho y cayendo rendido en la cama con la ropa aún puesta. Hasta el día siguiente. La chica del abrigo rojo se levanta. Paga. Sonríe un adiós lascivo al camarero. Sale por la puerta. Ahora tiene que apresurarse: falta poco para empezar y no quiere llegar tarde. Acelera el ritmo. Desaparece en la tercera esquina. Poco a poco las aceras se vacían. Todos están en sus correspondientes trabajos, todos están atareados. El espectáculo ha terminado por hoy. Girarse. Ir al sofá. Estirarse. Leer algún libro. Escuchar música. Dejar pasar la vida.
Por la mañana
9 Comentarios



Me gustó la estructura y el final, te voto.
Gracias!
Buen relato. Felicitaciones y voto. Saludos.
Genial. Casi un cortometraje. Ritmo trepidante que, junto con las imágenes, son un fiel reflejo de la vida actual y sus condiciones laborales. Mientras tanto, quien observa “deja pasar la vida” ¿O disfruta de ella?
Enhorabuena por la calidad de tu escrito.
Muy expresivo y chocante…me gustó ámbas combinaciones..felicidades!!
perdona…ambas!!
me ha gustado, Roger.
me ha gustado, Roger. Te voto.
Muchas gracias por todos los comentarios. Agradecido. Y sonrojado.