Promesas
9 de Enero, 2012 12
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Eran los primeros días de marzo, de un tiempo que parece muy lejano, sin embargo aun hoy, mantienen la frescura del agua de lluvia pronta a regar el suelo, despidiendo de antemano los aromas a tierra mojada, arrastrando los suaves vientos, que se incorporan a mi ser como aquel día, ansiosos, intrépidos, absolutamente crédulos, eran tiempos de cambio, de ilusiones y decepciones.

El peine era arrastrado con y sin violencia, algunas veces seco, otras mojado, una y otra vez, sus incisivos dientes, surcaban mi cabellera intentando lo imposible, aplacar los remolinos, esos que vienen de cuajo, impulsándose y haciendo vano cualquier esfuerzo por doblegarlos, vencido en mi intento comencé a mirarme al espejo, habían aparecido nuevos granos de acné en mi rostro y eran indisimulables, parecían volcanes a punto de estallar , mis dedos hacían explotar el magma hirviente ( haciendo caso omiso a los consejos de mi madre) y una vez concluida la ingrata tarea de vaciar de esa amarilla y repugnante sustancia de cada poro infectado, mi rostro apareció semidesfigurado por la hinchazón, hundí entonces toda la cara en el lavatorio intentando que el agua fresca volviese mi cara a la normalidad, no sin dejar de sentir una profunda culpa por lo que había hecho, debo reconocer que jamás acepté los consejos de mi madre, a pesar que en este caso me hubiesen evitado el cartel de neón en mi rostro diciendo “ este es un adolescente granuliento e inexperto”.

Volví a contemplarme, no sabía en ese momento por qué, pero pasaba largos períodos de tiempo, absorto en la autocontemplación, dedicaba grandes esfuerzos a observar como impactaban en mi persona sutiles pero perceptibles cambios, en la sonrisa, la manera de gesticular ante la sorpresa o el espanto, cada movimiento era analizado y repetido hasta que encontraba la aprobación de mis ojos y el espejo, luego que alguna nueva mueca me hiciese parecer mas guapo o interesante, en ese momento descubrí que unos rulos asomaban en mi frente producto de haberme mojado el pelo en la pileta de lavar las manos, fue ese un hito trascendental y significó desde ese momento, hasta el futuro que cada mañana debía mojarme y sacudirme el pelo, para lograr una enrulada y apuesta cabellera.

Se escuchó la voz de mi padre en la puerta del baño….

Che, te falta mucho – dijo mi padre

No, ya salgo – respondí presuroso y con voz seca, algo quebrada por el temor.

El cambio de peinado era demasiado brusco y podía generar la desaprobación de mi padre, situación que se me hacía inmanejable en ese entonces y disparaba en mi mente los extremos, que iban desde la total sumisión a su voluntad, hasta la más violenta rebeldía, aunque la mayoría de las veces no pasaba nada de esto, era ese un sentimiento que siempre estuvo presente en mis cavilaciones adolescentes.

Salí del baño temeroso, debo admitirlo, aunque frente a mis amigos mostraba una imagen de valentía, la cual era acompañada por algunas actitudes y acciones arrojadas, que ponían en peligro mas de una vez, mi integridad física, solo eran para demostrarles y demostrarme lo osado y resuelto que podía ser, pero al transponer la puerta del toilette solo sentí humedecerse mis axilas y secarse mi boca a la espera de la palabra de mi padre, él me miró y en su rostro se dibujó una especie de media sonrisa, acompañada por el ceño fruncido, sus ojos recordaron, estoy seguro, su pasado, y solo me dijo ….

Agarrate un buzo, por si refresca, y dejame pasar al baño, así nos vamos que se va a hacer tarde –.

El alivio recorrió mis venas impulsado hasta el último rincón de piel por un brioso motor, que estaba siempre preparado para salir a dar batalla, siempre deseoso de beberse a fondo blanco, hasta la última gota de adrenalina, tomé el único buzo decente que tenía y lo acomodé en mi antebrazo, no parecía una postura muy moderna, sin embargo no esperaba encontrarme con nadie que me conociese en el trayecto hacia la zapatería.

Caminamos con mi padre las siete cuadras que separaban mi casa de la estación de trenes, casi sin hablar, no se bien por qué, pero las palabras que necesité nunca las tuve, las intuí o creo las inventé, pero a pesar de no tenerlas, recuerdo la calle ese día, mi mirada por sobre sus ojos, mi espalda ensanchada, mi energía desbordaba, buscando presurosa destinos, por instantes miré a ese hombre y casi no lo reconocí, salvo por otros momentos en los cuales lo recordaba cuando llegaba del trabajo y yo descubría como mi corazón se aceleraba al verlo doblar la esquina, la tranquilidad de saber que había vuelto a casa, sentirlo, esperar ansioso que se agachase para saludarme y estrecharme entre sus brazos, ese, estar seguro de que nada malo podía pasarme en su presencia, esa gran ilusión que se va agotando al igual que la vida.

Antes de cruzar la calle para llegar a la estación, arranqué la hoja de un limonero, el mismo que sufría desde hace algunos años atrás mi agresión cada vez que me acercaba a sus dominios, y que sin embargo me regalaba el perfume de su hoja, mezcla de ácido y frescura, cuando la lleve a mi nariz pude comprobar que su perfume no era tan imponente como antaño, había que esperarlo y se iba incorporando lentamente en mis pulmones y cerebro de un modo mucho más calmo, más dulce y menos ácido.

Tomamos el tren y recibí algunos consejos, que son los mismos que hoy en día les transfiero a mis hijos, cuando viajamos en tren o colectivo,

-Bajar siempre en el sentido de la marcha

-Esperar que el tren se detenga

-Si es posible ubicarse en el medio del vagón

-Si estamos sentados, ceder el asiento ante una persona mayor o una mujer embarazada, he sabido por comentarios, que mis hijos respetan estas máximas, aunque estén fuera de moda y no apliquen a los conceptos actuales del egocentrismo absoluto.

Nos sentamos con mi padre en la mitad del vagón, me cedió el lugar de la ventanilla que se transformaba en un portal mágico, acercándome visones de lugares nuevos e inexplorados por mí, mis pupilas se dilataban e intentaban captarlo todo, para dejarlo guardado en mi mente, estos nuevos conocimientos siempre era útiles para invocarlos en alguna charla con un amigo, y me daban un aire de grandeza al comunicar que conocía tal o cual estación de trenes al dedillo o que había estado en alguna pizzería de esas que limitan con las vías, cuando en realidad solo habían sido un chispazo captado en la carrera del tren. Apareció el vendedor de diarios con su desafinado cántico “ La mató de quince puñaladas, la mató porque la quería”, me resultó impactante en esa etapa de mi vida lo que estaba escuchando y la naturalidad con que el canillita lo repetía ( hoy y luego de algunos años, cuando tomo el tren asiduamente para ir a mi trabajo, escucho el canto de ese mismo hombre y la misma frase, haciendo que compre el diario en más de una oportunidad para revisarlo y encontrar aquella noticia, pero más que la noticia, para sentir el mismo efecto en mis entrañas y solo tan solo algunas veces lo logro).

El diarero se paró justo al lado de mi padre y lo saludó estrechándole la mano y le preguntó

Que haces acá un sábado, Ernestito? -Dijo con una voz totalmente distinta a la que empleaba para vociferar los títulos de sus diarios.

Llevo al pibe a comprarle el regalo de su cumpleaños, Cómo anda tú vieja? -Dijo mi padre.

Mejor, pero ya está muy viejita, a veces me confunde con mi viejo, la pobre – Dijo el diarero haciendo gala de un sinnúmero de voces que salían de su garganta sin esfuerzo, pero ese tono de voz, jamás se lo volví a escuchar.

Bueno, me voy a seguir laburando, saludo para los muchachos – Dijo con la misma voz con que vendía los diarios.

Quién era ese, pa? Pregunté, con una mezcla rara de curiosidad y ansiedad, por descubrir al personaje.

Es un muchacho, que vive cerca de la casa de tu abuela- Dijo sin más.

Me quedé esperando una historia, una anécdota, algo … pero nada, el resto del viaje fue solo silencios, interrumpidos por la marcha incesante de vendedores ambulantes que intentaban convencernos que aquellas inútiles mercancías provenientes de Taiwán, resolverían casi todas nuestras necesidades, pero sobretodo las suyas, que no eran más que las de sobrevivir un día más, hasta la próxima estación, o hasta el siguiente bar donde trocar su vida por ese vino con sabor a kerosén.

Al llegar a la estación de Once está me pareció majestuosa, aunque en extremo descuidada, transcurrían en ese entonces, tiempos sombríos, los militares habían usurpado el gobierno, y les importaba un comino el estado edilicio de las estaciones de trenes ya que era un sitio utilizado por los obreros y la sola palabra obrero, era considerada casi una afrenta al poder militar, los obreros debían ser sumisos y obedientes, tal cual los soldados y sus cuadros superiores, siempre dispuestos a cumplir los deseos caprichosos de sus amos, por lo tanto sus necesidades no debían exceder el pan y el agua, “contaminada por cierto”.

Caminamos otras cinco cuadras hasta llegar a la zapatería de saldos de Grimoldi, mis ojos no dejaban nada sin capturar, aunque tanto tiempo después el recuerdo más firme que tengo es el aroma a café, evaporándose a la salida de un bar y la mirada de los otros, que pensaba en esa época, siempre estaba dirigida a mi persona, sobre todo a los pequeños detalles, el jean gastado en las rodillas, la remera que había sido propiedad de un primo y ahora en su ocaso, se adaptaba a medias a mi cuerpo, mi acné.

Mi padre al lado, no parecía poder contener absorber y digerir esas miradas, tal vez él mismo sintiese algo parecido hacia su persona, no lo sé, lo que si estoy seguro era que su paraguas ya no me cubría completamente.

Me compró unos zapatos negros con largos cordones, se exhibían en la mesa de saldo de saldos, tenían una gruesa suela Febo y me costaba un poco caminar con ellos, aun así conservaban y conservan, un halo incandescente en mis recuerdos y asaltan mi rostro provocando una sonrisa, que se vuelve cómplice en ocasión de evocar emociones que han quedado flotando, siempre cerca para echarles mano cuando la existencia abruma y desconsuela.

Desandamos el camino, me hubiese gustado tanto preguntarle, me hubiera encantado que me constase, tal vez el caminar tendría menos peso y no encontraría tantos reproches en mi mente, los potenciales siempre inundaron mi alma y no la dejarán en paz hasta el final, si bien es el final, una certeza absoluta, el potencial nos permite imaginar, volar y soñar los imposibles, los infinitos, la justicia, la verdad, el amor.

El tren partió a horario y volvimos a sentarnos, ya no a mitad de vagón, el mismo estaba casi repleto, los únicos asientos disponibles estaban enfrentados, en el extremo de la formación, observé detenidamente a mi padre, su calva lucía ensanchada, la incipiente barba contenía demasiados manchones blancos, sus ojos miraban sin mirar por la ventanilla, algo le preocupaba.

Papi, te pasa algo? - Le pregunté (Todavía me escucho en esa voz, mezcla de niño y hombre, atravesándome el pescuezo para luego destruirse como burbujas contra el aire).

Nada, hijo, solo algunos problemas en el trabajo- Contestó sereno, con una combinación de alivio al ver que alguien notaba su preocupación y también intentando ocultar cuales eran las verdaderas razones de su angustia reprimida, solo mucho tiempo después, llegué a conocer la causa de sus tormentos, pero como pasa siempre, era demasiado tarde y era demasiada carga para que un hijo pudiese ayudar a soportarla.

Me distraje un rato escuchando conversaciones ajenas, las cuales me parecían tan sin sentido, que no hicieron más que arrojarme en zambullida a mis pensamientos, hacía tres meses había sido mi cumpleaños, pero no se por qué, el tiempo ya no lo medía por la distancia hasta el próximo aniversario, una parte en mi quería seguir pensando y sintiendo de ese modo, pero otra mucho mas fuerte y avasalladora, me arrastraba y arrastra a carreras, a carreras sin podio, sin medalla en el pecho, a locas e incomprensibles carreras para llegar a una meta que no es meta, para llegar a un fin que es el final.

El tren llegó a la estación, descendimos mirando hacia el poniente, todavía flotaba el perfume a marzo en el ambiente, las baldosas mansamente se dejaban acariciar por nuestras suelas y se negaban cómplices, a salpicarnos con los vestigios de lluvia escondidos entre sus heridas, caminé apenas delante de mi padre, el viento suave atacaba mi rostro y mi pecho para luego bifurcarse y seguir con su rutina, las calles se abrían a mi paso, todo parecía estar igual o casi todo, doblamos la esquina en silencio, un silencio premonitorio, que gritaba y aturdía hasta la última fibra del alma, dudé varias veces antes de hacerlo, pero me obligué, busqué ese sentimiento y no lo encontré, recorrí mi esencia y ya no estaba allí, había otro parecido, pero no igual, ni siquiera intenté abrazarlo y tratar de cubrirlo, no sentí el miedo en ese instante, solo la confusión y el tiempo transcurriendo, vi en sus ojos la bronca, el abatimiento, el desaliento avanzar como una catarata por sus mejillas, la boca entreabierta buscando el oxígeno que no llega tan dentro como para quemar el recuerdo, en ese preciso ápice del tiempo supe que no era, ni sería inmortal, ese hombre ya no podría protegerme de todos los males del mundo, ni de toda su belleza, mi padre estaba vencido sojuzgado, solo esperaba que el verdugo afile su hoja y sino ya todo le daba igual, su historia estaba escrita y sería comentada por mucho tiempo, tanto que ni la muerte fue capaz de aliviarlo, de sus manos colgaba una nota mal redactada en la que mi madre le comunicaba que lo dejaba y se iba a vivir con una mujer, ese preciso día de marzo mi madre dejó a mi padre, pero a mi, ya me habían abandonado hace tiempo atrás.

12 Comentarios
  1. Nanky: reafirmo que eres un excelente escritor… eso del acené me hizo recordar mi adolecencia, cuando yo también tenía graves problemas de autoestima con las tremendas bolas en mi rostro, “como volcanes a punto de estallar”… haré una lectura con más calma para aprender y estudiar cómo le haces para lograr ser tan buen escritor.
    Atentamente
    Volívar Martínez Sahuayo, Michoacán, México

  2. evocar emociones que han quedado flotando, siempre cerca para echarles mano cuando la existencia abruma y desconsuela.

    Amigo Nanky, esos recuerdos de la niñez, de la juventud… a veces felices como eso de: arranqué la hoja de un limonero, el mismo que sufría desde hace algunos años atrás mi agresión cada vez que me acercaba a sus dominios, y que sin embargo me regalaba el perfume de su hoja, mezcla de ácido y frescura…
    Y qué amargo, especialmene para un joven ser testigo de las dificultades de nuestros padres, que, nos afectan tanto.
    Lindo, en verdad, esto que hoy haz puesto en la red. Me remonté a mi pasado, en donde, al igual que tú, tuve experiencias, a veces gratas, pero, como tú (o como el protanonista de tu cuento, que muchas veces resulta que no es más que nuestra misma sombra), más bien negras, amargas…
    Atentamente
    Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México

    • Estimado Volivar: “Su sobrina Ana, siempre presente, siempre junto a él, como si buscara su sombra para defenderse de la vida.” es una frase de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo, en la cual el maestro Rulfo, habla de las sombras y viene a cuento de tu comentario, el cual agradezco de sobremanera. Como te dijera antes, gasté muchos años de mi vida leyendo libros de Finanzas y Economía, gracias a mi incipiente vocación hacia la escritura estoy renaciendo.

  3. HOLA, SIENTO QUE TU CUENTO ES MARAVILLOSAMENTE DESCRIPTIVO MÁS VEO ESA CAPACIDAD PARA NARRAR NOVELAS, UN ESCRITOR AMIGO ME DIJO, EN EL CUENTO DEBES CONTAR, Y EN TODO EL DESARROLLO DE PROMESAS SOLO VEO ESCENAS DEL BAÑO, EL LLEGAR AL TREN Y EL FINAL, EL CONTENIDO ME GUSTA, PERO NO HAY UNA HISTORIA PARA CUENTO, MÁS PARECE UN CAPÍTULO DE NOVELA. ES DIFÍCIL ENCONTRAR UN HISTORIA QUE TE CUENTE Y NO SUELTE AL LECTOR.
    ESPERO QUE SEA SIRVA PARA LA CONSTRUCCIÓN.
    NATALIA VILLALVA - ECUADOR

    • Muchas gracias por leer y comentar, es muy halagador que hayas tomado tu tiempo para hacer esto, siempre es bienvenida la sugerencia, enriquece,crea y construye.

  4. Magníficas imágenes.
    Me gustó mucho.
    Que suerte poder trasladarte con varios pasos a ese maravilloso San Telmo, ve, nunca llueve aunque el ciello llore.

    • Es cierto, San Telmo, es maravilloso, es uno de esos lugares donde quedó detenido el tiempo, escarbando un poco, brotan de su geografía, amores, odios, angustias, esperanzas. Lamentablemente también esta lleno de moscardones intentando hacerse de algún dinero con los turistas,y bueno, esto es así, como la vida misma. Saludos

  5. Me ha encantado el empezar de la historia. Lo has descrito tan bien, que hasta me lo imaginado en mi mente.

    • Muchas gracias por leer y comentar, el poder causar ese efecto es ciertamente una experiencia inigualable, siempre la viví del lado del lector. Me has dado una alegría enorme con tus palabras.

  6. Tienes capacidad y arte para tener éxito como escritor. Me gusta mucho como escribes. Te felicito sinceramente y te doy mi apoyo (mi voto). Yo también tengo un cuento (infantil), se llama “Las aventuras de Chopi el charco”. Te dejo en enlace y te invito a leerlo:

    http://www.falsaria.com/temas/publicar-cuentos/las-aventuras-de-chopi-el-charco/

    • Muchas gracias por tus palabras, son un gran aliciente. Me alegra mucho que te haya gustado. Saludos

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