Quejas de Rocinante

 

Paseaban
tranquilos, sin aparejos, los espíritus de Rocinante y Rucio por la estancia de
la añeja y casi desmantelada biblioteca. Su inmaterialidad les permitía
cruzarse y mezclarse tanto con otros hijos de don Ingenio, como con poetas,
afamados y olvidados, ocupados en recitar sus odas con engolada voz y grave
gesto y algún político insistiendo en convencer a la concurrencia de la bondad
de sus proyectos, resultando cómico y grotesco. Nadie le hacía el menor caso,
pero su desmesurada arrogancia le impedía escuchar el crujir de las bisagras de
la puerta, momento en el que cada personaje debía regresar a su libro página y
anaquel.

En
un rincón se agolpaban “Fray Perico y su borrico” “El pequeño Nicolás”
“Matilda” “Blancanieves y los siete enanitos” y el sensible y llorón del
príncipe, porque alguien había arrancado el final feliz al cuento y no
conseguía casarse con la bella envenenada. Un poco apartadas, sentadas en
sendos canapés, portando cada una su ejemplar del Cossio sobre sus rodillas, y
con pamelas, sombrillas y vestidos de amplía falda, charlaban Madame Bovary y
Ana Karenina, porfiaban, sin elevar la voz, sobre la dignidad y señorío de sus
respectivos maridos. Rebeca y la señora
de Winter discutían a su vez ante la atenta mirada de la señora Danvers. Alvaro
Messías, don Fermín y don Victor Quintanar departían en animada charla sentados
junto al reclinatorio ocupado por Ana Ozores, quien rezaba próxima al éxtasis
místico. Fortunata, doña Lupe “la de los pavos”, Maximiliano y Nicolas Rubín,
Juanito Santa Cruz y Jacinta se acaloraban y vociferaban sin orden ni
concierto, mientras Estupiñá se afanaban en pedir calma, ayudado de doña Bárbara. Recorría el pasillo
una turba de Capuletos y otra de Montescos amenazándose con el entrechocar de
sus aceros.

Junto
a Rocinante y Rucio palpaba el anaquel un ciego con un fuerte chichón al tiempo
que insultaba a un tal Lázaro de Torme, quien se escabullía ayudado por un
mozalbete de nombre don Pablos.

-Dios
los cría y solos se juntan –sentenciaba el espectro de don Francisco, padre del
segundo, ocupado en recitar sonetos jocosos y con mala uva.

Un
joven poeta con aspecto de tuberculoso reclamaba su estro a Calíope, Polimnia,
Erato y Euterpe, mientras las musas comentaban las maravillas de Helicón, el
Parnaso y el Olimpo y se ufanaban de su poder para proferir mentiras que
parecían verdades.

-¡Aparta
mediocre! –gritaba Terpsícore al poeta
mientras realizaba una pirueta de danza.

Rocinante
y Rucio se apartaron de la familia de los cervantinos dejando que el ama, el
clérigo, Maese Nicolás, la sobrina y el bachiller Sansón Carrasco, vigilaran de
cerca al moribundo de don Alonso Quijano, quien aún insistía en ser don Quijote
de la Mancha.

-¿Caballero
andante? Alma de cántaro, infeliz. Quiera Dios que orégano sea… ¿Qué entuertos
podría deshacer vuesa merced? –se lamentaba el ama.

Se
acercó al moribundo, ofreciendo sus servicios de médico Andrés Hurtado, que
pasaba del brazo de Lulú, charlando con su tío Iturrioz.

Ante
la insistencia de Rocinante en buscar una reparación a las ofensas que en la
historia del hidalgo manchego se vertían contra su honra y fama, el bueno de
Rucio intentaba convencerlo de lo contrario.

-Mire
vuesa merced señor Rocinante, no es de cristiano viejo andar por esos caminos
como alma que lleva el diablo. Que ya que nuestros amos nos llevaron de acá
para allá, de la ceca a la meca, con mal pienso y peor cuadra, desfaciendo entuertos uno y procurando gobiernos otro, digo a vuesa merced que sería
menester buscar un buen prado con abundante yerba y agua y algún gañan poco
aficionado a trabajos de clase alguna y procurar buena cuadra con mejor
pesebre.

-Rucio,
nuestros amos forman parte de la historia de la caballería andante, pero
acapararon para sí toda la gloria y no estoy dispuesto a consentir que no se
nos haga justicia.

-Sepa
vuesa merced que hasta un rábula moteja preferible el mal acuerdo sobre el buen
pleito. Nosotros, por condición, cargamos con las virtudes y defectos, cuitas y
alegrías de nuestros amos.

-No.
No estoy dispuesto a consentir que se mancille mi nombre, ni se me
caricaturice. Si no tuve mejor estampa no fue por falta de garbo ni salero, fue
porque mi amo, haragán y hambriento para sí, redujo de tal modo su olla que
“tenía algo más de vaca que carnero” para sus caballerías no tenía ni memoria.
Si al menos me hubiera dejado en libertad, yo me hubiera procurado el sustento.

-No
se engañe vuesa merced, siempre fue un matalote.

-¿Qué
dices malandrín? En mis años mozos más de una potranca tuve entre mis pezuñas y
a fe que aún me recuerdan.

-Sí,
por lo torpe que era, cuentan las malas lenguas que ni con el mamporrero
lograba su propósito. Recuerde vuesa merced el agravio sufrido con la recua de
los gallegos, por querer refocilarse, donde a los mordiscos y coces de las
jacas sumó los estacazos de quienes el armado caballero nombró como gente soez
y de baja ralea.

-En
la abundancia, siempre hay malos días, pero fue un asuntillo de celos de las
más, porque reparé en la más hermosa potranca, a quien tuve en potencia
propincua de caer rendida ante mi porte y gallardía.

-De
milagro quedé libre y sin costas donde todos salieron sin costillas. ¿Recordáis
como os bizmaron después en la venta de Maritornes? Pues, mientras vuesa merced
se dolía de los quebrantados huesos, yo me refocilaba con una señora yegua.

-¡Pícaro
malandrín, cuanto aprendiste conmigo! ¡Cómo reconociste rápido a las traídas y
usadas! Por ese tiempo es que empecé a padecer de cuartos! Pero, en fin, no nos
desviemos de la razón que nos ocupa. Busquemos quien lleve a la estampa nuestra
memoria y nombre, despegándolo de esos dos mentirosos.

-¿Mentirosos?

-
Sí. Mi amo hízose llamar caballero andante y jamás dio un paso. Quien andaba
era yo, y el tuyo, escudero, y se lanzó a gobernar sin un escudo, como el común
de quienes se lanzan a gobernar ínsulas, llegando las más de la veces sin un
ardite y cuando son encarcelados, como suele suceder al terminar su valimiento,
tienen intereses allende los mares, por tierras de Indias y en Génova.

-No
se enoje con nuestros amos. Ambos son un espejo donde los hijos de estas
tierras quieren mirarse.

-Oh
buen Rucio, estas tierras siempre rebosarán Ginesillos, hideputas y
malandrines, que cuando se miran al espejo quieren ver a mi amo, pero quien se
refleja es el tuyo. No debemos dejar a la estampa destruir nuestro nombre.
Busquemos con urgencia a Cide Hamete Benengeli
y solicitarle encarecidamente la corrección de esos papeles que andan de
pueblo en pueblo, donde se nos difama.

-Como
vuesa merced guste, pero mejor sería buscar amo que andar nosotros pensando en
famas ni buenas ni malas. Muchos malos días con sus noches nos han dado, como
para continuar con idéntico trasiego aunque sea por nuestra cuenta. Que diría
cualquiera que se nos han contagiado las ambiciones de uno y las locuras del
otro.

-Ha
de saberse que jamás ataqué ni pausada ni atropelladamente ningún molino. Bien
advertí a mi amo y señor, con relinchos y brincos. Pero fue inútil, picó
espuela y me empotró contra las aspas. ¡Dejome despaldado y difamado!

-Mejor
nos hubiera ido colocando los cuellos en gamellas.

Se
escuchó ruido de torpes pasos en el pasillo que los alertó de la llegada de
algún ocioso lector. El crujir de la puerta elevó nubecillas de polvo y les dio
tiempo a regresar a cada uno a su anaquel, libro, página y renglón.

 

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