Ella bajaba las escaleras del Anarkos, era el primer teatro del pueblo el cual yo aborrecía por su fachada rosa. A medida que se iba acercando su belleza se revelaba como un secreto milenario. Era nueva en el pueblo y no podía apartar mis ojos de ella, de la forma en que su vestido blanco se le ceñía a los senos, a las piernas, me sentí consternado, un mar de sensaciones se centró en mi entrepierna y que no entendía a cabalidad, solo que era por ella, por esa mujer de blanco.
Desde esa tarde cambié a mis amigos, a mi balón de fútbol, el tesoro más preciado por los panqueques del Anarkos. Durante horas esperaba temeroso a que su llegada me permitiera contemplarla de nuevo y por qué no de invitarla a comer de mi panqueque pues el dinero del día ya lo había gastado en una colección de monedas. Pasó una semana y ella no llegaba, así que, como dice mi mamá, lo dejé todo al destino.
A medida que el tiempo pasaba su recuerdo se hacía más lejano, volví con mis amigos y mi balón, participamos en el mejor torneo de fútbol, no ganamos pero como premio al segundo lugar nos dieron entradas al teatro. Y así fue como la vi por segunda vez, cuando salíamos de ver la película nos chocamos con los de seguridad, intentaban sacarla del teatro, al parecer había encendido un cigarrillo en la zona prohibida. Ella fruncía el ceño y se le dibujaban dos líneas que parecían explotar pero al mismo tiempo se veía tan calmada que me conmocionó pues mi mamá no se hubiera demorado en darle de sombrillazos a cada uno.
Ella salió presurosa, yo me despedí de mis amigos y mientras se alejaba la perseguí con mi mirada deshaciéndome en un mar de preguntas. ¿Cuál será su nombre? ¿En dónde vivirá? ¿Tendrá esposo, hijos? ¿Verdad que es hermosa? .
No pude soportar tantas preguntas en mi cabeza y como atraído por un imán me deslicé por las calles esperando poder descubrir en tan solo una noche todo de ella, pero fue imposible, solo conseguí ver que vivía a unas siete cuadras de mi casa donde la señora Pellman, una ancianita de la que mi madre decía estaba pronta a estirar la pata. Lo más seguro es que sea una familiar o una enfermera.
Esa noche al llegar a casa abracé fuertemente a mi madre, era extraño, me sentía agitado, como si de verdad hubiéramos ganado la copa, ella me correspondió dulcemente, y mientras comíamos le pregunté por la señora Pellman, dándome la información necesaria.
—Mijito esa muchacha es la hija de doña Pellman, la muy alborotada se fue del pueblo cuanto tenía su edad, a los 14 años pero al enterarse de la enfermedad de la madre decidió volver, la vida las ha reconciliado en momentos tan tristes. ¡Hay mijito!
Esa noche no pude dormir, no dejaba de pronunciar su nombre. Desde entonces mi bicicleta ha sido la compañera que me ha guiado hasta Alejandra, a veces he preferido verla que ir para el colegio o que hacer los mandados de la casa, el tiempo pasa y su nombre no se me desprende de la boca palpitante.
En la noche, desesperado huyo de las paredes ásperas que me separan de ella, camino guiado por una luz roja que me encandila los ojos, llegó hasta su casa, salto con precaución la reja del antejardín, camino sigilosamente hasta llegar al árbol grande que se encuentra cerca a una de las ventanas, me subo y comienzo a buscar alguna rendija para poder mirarla, encuentro un hoyo perfecto, penetro su espacio con mi mirada, la encuentro, está dibujando abstracciones con el humo del cigarrillo, se desplaza libremente, llega al tocadiscos y en el leve descenso de su cuerpo para prenderlo un seno sale de su prenda negra, un seno firme, redondo. Yo contengo la respiración, es como si un rompecabezas se armara rápidamente con cada movimiento de su cuerpo. Alejandra se reincorpora, vuelve su seno a su lugar y empieza a moverse al compás de la música, la transparencia de su pijama deja entrever su piel nívea, la dureza de sus nalgas, Alejandra baila, baila la soledad, cierra los ojos y se abraza entre sus brazos.
No hay poder para desmantelar estas ansias de verla, de esperar a que pase y que su caminar lento y preciso deje en silencio mi mundo, en silencio para que un ruiseñor se pose en las alas de la vida o al menos tener el valor de mostrarle que mi amor no duerme ni se apesadumbra.
Tres semanas después muere la señora Pellman, Alejandra vendió la casa y partió hacia la capital, antes de irse visitó a mi mamá, hablaron de miles de chucherías, tomaron el té, se abrazaron, ella se levantó me miró y salió, pasó mucho tiempo para reponerme.
La casa de la señora Pellman fue vendida a unos extranjeros, yo volví a mi balón y con mis amigos, pero al cabo de un tiempo Alejandra volvió, fue la única vez que su belleza me dejó pronunciar alguna palabra. Ahora después de tanto tiempo veo que mi pretensión de olvidarla fue en vano, su caminar, su cabello y esas explosiones sensoriales permanecieron en mi memoria. Tantas mujeres caminaron por mi lado, tantas suspiraron, tantos amores que sucumbieron al tedio, a la simpleza, pero ninguna logró silenciar mi voz por sus encantos, ahora su recuerdo me alcanza en esta hora tibia y triste, en esta hora donde el mundo se diluye lentamente cuando mi muerte llega.



Sencillamente, maravillosamente emotivo, dulcemente melancólico.
Gracias por compartir este pequeño regalo.
Gracias a ti por esa lectura sensible y claro, siempre mis mundos, mis palabras como regalos interminables. Abrazo
Bonitos recuerdos, todos tenemos nuestra Alejandra.
Ademàs, excelente.
Qué bonito, lo tenia guardado y no terminaba de tener tiempo para leerlo, ahora con más tiempito lo lei, me ha gustado mucho…
Me ha gustado mucho. El lector se desliza suavemente sobre el texto. A destacar:
“está dibujando abstracciones con el humo del cigarrillo”