Me llamaban Robert Redford. Soy rubio y con los ojos azules, las mujeres se derrumbaban a mi paso (vale, no todas, pero mucha sí, os lo juro). Aquella era especialmente espectacular: una diosa sentada en la sala de espera de la Redacción del periódico en el que trabajaba (entonces ejercía de periodista, nadie es perfecto, lo siento). Era el paleolítico, sin móviles ni internet, la galaxia multimedia no había inundado todavía nuestro mundo, yo tenía una máquina de escribir Hermes verde y Malena, que así se llamaba la morena, una historia que contar.
-Mi marido es un asesino en serie.
Encendí mi primer cigarrillo, me quedé mirando sus ojos negros como la noche y puse cara de póker, eso se me daba bien. “Esta tía está más loca que una cabra, pero tiene morbo hacérselo con la mujer de un asesino en serie”, pensé (soy un cínico, de acuerdo). Decidí seguirle el rollo.
-¿Y por qué no vas a contarle tu historia a la policía?
-Porque mi marido es inspector.
-¿Y qué crees que ha hecho?
-No creo, estoy segura. Guarda en casa trofeos de sus víctimas y los he encontrado.
-Ya. ¿Y le quieres denunciar?
-No, quiero que me ayudes a desenmascararlo.
-¿Por qué yo?
-Porque he leído un libro que escribiste sobre asesinatos ocurridos en Madrid, eres un experto.
Ella me llamaba experto pero yo entonces era un ignorante, el último de la fila de una Redacción de sabios, me habían metido en la sección de sucesos y el libro del que hablaba Malena era una bazofia para consumo de lectores con gustos sangrientos. Me fijé más en ella mientras pensaba. Morena, alta, llevaba una minifalda blanca y cruzaba las piernas con estilo, el tipo de mujer que a mí me altera las pulsaciones. Decidí cambiar de aires. Demasiados buitres en la Redacción. Me la llevé a Mortimer, un pub sombrío en la avenida del Mediterráneo, donde el dueño, Sancho, me reservaba los mejores rincones. Pedí un cubalibre de Beefeater (“y no seas tacaño con la ginebra, Sancho, que necesito inspiración”); Malena, un Gin-tonic.
-Y ahora te escucho –le dije.
-Me casé con Mateos hace diez años, no tenemos hijos. Vivimos en un chalecito enfrente del Retiro que era de mis padres. Al principio todo fue bien. Mi marido era amable y atento, trabajaba en la Comisaría de la Estrella y tenía un brillante futuro. Pero empezaron sus crisis.
-¿Qué tipo de crisis?
-Depresiones brutales, se quedaba semanas de baja encerrado en casa sin salir para nada o se marchaba y se pasaba toda la noche fuera. Si le pedía explicaciones se volvía violento y agresivo. Su comportamiento se fue haciendo cada vez más extraño, empezó a darme miedo. Tenía un cajón secreto que cerraba con llave en su despacho. Un día se dejó la llave en casa, hice una copia y lo abrí. Encontré estas libretas escritas de su puño y letra.
Malena me tendió un cuadernillo pequeño, con hojas cuadriculadas, los textos estaban escritos con un bolígrafo rojo en una letra especialmente grande. “La muerte es bella, soy un artista, me gusta ver correr la sangre cuando el cuchillo se clava en su piel y en sus ojos aparece el terror”.
-Esto no quiere decir nada. Son textos de un perturbado. Yo, con unos cuantos cubatas más, podría escribir peores barbaridades.
-Sigue leyendo, sigue leyendo.
El cuaderno estaba escrito por un loco sádico. “Hoy he estado en la Casa de Campo por la noche, prostitutas por todas partes. He parado a una negra medio desnuda. Estaba drogada. Nos hemos ido a lo más profundo del parque, la he hecho salir del coche, la he obligado a desnudarse, le he tapado la boca con una mordaza, la he atado a un árbol, después he sacado el cuchillo. Sus ojos de drogada se salían de las órbitas, me miraba enloquecida, he disfrutado mientras la degollaba. Soy un animal, una bestia sedienta de sangre, necesito matar”.
-Eso es un texto, nada más –traté de restarle importancia a los cuadernillos.
-¿Y esto?
Me enseñó un recorte de periódico. Oumy Yakare, una prostituta de Sierra Leona que ejercía en la Casa de Campo de Madrid, había aparecido salvajemente degollada.
-Todo coincide. Las fechas, su relato, esta foto (me la enseñó, era espeluznante) que guardaba en su cajón secreto. He reconstruido hasta cinco asesinatos de mujeres que se han producido en Madrid y que nunca han sido resueltos. Todo lo tienes ahí, quédatelo, hoy me he ido de casa y me he llevado lo que había en el cajón, no pienso volver. Sólo necesito que me escondas y que saques esto a la luz.
Malena se puso a llorar y yo traté de consolarla, se acurrucó contra mí y yo la abracé. Estábamos así cuando se abrió la puerta de Mortimer y entraron tres tipos con aspecto de matones: “Policía, que no se mueva nadie”. Uno de ellos desenfundó un pistolón y me apuntó directamente a la cabeza al tiempo que les gritaba a sus compañeros.
-Este es el cabrón que me está poniendo los cuernos.
-No, no, esto es una confusión –traté de explicar.
El tipo de la pistola cogió los papeles que Malena había dejado encima de la mesa.
-Esa es una documentación que demuestra…
No pude decir una palabra más. La bofetada me lanzó de espaldas contra la pared. Me quedé acurrucado en el suelo sangrando por la nariz. Pude oír como el tipo de la pistola agarraba a su mujer por el brazo al tiempo que les decía a sus acompañantes: “Está trastornada, mal de la cabeza, hay que volver a llevarla al sanatorio mental para que siga su tratamiento, se inventa historias fantásticas sobre mí, no puedo permitir que tipos como este abusen de ella”.
Me llevaron a la comisaría (“soy periodista, voy a presentar una denuncia por el trato y contra el asesino en serie que os dirige”, grité todo lo que pude), me inflaron a palos (en tiempos del franquismo mis derechos no valían nada) y me soltaron a las cuarenta y ocho horas hecho un cromo. En la Redacción se rieron de mí cuando les conté la historia. “No tienes que beber tanto, Robert Redford”. Dos años después la fotografía de Malena apareció encima de mi mesa, se había ahorcado en su casa en un chalecito enfrente del Retiro. Desde entonces presto especial atención a los crímenes de prostitutas que se producen en Madrid, siempre me parece advertir una mano negra detrás, la mano de un inspector de policía que se llama Mateos Santisteban, al que apodan ‘La hiena’. Un día lo desenmascararé. Te lo juro, Malena.


RafaSastre
Muy guapo, Orfeo. Me ha gustado mucho el enfoque y el desarrollo de principio a fin. Un muy buen relato negro. Mi voto.
Orfeo
Gracias, Rafa, valoro mucho tu opinión.
Lu.Hoyos
Excelente, Orfeo, me encanta la historia y lo bien que la narras con toques de humor incluido. Felicidades. Y voto.
Orfeo
Me alegro que te guste, Lu.
J.Stark
¡Vaya un cambio de registro, Orfeo! ¿Estaría loca…no lo estaría…? Genial relato, muy bien narrado y con un final, a mi gusto, impecable. Mi voto, un abrazo
Orfeo
Gracias, Stark. Lo bueno escribir es que puedes cambiar de cara, como en el carnaval.
Eva.Franco
Me encantó Orfeo, excelente forma de presentar un relato así. Lleno de todo un poco. Muy bien contado.
Mi voto muy merecido con un corazoncito
Orfeo
Gracias, Eva, por tu lectura y tu comentario.
lourdes lasheras
Plausible, correcto, pulcro, … Mi voto y un abrazo.
Orfeo
Muy amable, Lourdes, gracias.
1000Luna
Muy buena historia, Orfeo. Una buena trama, elaborada y narrada.
Saludos y mi voto.
Orfeo
Gracias por tu lectura y tu comentario.
AaronSuspense
¡Está excelente! Realmente, buenísimo y el final es espectacular. Además, me hiciste recordar a mi padre con Robert Redford.
Orfeo
Gracias, Aaron. ¿Tu padre se parecía también a Robert Redford?
LUIS_GONZALEZ
Excelente relato negro, mi voto…
Orfeo
Gracias por tu lectura, Luis
LUCIA UO
Te llevo a portada.
Que felicidad. Me encanta cuando soy la culpable, y hago que esto suceda. ja ja ja.
Me ha encantado tu relato. No puede dejar de leerte. Desde el inicio hasta el fin, mantuviste al 100% mi interés.
Fenomenal.
Un gran abrazo
Orfeo
Gracias, Lucía. Me anima mucho tu comentario. Ya sabes que el objetivo siempre es mantener el interés de principio a fin.
LuchoBruce
Buenisimo Orfeo, mi voto, Lucho Bruce.
Orfeo
Gracias por tu comentario, Lucho.
Amparo Hoyos
Me gusta mucho tu forma de narrar tan cinematográfica. Mi voto y mi enhorabuena.
Orfeo
Gracias, Amparo. Soy un apasionado del cine, y en particular del cine negro.
Sandra.Legal
No te había leído hasta ahora, y confirmo que no me equivoqué, cuando me dije que estaba frente a un talentoso, al leer un comentario tuyo sobre algo que escribí. Te sumas a los amigos de Falsaria que estoy siguiendo . Mis saludos y mi voto . Sandra.
Orfeo
Gracias por tu lectura y tu amabilidad, Sandra
Evelyn de Lezcano
Magnífico, Orfeo. Es un relato que podrías convertir en novela. Te felicito
Orfeo
Sí; el relato es un boceto para otro más largo. Gracias, Evelyn.
volivar
Orfeo: eres un maestro de la narrativa, amigo, y te felicito. (tarde, pero de cualquier forma va mi admiración por ese bello estilo del que eres poseedor).
Mi voto
Volivar
Orfeo
Muy generoso, volivar, gracias.
Butterfly
Excelente historia, magníficamente narrada. Mi voto.
Orfeo
Me alegro que te guste, gracias.
Esther.A.P.Ruinervo (Sofista)
Interesante texto e interesante triángulo el de Malena, Robert y Mateos.
Saludos
P.D.: rubio y con ojos azules podía haberse llamado Paul Newman, y entonces sí todas las mujeres se hubieran derrumbado a su paso
Orfeo
Le podían haber llamado Paul Newman, perfectamente. Gracias por tu comentario. Por cierto pasé por el blog de Sofista, me pareció muy interesante.
MAFALDA
No me gustan los rubios, pero mi próximo ligue, lo será. Por si las moscas…
Orfeo
Los rubios son peligrosos, ten cuidado. Gracias por tu lectura.
Lidyfeliz
Muy buena historia de misterio, Orfeo. Me gustó. Daba para que todo fuera un delirio, pero seguro que no lo era. Tremendo cabrón el marido!!! Mi voto
Orfeo
¿Delirio? Todavía no estoy seguro de que la historia no sea real. Gracias por tu comentario.
Carlos Eduardo Lamas Cardoso
Orfeo,
Muy interesante y bien llevado relato.
Saludos!
Orfeo
Muy amable, Carlos, gracias.