Rota rutina
19 de Diciembre, 2011 3
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Ella fríe un huevo. Le encanta el gesto que inunda de aceite la yema; la magia que hace una nube alrededor. Le encanta el tacto de la sal entre sus dedos, lloviendo como nieve para desaparecer en dos instantes. Odia la lentitud de las patatas ahogadas en el aceite hirviendo. Su plato favorito en una noche más de jueves. Rutina. Adora verle comer desde la distancia de la mesa esperando un programa de televisión. Ella viste un delantal de colores rojo y rosa con una frase en inglés con trazo negro que nunca quiso comprender. Suscribe una sonrisa al tararear avergonzada la letra de una canción que sabe de memoria. Echa un vistazo al reloj enorme de la cocina y le preocupa la tardanza. Es habitual, pero siempre le incomoda. Siempre impuntual, siempre atrapado en la rutina de un bar y un amigo después de jugar. Odia la cena fría, pero cuando sostiene el teléfono con su mano libre, a punto de teclear y regañar, la puerta tiembla, él sonríe, cuela su cabeza en la cocina con un corto beso ebrio, y ella coge sin conciencia la imagen inmediata de sus ojos. Desnuda, con sus piernas arañando el cielo, le imagina haciéndole el amor.

El golpe es seco desde la bañera. Tras un susto se espera calma, y sin embargo, lo inerte aterra más que cualquier forma de vida.

Evitó decirle que su pene se introdujo en más diez coños distintos al suyo. Imaginó esa frase por su brutalidad y su dureza. La rió en el bar. La soñó su inconsciencia. Evitó decirle que sus labios saboreaban bocas nocturnas en la ebriedad media, y continuaban esquivando lenguas en el alcoholismo absoluto. Le robó cien sábados, le cogió prestado quinientos más, y en casi todos, le engañó sin reparos. Al despertar, etílico en las mismas sábanas, siempre la quiso arrepentido, en silencio. Y en ese primer beso de después, más que nunca.

El fuego continúa iluminando el cristal bajo la sartén. La sal agoniza en el calor de las patatas, sobre un rugoso papel, y el aroma llena el salón tan silenciosamente como el miedo a cada paso. El eco de su voz sin respuesta acelera el corazón; lo ata y le asfixia. La soledad inesperada ríe tan real con su mutismo, que él evita dramatizar en sus pensamientos. Ella siempre está. Siempre ha estado. Nunca faltó. Pero al abrir la puerta, la vida ya no existe.

En el colegio era inalcanzable. Los labios perfectos, el coño inexistente, y los pechos intocables; ni el roce de un codo sobre el jersey de punto; lo intentó. El sexo, bajo la masturbación de las sábanas, utopía imposible. Y sin embargo, todo lo logró. Y con el tiempo, le aburrió su desnudez. Le cansó su felación. Le hartó pensar en otras para eyacular. Lamerle era esperar cualquier autocar sin importar destino. Y al final, accedió buscar un hijo que, la cocaína a escondidas, impedía germinar.

Adiós. La muerte es un adiós sin despedida. La piel inerte nunca dice nada. La mirada mata con su quietud. La respiración ausente y el silencio del corazón son un terror, que al aparecer, quitan el orden a las letras. Desaparece lo real y ataca incansable y constante el recuerdo. La ausencia súbita yace sin motivo sobre un azulejo que ella eligió. El ser humano esconde fallos complejos sin explicación. Y en los minutos eternos él llama, alguien responde, alguien viene, alguien consuela, alguien se va, y alguien sin lágrimas confirma lo evidente. Y él, solo, preso en el sofá, muere superficialmente. Y ella, que siempre vivió ausente en su rutina, ahora, inexistente, insiste en sonreír; todo es ella y ella no existe.

 

3 Comentarios
  1. …todo es ella y ella no existe. Hermoso, y tan triste, y tan real que no puedo evitar un estremecimiento.

  2. Nos atrapa, nos encierra, nos calla, nos duele….. pero callamos… y seguimos con ella acomodada a nuestro lado, en nuestra cama, incluso en nuestros pasos..nos persigue y no podemos hacer nada. Solamente queda esperar que alguien nos saque de ella, la rompa…
    Como siempre, un texto que emociona, que llega…
    Te felicito.
    Un abrazo!!

  3. Gracias a las dos por seguir viniendo a leer por aquí.
    Estremece, y sé que es difícil de digerir, pero es necesario leer historias difíciles para entendernos. O eso creo yo.

    ¡GRACIAS!

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