Me subo a una camioneta de pasajeros rumbo a ningún sitio en especial, apenas entro a ella mis oídos saben de antemano que la van a pasar muy mal. El chofer atormenta a sus pasajeros con un reggaetón, algunos pasajeros con caras y actitud de malandros hacen los coros al cd que suena en ese momento, se saben toda la letra de la canción, es más se adelantan a ella, haciendo gala de conocimiento de este género musical. En el asiento delantero dos chamas “jordan” se entretienen jugando con sendos Blackberrys, de vez en cuando cantan el estribillo de la canción… “ Perrea mami perrea”…”tu eres mi cachorrita mamá”…
Mientras los prospectos de malandros comentan la fiesta del día anterior, uno se queja que carga un ratón más grande que “Ben la rata asesina”, el otro comenta lo divina que estaba la chama que bailó toda la noche con él, le cuenta lo de la falda de la chama, que era muy corta y cuando se agachaba y levantaba se notaba que había dejado los hilos en casa. Me estoy fastidiando de tanta pendejada, miro por la ventana y observó a un hombre en la esquina que cocina unos pinchos que parecen de muy mala reputación, el olor a carne grasienta y salchicha en mal estado penetra a la camioneta y es un aditivo perfecto para toda esa porquería que allí permanece, como extasiados por lo que oyen y ven. Uno se levanta del asiento y grita:
- Epa chofer ponme a “Daddy Yanqui”
El otro le grita:
- Chamo no tienes a “Tito El Bambino”.
Siento que voy a vomitar, me controlo y cuando lo estoy logrando, el chofer haciendo caso omiso de los que le pedían los malandrines, saca de una caja un cd, que coloca y para aumentar más mi molestia, suena un vallenato y todos comienzan a corearlo, con ese dejo de cantante llorón que tiene, va desgranando un tema que a todas luces me molesta, no sé si es el ritmo o la voz quejona del cantante que me aturde, siento que mi cabeza me empieza a doler.
Todos los olores se conjugan en este momento; el olor a gasolina y monóxido de carbono que se siente en la camioneta y algunos pasajeros que olvidaron darse el sagrado ritual diario de cada humano, la camioneta apesta. Una anciana solicita la parada y el chofer la deja a media calzada y le suelta a la señora:
- Cuidado con una moto, señora, que no tengo seguro.
Otro le grita al chofer
-Animal déjala pegada a la acera.
En ese momento los pasajeros sueltan carcajadas que revientan al unísono, les parece graciosa la expresión. Miro el reloj y me doy cuenta que he pasado una eternidad montado en esa unidad. Pienso que se puede escribir una historia de lo ocurrido en un solo viaje.
Me incorporo de mi asiento, ya estoy llegando a mi destino, que apenas he acabado de decidir. Doy gracias a Dios que me ha liberado de este antro de cuatro ruedas y de la particular fauna que he tenido como compañeros de viaje.
Me bajo y voy caminando por la acera, sintiendo que detesto aún más al reggaetón y al vallenato.



Buen relato. Saludos.