Santo Tomás
12 de Enero, 2012 8
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Ciénega del Lago de Chapala, en el estado mexicano de Jalisco

Raro el pueblito conocido como Santo Tomás; raro y extraño.

Cuando los rojizos rayos de la aurora anunciaban que el sol la perseguía muy de cerca, salí de la ciudad para descansar un poco de mis actividades cotidianas en la computadora.

En un destartalado camión de pasajeros recorrí unos veinte kilómetros para llegar a Tecomatán, en donde me sugirieron que subiera la enorme montaña que se vislumbraba por el sur, y que por el otro lado buscara un pueblito muy interesante, por lo que después de mil sofocos, en una planicie encontré lo que me habían recomendado.

Al parecer, allí se había detenido el tiempo desde hacía cien años, a juzgar por sus habitantes que vestían según se acostumbraba principiando el siglo pasado; sus casas eran de adobe con techos de tejamanil, y en cuanto a sus calles, la principal estaba empedrada; las demás, en tiempo de lluvias se convertían en lodaceros y en caminos terregosos en las secas, según me informaron.

Luz eléctrica, gas, hornos de microondas, televisión, teléfonos celulares, autos y lo demás que lleva aparejado la modernidad, en Santo Tomás se conocía sólo de oídas, porque después de la misa que los domingos celebraba un Padrecito, con todos sus pormenores les informaba a los feligreses de estas cosas.

Los niños asistían a clases tres horas en la mañana y dos en la tarde, y en el tiempo que les quedaba libre se distraían subiéndose a los árboles para comerse sus mangos, sus changungas, sus guayabas. Y previo a que se metiera a descansar el sol entre los cerros, sin un trapo que les tapara sus cositas, se bañaban en el arroyo de aguas cristalinas que corría por medio rancho, rematando sus puerilidades cotidianas correteando perros en los callejones, armando un alboroto de los mil demonios. Cenaban, y antes de dormirse, en un amplio corredor se reunían con sus padres para contarse lo que en el día les había ocurrido, o en su defecto, escuchar los cuentos del abuelo.

Las mujeres, después de fregar los trastes, de lavar y tender la ropa en las achaparradas ramas de los cascalotes, al pardear la tarde se iban dizque a rezar en la capilla en donde la sacristana, doña Petra, dirigía el santo rosario. El “dizque” viene al caso porque entre las Avesmarías y los Padresnuestros, cuchicheando se contaban lo que ocurría en Santo Tomás:

Que si la marrana de doña Ramona… oh, permítanme borrar lo anterior y decir: Que doña Ramona tenía una marrana que había destrozado el huerto de doña Chona y que por eso el encargado del orden público le había confiscado el inquieto animal.

Pero, a pesar de lo anterior, Santo Tomás era un paraíso, en donde los pájaros volaban y trinaban entre las ramas de los árboles umbrosos, y yo me quedaba fascinado con las tonalidades verdes de los arbustos y matojos, y con la bulla de las chicharras y de los grillos.

La gente era feliz a pesar de no conocer y menos de vivir los actuales adelantos tecnológicos.

Al escuchar los hombres el primer canto de los gallos acompañado de efusivos aleteos, se levantaban de la cama, y entusiastas, tomaban el camino del ecuaro para escardar, arrimarles tierra a las endebles plantitas de maíz, o para cosechar aquellas mazorcotas, a su debido tiempo.

Otros, como don Joaquín “el taquero”, muy temprano en el corral les arrojaban maíz a los coquinos cerdos, que se apresuraban a tragar lanzando rezongos iracundos al ver que las gallinas querían “comerles el mandado”.

Y aunque la vida era como un palito que se desliza en aguas mansas, no por eso dejaban de ocurrir sucesos a cual más de extraordinarios.

Una vez, en lo que las mujeres tijereteaban a todo el mundo en la capilla, Carlitos, el hijo de doña María, que se lo había llevado a la capilla porque ya no soportaba las quejas de los vecinos por sus travesuras, aburrido se había recostado en una banca quedándose dormido.

Las mujeres se habían apresurado a salir al consumirse la cera de las velas, y sin esperar a doña Petra, que cerraba la puerta con candado, se fueron a sus casas trompicando entre la oscuridad de las callejuelas retorcidas.

Avanzada la noche, Carlitos se despertó a causa del intenso frío que se colaba por el techo, y, azorado corrió a la puerta en donde gritó desesperado:

-¡Sáquenme de aquí… Sáquenme de aquí!

Lo escuchó Adalberto, el hijo de doña Petra, que pasando por un costado de la capilla, se había detenido para vaciar el líquido de su vejiga en la pared de adobe, ya que después de haber platicado con su novia, acompañado por sus amigos se había tomado una botella de tequila.

¿Qué haría primero Adalberto? ¿Subirse el cierre del pantalón o pegar tremenda corretiza?

No lo averigüé, pero de lo que sí me enteré fue de que llegó a su casa como perseguido por cuatro docenas de demonios, contándole excitado a la señora sacristana:

-¡Mamá, levántese… en la capilla asustan!… ¡Un ánima me gritó diciéndome quién sabe qué!

-¿Otra vez andas de borrachote, hijito?

-No, mamá, le juro por ésta, mire, por ésta (se besó dos dedos de la mano) que la oí!

Y a regañadientes doña Petra se levantó de la cama, se puso sus huaraches y corrió a la capilla con su hijo, en donde, parados frente a la puerta, escucharon los gritos afligidos:

-¡Ábranme, sáquenme de aquí!

Doña Petra se armó de valor y preguntó, con energía:

-¿Qué quieres?

-¡Que me deje salir… Estoy muy asustado en esta oscuridad!

-¿Eres de este mundo o eres del otro?

-¡Soy de este mundo, doña Petra!… ¡Ábrame la puerta!… ¡Usted tiene las llaves!

-¡Apártate, Satanás! –gritó la señora, con el rosario enredado entre las manos que elevaba al cielo. ¿Ya ves que no eres de este mundo? ¿Cómo sabes que yo tengo las llaves?

-¡Porque la he visto cuando abre y cierra la puerta!

-¡Si eres de este mundo, dime quién eres!

-¡Soy Carlitos, el hijo de doña María y de don Joaquín el taquero!

Medio minuto titubeó la sacristana y luego corrió a la casa de doña María y de don Joaquín, y le sonó retumbantes golpes a la puerta.

Le abrieron.

-¿Qué se le ofrece a estas horas, doña Petra?

-Disculpa que tan noche venga a despertarte, amiga, pero fíjate que asustaron a mi hijito en la capilla.

-¿A poco, doña Petra?

-Sí, amiga, y tan bueno que es mi muchachito.

-¿Pero eso qué tiene que ver conmigo?

-¡Es que el ánima dice que es uno de tus hijos!

-A mí se me hace que ya empezó usted a tomarse el vino de consagrar del Padrecito, doña Petra. Ándele, váyase a dormir tranquila, que están acostados todos mis muchachos.

-Espérate, María, mira, ¿por qué no revisas si te falta alguno?

-Ya le dije que están todos en la cama; aunque, bueno, ya que insiste, voy a contarlos; pero pásele, aquí afuera hace mucho frío.

Y doña María se metió al cuarto de sus hijos y les tocó los pies.

-Dos, cuatro, seis, doce, catorce… ¡Caramba… Ya me hice bolas! Dos, cuatro, siete, nueve… ¡No, está peor!

Luego regresó a donde estaba doña Petra, y le comentó:

-No pude contarlos en la oscuridad, pero creo que sí están todos.

Impaciente doña Petra le sugirió que les tentara las cabezas, por lo que refunfuñando doña María, se metió de nuevo al cuarto de sus hijos.

-¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco!… ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco!

Y con celeridad inusitada salió, alarmada:

-¡Doña Petra, doña Petra, sí me falta uno!

–Y las amigas se fueron corriendo a la capilla; se pararon frente a la puerta, a la que, gritando doña María, le sonó tremendos golpes.

-¿Eres tú, m’hijito?

-¡Sí, mamá; soy Carlos! Dígale a doña Petra que abra; tengo mucho miedo, aquí asustan. De la sacristía acaba de salir un padrecito sin cabeza.

Con precipitación quitó el candado doña Petra, y en cuanto salió Carlitos con la cara más blanca que la cera de las veladoras que Adalberto escondía para cambiarlas por tequila, corrió a refugiarse en los brazos de su madre, y, no pasaría ni un minuto cuando enmudecieron todos, horrorizados, al escuchar el rechinido de la puerta que cerraba un sacerdote sin cabeza, vestido con sotana negra.

8 Comentarios
  1. Fascinante. Me encanta tu manera de narrar.
    Saludos.

  2. Volivar: tu relato me transportó a los pueblod del norte argentino, en ellos se vive tal como tu cuentas, la narración es para mi gusto excelente.

  3. Cervantes decía que para ser universal basta hablar de su aldea…las imágenes que evocas me hicieron recordar mi niñez. Vocabulario enriquecedor. Bello relato. Felicitaciones.

  4. Natacha, muchas gracias por tus comentarios a mi cuento Santo Tomás
    Volivar Martínez Sahuayo, MichoacáN, México

  5. Nanky, qué amable con este servidor. Un saludo. y Sigue escribiendo, que por acá, en estos lejanos lugares, tienes quien admire tu obra literaria.
    Volivar Martínez Sahuayo, Michoacán México

  6. rosemarie s. torres , un comentario a lo que yo escribo de tu parte, es un halago inmerido, pero muy ap’reciado por tu servidor. Soremarie, te deseo lo mejor de la vida, y que sigan los éxitos en la literatura, en donde se mueves, como se dice por acá, como pez en el agua.
    Atentamente
    Jorge, digo, Volivar Martínez. Sahuayo, Michoacán, México

  7. Rosemarie, quise decir: un comentario de tu parte a lo que yo escribo… perdón, por este deliz.
    Además, mi intención fue, asimismo, decir: en donde te mueves como pez en el agua
    No me pierdo nada de lo que pones en esta hermosa red literaria que tan amablemente han puesto a nuestra disposición los de Falsaria.
    Volivar….
    Son las tres de la mañana del día 13 de enero, y, pues, estoy adormilado, pero feliz por tener comunicación con una excelente escritora, a quien felicito por sus éxtitos literarios.
    Volivar

  8. Gracias por tus palabras de incentivo Volivar. No me siento todavía una escritora…hay mucho aún por aprender…Feliz en saber que lees mis escritos. Saludos desde Brasília.

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