Aquella mañana desperté con la sensación de que sobre mí hubieran caído diez años, especialmente sobre mi larga y rizada melena, que ya no soportaba más el peso de las impertinentes raíces que delatan que el tiempo pasa para todos por igual. De modo que pedí cita en la peluquería que, según mi opinión, es lo más parecido al santuario francés de Lourdes, salvando las distancias, por supuesto.
Acudí esa misma tarde a Shambala con la esperanza de que borraran de mi cabeza esos incómodos años de más… Tras la bochornosa aunque a la vez divertida experiencia de posar como una auténtica “bruja” con el tinte en la cabeza para todo aquel que entrase en la peluquería, llegó la hora de quitar el ungüento de mi pelo. Cerré los ojos, decidida a disfrutar del suave masaje que Cris, mi paciente hacedora de milagros, me iba a regalar. Estupendo, aunque en algún momento me hizo recordar cuando, siendo yo niña, mi madre me restregaba las rodillas con el estropajo para retirar toda la suciedad acumulada a lo largo del día… tal vez en esos instantes Cris, embebida en sus pensamientos, recordaba alguna reciente riña con Iván, su “chico”.
Procedió después Cris al corte de pelo con una moderación que me sorprendió. De hecho, no pude resistir a la tentación de comentárselo: “Me has cortado muy poquito….”, y no bien hube terminado de decir estas palabras, Cris clavó su mirada en mí, y en sus ojos asomó un nervioso brillo de ansiedad y me repitió con inusitada y malévola insistencia: ¿Quieres que te corte más?, ¿te corto un poquito más…? He de reconocer que en ese momento sentí miedo.
Finalmente, llegó la hora del secador, ¡terrible artilugio ese furioso dragón escupefuego…! Armada de paciencia, pues la tarea se dilataría más de lo razonable, cerré los ojos y me dejé llevar por mis pensamientos, que me transportaron a la lejana civilización hindú, a la ciudad mágica de Shambala, paraíso eterno habitado por seres sabios e inmortales donde el hombre vive en armonía con la naturaleza… Inmersa en estas cavilaciones debió transcurrir bastante tiempo. El susurro de la laca sobre el pelo me sacó de mi ensoñación y entonces… de repente… ¡vi en el espejo el reflejo de una jovencita con una larga y oscura melena lisa! ¡Dios mío, no lo podía creer….! ¡Aquella chica era yo, era yo…!
Nerviosa ante aquel milagro que había desterrado las canas y los rizos de mi melena, tomé mi abrigo y me dispuse a salir de la peluquería, mas…. advertí que una brillante y clara luz invadía el salón; me di la vuelta despacio, muy despacio, y con mis propios ojos pude ver a Cris envuelta en un aura divina, semejante en su brillo a la de las vírgenes renacentistas… Tal vez, pensé, no haya sido solo un sueño.



Angeles, esa experiencia que nos narras tan poéticamente, la hemos vivido casi todas las mujeres,alguna vez en nuestra vida.
Me ha gustado tu estilo y tu especial forma de narrarlo.Mi voto¡
Muchas gracias, Halize, por tus comentarios. Un abrazo
Angeles del castillo Aguas: amiga, te extrañábamos; he visto tu perfil y me he dado cuenta de que tenias cuatro meses sin publicar tus hermosas narraciones.
Por favor, amiga, no te alejes de quienes te estimamos.
NI voto para esto tan hermoso, y narrado tan perfectamente que nos has compartido.
Mi voto
Volivar
Muchas gracias, Volívar. Me creía invisible…. Gracias por tus siempre amables palabras. Un beso
Ángeles, estoy de acuerdo con Volívar, últimamente nos regalas pocos milagros como este. Mi enhorabuena y mi voto.
Mil gracias, Antoniosib, el trabajo no me deja mucho tiempo libre…. Un beso
Bonita narración!!! mi voto
Muchas gracias por tus palabras, Csmateos. Un abrazo
Hola Angeles.
Que enorme placer conocerte.
Tu relato me ha dicho muchas cosas de vos:
Que tienes un humor sutil, has tenido una bella infancia (ese restregar de rodillas) y una enorme sensibilidad.
Muchas gracias.
Un beso y un voto.
Muchas gracias, Richard. Hoy he comenzado el día leyendo tu comentario… ¡me gustaría empezar así todos los días!
Mil gracias, un beso