Nos quedamos sin palabras y el silencio se hizo eterno. Nunca me lo tendría que haber dicho, no hubiera hecho la pregunta y todo sería diferente. Lo pude perdonar, por un rato, porque no me quedaba otra, no hay más opciones ni más personas, desde que estamos acá no hay mucha gente con quien hablar. Dos mil ochocientas personas, quien diría que en un pueblo de dos mil ochocientas personas no encontraría a más de tres o cuatro con quien mantener un diálogo interesante. Quitando a los niños y a las viejas sordas no quedan muchos.
De todas maneras yo me lo busqué, me podría haber vuelto a la ciudad cuando cerró el negocio, podría haber vuelto con Laura, pero no lo hice, ella tenía claro para que volver siempre había querido estudiar medicina, la enfermedad de papá me había hecho regresar al pueblo, a ella nunca la dejó irse. Era tan importante para él que sigamos con el negocio, que aunque ya había cursado dos años de la carrera de Arte, me quedé para acompañar lo que para Laura sería un calvario. Después de 15 meses de dura agonía falleció papá y seis meses después los Furlan ofrecieron comprarnos el negocio, ese era el gran temor de papá, que terminara en manos de los Furlan, pero a nosotras no nos manejaba la culpa sino el sentido común y la oferta era generosa para un negocio tan poco lucrativo y aburrido como el nuestro. Con ese dinero Laura podría instalarse en Buenos Aires comenzar a estudiar y buscar un trabajo medio tiempo. A mi por otra parte me habían ofrecido trabajo en la taberna, bien pago, tenía la casa de papá y la tranquila vida de pueblo me sentaba bien. La carrera de Arte había comenzado a resultarme aburrida, los docentes demasiado pedantes, y sus seiscientos cuarenta estudiantes; aburridos y mediocres, muy diferente a la gente de la taberna. Me gustaba pasar el rato allí. En la taberna, estaban todos borrachos, nadie era verdaderamente persona y me di cuenta que no me gustan mucho las personas. Las varias veces que alguna situación se habría tornado violenta, mi condición de mujer, joven y bonita me había resguardado de cualquier daño.
El venía Todos los jueves, le decían Rocco, nunca supe si era su nombre o algún apodo. Se juntaba allí con sus amigos del colegio y al rato, ellos también, estaban todos borrachos. Rocco, que bebía moderadamente, se aburría cuando sus amigos comenzaban a dejar de ser ellos mismos, entonces venía a la barra y charlábamos largo rato. Así nos quedábamos todos los jueves hasta las dos de la mañana, charlando sobre agradables banalidades que sin darnos cuenta se convertían a veces en profundas verdades. Alguna vez me enteré que daba cursos de filosofía medieval entonces comencé a ir a sus clases que me resultaban apasionantes. Y así transcurría mi vida sin mayores sobresaltos. La taberna por las noches y la filosofía medieval por las tardes, clases y lecturas.
En la taberna todo era distendido y alegre, las noches que venía Rocco, tenían para mi un cariz especial, hablábamos, distendidos y risueños sobre bueyes perdidos hasta el amanecer. En las clases las discusiones muchas veces se volvían acaloradas y nuestras disquisiciones retoricodialécticas, en muchos casos, dejaban afuera a los demás que, lejos de molestarse, disfrutaban y se nutrían de nuestro “show”. Resultó ser que, sin saberlo, yo tenía muchos pensamientos controvertidos que muchas veces a Rocco le costaban digerir. Todo era, quizás una cuestión de moral y la mía era bastante cuestionable, teñida de demasiados visos personales. La de él por otro lado, era una moral que seguía la tradición, una moral práctica y correcta, que se enmarcaba siempre en el punto de vista teórico.
Se desesperaba al sentir que no lograba hacerme entrar en razón, Su razón, acotó alguien alguna vez, uno de los que nunca hubiera creído que entendiera o escuchara lo que decíamos los demás.
Así transcurrieron los meses que no llegaron al año. Los lunes discutíamos filosofía. Los jueves nos reíamos de todo. No solía tener muchas otras relaciones, los clientes de la taberna, mis compañeros de filosofía, y una rigurosa llamada de Lura por semana, para cerciorarnos ambas, que estábamos bien.
Para mi aquello era suficiente.
Un día apareció una nueva integrante en el grupo de estudios, Rocco me la presento:
-Mi novia una amiga, una amiga mi novia
No volvió a ser lo mismo desde entonces. Rocco tenía una novia, hacía tres años que estaban juntos y repentinamente había decidido interesarse por la filosofía medieval. Era bailarina y daba clases en el instituto para niñas, era una mujer realmente hermosa, de aire misterioso y movimientos etéreos. Se llamaba Celeste, como el cielo.
Las discusiones filosóficas se volvieron menos apasionadas, monótonas quizás, los jueves a la noche Rocco comenzó a beber, no llegaba a estar borracho pero tampoco resultaba interesante. Hasta que una noche nos quedamos sin palabras. El lunes yo no fui al grupo de filosofía, el jueves él no vino a la taberna, a la semana siguiente tampoco fui al curso. Pero él sí apareció el jueves siguiente en la taberna, tenía un aspecto extraño. Algo había sucedido pero no me dijo nada.
El tiempo siguió pasando, y todo fue cambiando para volver a ser igual. Rocco dejó de beber y yo volví a apasionarme por la filosofía medieval. Pasó el tiempo, alrededor de un mes. Un lunes, nunca hablábamos a solas los lunes, me retuvo en la puerta mientras el resto de mis compañeros se retiraban, esperé pacientemente hasta que el último se hubo alejado los suficiente. Rocco palideció de repente y lo que quería decir no parecía fácil de expresar, finalmente me lo dijo rápido y sin rodeos, Celeste falleció en un extraño accidente. –Cuándo– Hacía algo más de un mes atrás.
Le tome la mano, le di mis condolencias, y un abrazo reconfortante. Con determinación me fui alejando, pero el paso se alentaba conforme la distancia aumentaba y Rocco me detuvo gritando mi nombre, me di vuelta sin acercarme, solo lo miré desde lejos y a contraluz, él dio un paso hacia mi pero se detuvo allí donde el reflejo del sol me impedía ver su cara, me acerque lo suficiente y no dijimos nada.
Rocco la beso. Pasaron la noche juntos.
El lunes ella no apareció en la clase de filosofía.
El jueves él volvió a la taberna, se besaron y pasaron la noche juntos, a la mañana siguiente él preguntó
- ¿Vos sabés que le pasó a Celeste?
Lo miré fijamente y en silencio, no sabía como decirle que sí.




Me gusta cómo está construido, te doy mi voto.
Veraververa: relato apacionante, bien redacto, muy tierno. Y ese estilo tuyo, interesante. Felicidades.
Volivar
(Jorge Martínez. Sahuayo, Michoacán, México)
Vaya, vaya, con la mosquita muerta (la protagonista del relato quiero decir). Mantiene el interés hasta el final. Voto!