Sirenas
11 de Julio, 2012 3
5
     
Imprimir
Agrandar Tipografía

I.

Yo siempre fui inquieto. Aunque también tranquilo. Nadie me enseñó a nadar. Mucho menos a navegar. Pero desde que era muy pequeño, siempre soñé con besar a una sirena.

Quería escapar de mi mundo, y me pareció que el encontrar a una sirena adecuada para mí, me haría volver a nacer. Cómo no, yo, que no sabía nadar, mucho menos navegar, pensé que sería el amor, ése amor del que hablaban mis padres, mis amigos, y por supuesto, mis libros, el que me llevaría a encontrar mi sirena.

Por eso, aquel señalado día, una hoja arrancada de mi cuaderno en la que dibujé con témperas lo que yo, que no sabía nadar, mucho menos navegar, entendía por amor.

Decidí acercarme a la orilla del mar más cercana, y a la vez, más alejada de mi mundo, de mi país, de sus problemas y, sobre todo, de aquello que ahora asustaba a todo el mundo: las consecuencias de los problemas. Allí en la orilla encontré esa barquilla que cada tarde moría del aburrimiento, pero que cada tarde yo soñaba conquistar. Agarré la barquilla y sin ni siquiera limpiarle el polvo ni la mierda, la eché al mar. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar.

II.

La orilla seguía estando cerca. Aun estaba a tiempo de dar marcha atrás en mi loca aventura. Aun podía dirigir la vieja barca hacia tierra firme. Pero la mar dormía tranquila. Y digo dormía, porque podía armonizar mi respiración con la suya, pero apenas podía escuchar los latidos de su corazón. A pesar de ello, presuponía la existencia del mismo, así como podía sentir fijas en mí y en mi vieja barca las miradas punzantes de los ojos que ven sin ser vistos. Por eso yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar, jamás miré atrás. Y eso que la orilla seguía próxima.

Así, comencé a avanzar. Yo, acompañado por mi vieja barca y una hoja arrancada de mi cuaderno en la que dibujé lo que entendía por amor, y armado con mi curiosidad y lo que imaginaba valor. Al caer la primera noche comprendí que no era valor, sino la demencia fruto de la falta de inteligencia. Necesitaría al menos un par de mantas si quería sobrevivir al frío y a la humedad del mar. Comprendí que mis provisiones resultarían insuficientes aunque decidiera retornar de inmediato. Aun así, logré dormir.

Cuando abrí los ojos me vi sorprendido por una visita. Merodeando la vieja barca encontré un pez de algo más de dos palmas de longitud que no conseguí clasificar. Permanecí un no breve espacio de tiempo observándolo. Me pareció interesante, aunque no hermoso. Busqué mi boceto de lo que yo entendía por amor, y lo observé. Observé al pez. No vi similitud alguna, y perdí el interés por aquella primera visita. Cuando quise despedirme, él ya se había marchado.

III.

Comprendí que mi aventura era demasiado excitante como para abandonar por el hambre, y por ello aprendí a dosificar mis provisiones haciendo disminuir mis necesidades. Sólo haciendo de mi necesidad insatisfecha, de mi sed y de mi hambre, algo metafísico, pude seguir avanzando.

Tuve que esperar varios días y varias noches para recibir a mi segunda visita. Paciente, yo observaba el cielo deleitándome con su amplitud. Entonces la vi. Fue fugaz como una estrella. Se fundió con el sol, y me pareció verla besar uno de sus destellos. Seguí con la mirada su vuelo, pero me pregunté: ¿acaso vuelan las sirenas? Abría sus alas, tomaba impulso, y volvía a caer. Pensé que quizás pudiese ser un ángel. Mas no, yo buscaba sirenas.

De repente, aquel extraño ser bajó del cielo y se posó en la barca. Era una gaviota. Nuestras miradas se cruzaron, y vi un destello. El ave poseía algo que me atraía profundamente. Realmente, me pareció bello. Podría afirmar que permanecimos horas y horas observándonos, eso sí, a una distancia prudencial. Pero me resulta imposible llevar a cabo dicha afirmación con total certeza, y es que perdí la noción del tiempo. Por un momento, pensé que aquella gaviota era la razón de mi descabellada aventura. Pensé que con ella a mi lado, ya lo había visto todo. Vimos al sol nacer, y también morir. Supo abrir la puerta de mi imaginación, sin duda, pero no la de mis sentimientos más profundos, más íntimos, más reales.

Un día, el ave alzó el vuelo y marchó lejos. No miró atrás. Pese a mis dudas, he de decir que lamenté profundamente su marcha. ¡Y mira que me advirtió! Llegué a pensar que a lo mejor había perdido a la sirena, o ángel, que daría sentido a mi vida.

Entonces recordé. ¡Mi dibujo! Enterrado bajo un montón de cosas inútiles, encontré el dibujo de lo que yo, que no sabía nadar, mucho menos navegar, entendía por amor. Suspiré aliviado al comprobar que, en efecto, la gaviota pudo ser un ángel, pero no una sirena. Y yo buscaba sirenas.

IV.

Tras mi desencuentro con la gaviota, no me quedó otra que continuar mi loca aventura, la cual había empezado a convertirse en una búsqueda impaciente. A los pocos días mi alivio aumentó al volver a ser invitado y tentado por otras gaviotas. No volví a caer en su juego, y concluí que no podían ser ángeles por ninguna de las maneras, ya que éstos debían no ser tan numerosos y, sobre todo, no tan fáciles de encontrar.

Me sumergí en una inusitada comodidad, tan solitario como estaba aunque en aparente armonía con mi universo, en mi vieja barca. Surcaba el mar y me imponía a las olas. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar. Me encontraba eufórico. Exultante. Mi ego, insultante. Creí enamorarme de mí mismo. Sin embargo, cuando mejor me sentía, todo cambió.

Creo que empezó cuando un zumbido permanente se instaló en mi tímpano. Me giraba y buscaba. Me giraba y buscaba. Pero no encontraba el origen de aquel extraño zumbido. Desconocía de dónde había llegado, dónde estaba y dónde terminaría. Creo que ahí fue cuando perdí la cordura.

Pasé varios días inmerso en una espesa niebla que cegaba ya no mi vista sino mi razón. Por supuesto, el zumbido persistía en mi tímpano. Hasta que lo encontré- Al principio no estaba seguro de que fuera aquel pequeño ser el que producía aquel zumbido, pero el hecho de que se apoyara en la proa de mi vieja barca, disipó mis dudas.

Me daba la espalda. Parecía ignorarme. Me estaba volviendo loco, y decidí ir a por él. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, echó a volar como una centella. Era un colibrí. Pensé haberlo perdido, pero regresó. Aprecié su hermosura. Su belleza era auténtica. Y no sólo por su colorido plumaje, ni por su largo pico, sino por su interior. Nunca había entrado en contacto con el alma de un ave, pero sabía que existía; me lo decían sus ojos. Porque sus ojos me miraban de verdad. Comencé a llamarlo, y lejos de asustarse, acudió. Se posó en mi mano. Más tarde, en mi hombro. Me sentí afortunado.

Seguía rodeado de niebla, pero me sentía seguro con aquel agradable colibrí. Era dulce sin dejar de ser divertido. Delicado sin dejar de ser activo. Decidí extraer mi dibujo. Sin duda, aquel ave no era una sirena, pero, ¿quién decía que el amor no pudiera adoptar aquellas formas?

Me convencí de que al fin la había encontrado. Era hora de regresar. ¿Si no era aquel ave la sirena que buscaba, quién iba a serlo? Le entregué mi amor. Y en ese momento, desapareció. ¿Para siempre? Yo me quedé solo. Buscándolo. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar.

V.

Seguí navegando. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver? No. Las gaviotas continuaron tentándome. Llegué a rozarlas pero no, no caí en su juego. Creí divisar más colibríes, pero no, eran simples aves pequeñas. Comencé a escribir, y con ello, a reflexionar. Así, extraje mis propias conclusiones.

El amor es engañoso. El amor es un mar y un cielo inmenso. Sin embargo, todo es una ilusión. Una ilusión que protege el amor puro, el amor verdadero, el cofre del tesoro que descansa en el fondo. Aquel que te hace volar. Aquel que te hace perder la noción del tiempo. Aquel que te hace llorar entre risas y reír entre lágrimas. Ese amor es el que vale. Porque para volar con el alma, las alas no son necesarias.

Puedes llegar a pensar que no, pero a todos nos espera una sirena. Pero ten cuidado, porque puedes confundirte. Eso sí, cuando la hayas encontrado, lo sabrás. Yo sigo buscando mi sirena. Por eso continúo surcando los mares. Esto lo viví yo en primera persona. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar.

FIN

3 Comentarios
  1. Dulce cada palabra que has escrito para hacer esta reflexión, tu manera de ver las cosas tiene cierta similitud con la mía… Independientemente de eso, tu escrito me ha mantenido atenta de principio a fin, tienes mi voto! Saludos!

  2. Para volar con el alma, las alas no son necesarias… ¡Fantástico!
    mi voto.

  3. Muchas gracias por vuestras opiniones, este relato es muy personal ya que cada ser que aparece en él es una metáfora de cada una de las mujeres que me han marcado a lo largo de mi corta existencia. Gracias por vuestras palabras!

Deja un comentario