Y aquí estoy de nuevo, de pie en la acera , esperando que el semáforo que está delante de mi portal se ponga en verde y me deje recorrer los pocos metros que me quedan para llegar a mi cálido hogar.
Aunque antes de poder sentarme en mi sillón favorito, debo de atravesar la puerta de entrada, saludar al portero y traspasar unos tres metros de total y absoluta oscuridad.
Aún no sé por qué no ha arreglado ya, esa maldita bombilla, este portero gandul, que si, es muy amable, pero llevo más de un mes pidiéndole, ¡No! ¡Rogándole! Que ¡por favor!, solucione este problema que para cualquier persona sería insignificante, pero a mi en particular, me produce un trauma que no puedo entender, pero cada vez que paso por esos tres metros…
Empiezo a sudar, el pulso se me acelera, tengo la sensación que alguien me mira justo en el punto exacto que mi visión deja de darme alguna perspectiva de cualquier cosa que se pueda acercar y continuamente algo está a punto de tocarme la espalda.
¡Valla! El semáforo ya está en verde, la gente empieza a cruzar la calzada, pero estoy paralizado. Empiezo a recibir golpes por los costados de las personas que tengo detrás y ellos si quieren cruzar. Pero la verdad es que yo también quiero pasar, aunque el simple hecho de pensar en esos tres metros, me producen una reacción en todo mi cuerpo que hacia muchos años no sentía.
Yo vivía en un pequeño pueblo cercano a la ciudad. Éramos dos hermanos y dormíamos en habitaciones separadas. En ocasiones me despertaba a media noche y sentía un terror que inundaba todo mi ser, se me paralizaba todo el cuerpo y a la vez sentía la necesidad de ir lo antes posible a la habitación de mis padres, para meterme en su cama y sentir la protección y paz que sólo ellos podían darme. La sensación era muy extraña, al mismo tiempo que sentía miedo en cada paso que daba, era un alivio, ya que me quedaba menos para llegar al lado de mis padres. Tenía que pasar por un pasillo en forma de ele. Desde mi puerta hasta la esquina habían dos metros y uno más hasta la de mis padres. El peor momento era al llegar a la esquina, esos tres pasos los daba lo más lento posible, preparado por si encontraba algo y salir corriendo, gritando con todas mis fuerzas hacia donde fuera.
El último escalón para llegar a la meta era despertar a mi madre, sin que se enfadara, no sea que me mande a mi habitación. Aunque después de muchos años e intentar un sinfín de formas diferentes de: “Cómo despertar a mama sin recibir un castigo”, no recuerdo ni una sola ocasión que no recibiera la misma respuesta:
- “¡Por Dios, que susto me has dado!¿Qué haces hay de pie?”.
Y en ese mismo instante, te quedas con la impresión de que te has convertido, por unos segundos, en el ser terrorífico que hace unos momentos te había obligado a recorrer los peores tres metros de tu vida.
Aún recuerdo la última vez que ha tenido que pasar, yo solo, por el recibidor, subir los tres escalones y llegar al ascensor. ¡Todo a oscuras!. Llegaba del súper y no podía esperar a ningún vecino para que me acompañara, y el portero no estaba. Así que me armé de valor y me dije a mi mismo:
-¡Joder Antonio!, tienes cuarenta y un años, eres médico de un servicio de emergencias, has visto de todo y lo has superado. ¡BASTA DE TONTERÍAS!¡ADELANTE!…
Con decisión y coraje abrí la puerta, atravesé el recibidor. Llené mis pulmones con todo el aire posible y como un general del ejercito Alemán, atravesé el espacio oscuro. Pero algo pasó, no sé qué, pero algo pasó. Sentí como me empujaban. Me tropecé en algo. Alguien me susurro al oído,-Vas a morir…-Sentí como la sangre de mis venas se congelaba y no podía mover un músculo. Tras unos segundo, que para mi fueron minutos, conseguí salir de la trampa mortal que me había tendido. ¡ No salí de me casa en días!.
Ya estoy en la puerta. ¿Pero qué ven mis ojos?, ¡Hay luz! ¡Ya está arreglada! Sabía que tarde o temprano tenían que solucionarlo… Se acabó mi pena, soy de nuevo libre, dueño de mi vida. Ya puedo invitar amigos a casa, hacer fiestas, tener pareja, formar una familia…Vuelvo a ser el Rey de la selva…¡Empieza mi nueva vida!…
-Buenos días Juan… mi portero de confianza…
-Buenos días Don Antonio.
-¡Por favor! Antonio a secas…Nos vemos fenómeno…
Le guiñe el ojo al tiempo que alzaba mi puño en señal de complicidad y victoria. La verdad, Juan me miró con una cara de perplejidad, su rostro se volvió pálido y no pestañeo. Pero eso no me importaba, era mi momento y sólo mío.
Ya estoy en el sitio, un paso más y empiezo a vencer a estos “miserables” tres metros. Reconozco que estoy un poco nervioso. Doy un paso. Aquí va otro, y otro…Calculo que llevo unos dos metros. Los estoy haciendo lento, disfrutando de mi victoria.¿Dónde esta tu fuerza ahora?¿Ya no quieres saber nada del “Emperador Máximus”? Si aparecieras en este mismo instante te destrozaría como a una hormiga, ¡COBARDE!
En ese preciso momento, como si mis pensamientos hubieran sido oídos, se apagó toda la luz del edificio.
-¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible?…
Empecé a sentirme húmedo, como si me hubieran rociado con un cubo de agua fría, no podía moverme. ¡Todo estaba tan negro!. El aire pesaba tanto que mis movimientos eran lentos. Sólo podía oír una voz al fondo que decía:
-¡Tranquilo Don Antonio! Se ha ido el diferencial, voy a solucionarlo. Usted no se mueva, no sea que se valla a hacer daño con algo…
Esas palabras no me ayudaban, ¿Daño con qué?¿Con quién?… Quise responderle con firmeza, sin miedo. No quería que pensase que un hombre de mi edad tenía miedo a la oscuridad. Respiré hondo, hasta que mi pulso bajó su frecuencia un poco, llené mis pulmones de aire y con un tono relajado y controlado grité:
-¡Mama estás despierta!….
Sólo tres metros
8 Comentarios




Da igual la edad, que si uno tiene miedo a la oscuridad siempre verá sombras que nunca existieron. Me gusto, felicidades. Un abrazo!!
Gracias Soraya. Me alegra que te guste. Un saludo.
Aterrador. Je, je.
Ji,ji,ji… Gracias Jorge por leer el relato. un saludo.
Me ha gustad, y mucho. Gratos y amargos recuerdos de la infancia. Yo tenía ese pasillo… Glup. Enhorabuena Manolo. Todo un descubrimiento.
Bonito paseo por el laberinto de la mente.
Enhorabuena Manuel
Gracias oscardacunta. Un saludo.
… con el pánico latiendo como un segundo corazón… Bien contado.