Te odio
18 de Abril, 2012 2
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No sé qué hora es. Estamos metidos en el cuchitril al que tú tienes la indecencia de llamar hogar, en una calle mediocre del extrarradio. Hemos tardado más de media hora en llegar aquí desde el centro, pero a ti eso te da igual, siempre te falta camino por recorrer. Hace frío y, para variar, no tenemos calefacción. Dices que para ahuyentar el frío nada mejor que unos tragos de ginebra y algo de comer. Dadas las circunstancias, no podía esperar gran cosa, pero me arrancaste una sonrisa cuando te vi llegar de la despensa con un cuenco lleno de pequeñas chocolatinas. Te sentaste en frente de mí, serviste un poco de esa ginebra perversa -que seguro que ya estaba allí antes de que tú llegaras- y comenzaste a comer chocolate sin ofrecerme siquiera antes. Mirabas por la ventana, no sé bien a dónde. Te estaba creciendo demasiado el pelo, empezaba a acercarse a tus hombros, y los bucles cada vez se te marcaban más. A causa de tu ansia de chocolate, las comisuras de tus labios comenzaban a tornarse de un color bombón, enmarcando tu boca de la manera más dulce. Extasiado en tu calórico festín, observabas ajeno el ir y venir de los coches mientras yo me mojaba los labios en aquella asquerosa ginebra, pero que como tú bien decías, traía un poco de calor a aquella fría estancia. Y a mi frío interior.

A pesar del tiempo conociéndonos, aún me costaba sacarte tema de conversación. Será porque quizá apreciaba más esos momentos en los que podía disfrutar de tu aséptica compañía en el más absoluto y para nada incómodo silencio. Como es tu costumbre, decidido y sin avisar, rompiste el momento mágico con tu más encantadora sonrisa chocolateada.

- ¡Pero si parece que estás pensando y todo!

- ¿Tú eres imbécil? Sí, estoy pensando, ¿y tú? ¿o te supone demasiado esfuerzo?

- Yo siempre estoy pensando, pequeña.

- No me llames pequeña. - Respondí indignada - Pareces salido de cualquier película de John Wayne, sólo te falta masticar tabaco.

- No podrás negar que estaría muy sexy. - Y pusiste esa mueca de insinuación que, sinceramente, no te pega ni con cola.

- Tan sexy, que me das sueño.

- Qué estúpida.

- Estúpido tú. - A día de hoy puedo confirmar mis sospechas de entonces: disfrutas enfureciéndome.

- Todo se pega… - Tu calma me enerva más aún. Eres insoportable.

- Espero que no se me peguen tus aires de superioridad, tus dejes estúpidos y tu odiosa forma de mirar…

Algo se despertó en ti, me interrumpiste, o al menos, lo intentaste.

- ¡Eh, espera! ¿Qué tiene de malo mi forma de mirar?

Lo siento chico, pero cuando yo cojo aire…

- … Porque creo que eres un engreído, un estúpido canalla bohemio que nada espera de la vida y que nada le aporta, que pierdes el tiempo y me haces perderlo a mí también contigo, que desgastas mis suelas pateando la ciudad y me conducirás a la muerte callejeando por tu sucio barrio…

- ¿Pero, y mi forma de mirar?

- ¿Ves? ¡Ni siquiera escuchas! Te crees el ombligo del mundo, no sólo lo crees sino que lo afirmarías sin reparo alguno. Piensas que los demás debemos girar en tu órbita y que yo tan sólo soy un satélite más pendiente de tus ciclos de rotación. Eres un déspota que piensa que bebiendo ginebra pasada se acerca más a los poetas etílicos que idolatra y que sin cambiar las cuerdas de la guitarra durante años se acercará más al sonido oxidado de aquellos cantautores a los que un día pretende alcanzar.

- Sigo sin entender qué tiene de malo mi forma de mirar.

- ¡Si es que te odio! ¡Te odio con todo mi ser! No sé qué hago aquí, no sé por qué te digo todo esto, si te da igual, si te lo pasas por el camino de en medio, como todo y todos, incluso yo, sé que también me odias, y aún así no sé por qué estoy aquí contigo.

Entonces, te levantaste y me ofreciste tu mano. Yo estaba tan cabreada (no sé muy bien si contigo o conmigo misma) que me negué en rotundo, y me limité a mirarte entre extrañada e iracunda. Te encogiste de hombros, eso me hizo arder aún más por dentro, seguía dándote igual a pesar de todo, y sólo pensaba en largarme de aquél zulo para no verte nunca más. Cuando me disponía a decirte adiós y, quizá, a estamparte mis cinco dedos en tu cara dura, caradura, te giraste y, dándome la espalda -maleducado- desapareciste de la cocina. Imbécil de mí -si al final ibas a tener razón y todo-, te seguí como los mosquitos que se acercan a la luz de los aparatos que acabarán con su vida. Saliste del piso y por un momento pensé que serías tan amable y a la vez tan cabrón de llevarme hasta el portal y cerrarme en las narices. Pero, en cambio, comenzaste a ascender los escalones que llevaban a los pisos superiores. Con miedo, tanto por tus intenciones como por aquellos escalones carcomidos que amenazaban con acabar con mi triste existencia en cualquier momento, seguí tu estela, ¡maldita estela!.

Una vez pisaste el último escalón, abriste una puerta que se situaba a la izquierda. Con dos vueltas de llave, atravesaste el umbral y desapareciste. Subí los pocos escalones que me quedaban, y crucé aquella puerta. No sé cuánto tiempo estuve despotricando en aquella cocina, sólo sé que cuando cruzamos tu portal era de día y entonces me encontré en una azotea desierta bajo el cielo azul marino plagado de estrellas. No había luz allí -como todo en aquel lugar, aquel sitio destilaba mediocridad-, así que tardé bastante en encontrar tu silueta admirando la ciudad iluminada a nuestros pies. Me acerqué a ti, recelosa, y con destellos del cabreo de minutos antes, que aún no conseguía apagar dentro de mí. Me situé a tu lado, tú ni te percataste, o posiblemente sí, pero seguía sin importante.

Me di cuenta entonces de que estabas mascando algo. Sólo entonces me fijé en que te habías subido hasta allí el cuenco con chocolatinas y que seguías machacando en tu boca aquellos pequeños bombones rellenos de dulce licor. No tienes remedio, pensé, y pensé que yo tampoco lo tenía ni lo tengo. Me quedé sin saber qué decir, de nuevo, pensé que toda aquella pantomima no era más que una estrategia de las tuyas para callarme la boca, pero era demasiado surrealista para ser nada más que eso.

- ¿Sabes? Nunca había traído a nadie aquí.

- ¿Y por qué a mí?

- Empezabas a resultarme incómoda, tú y tus paranoias.

Te habías pasado. Giré 180º y me encaminé decidida, sin que nada ni nadie pudiera pararme. Excepto tú, claro está, ¡cómo no! Imbécil, testado científicamente.

- Aún no me has dicho qué le pasa a mi forma de mirar.

¿Que por qué volví? ¡Ah! Respóndemelo tú, hace tiempo que di por perdidas todas las respuestas. E incluso las preguntas. En mi interior sólo quedaba silencio. Empezaba a acompañarle una tersa paz, una tranquilidad fría, como los -2º que ambientaban aquella desierta azotea.

- ¿Sabes? - ¿Sabes? Me pones nerviosa con tus “¿sabes?” - Me gusta venir aquí cuando quiero olvidarme del mundo, cuando quiero dejarlo girar. Cuando estoy demasiado cansado y sólo deseo apearme del tren. Cuando no tengo ganas de ver a nadie.

¿Que por qué te miraba expectante, como si estuviera viendo divagar al propio William Blake? Creo que, por lo menos, tú no lo notabas.

- Cuando sólo me gustaría chasquear los dedos y convertirme en aire helado. ¿Nunca has soñado en convertirte en brisa? Colarte por los resquicios de las ventanas viejas, por los ínfimos huecos de las persianas, por la parte de debajo de las puertas… Por aquellos portales entornados mientras dos amantes se besan, se despiden, se separan, y se vuelven a abrazar…

Te odio. Por fin pude despegar los labios, y me llevé a la boca un sorbo de ginebra caliente. Entonces y sólo entonces me percaté de que no me había despegado de aquél vaso en toda la noche. Supongo que allí hervía nuestro amor, a 40º, con un olor demasiado etílico y con propiedades curativas.

- ¿Por qué me cuentas esto?

- Quería que me odiaras del todo o que me quisieras para siempre.

Derramé la ginebra por la cornisa. Llámame loca, pero creo que tardó 5 segundos en congelarse sobre el ladrillo helado. Te volví a mirar, tu boca ya había callado, enmarcada en chocolate. Miré al horizonte. La ciudad no paraba ni un momento. Era un día helado de invierno, el tiempo se paró en el reloj de tu cochambrosa cocina, y tus bombones eran interminables. Los coches pitaban, se acumulaban en infernales atascos, la gente se insultaba, se metía prisa. La gente se arremolinaba en semáforos en rojo, los peatones cruzaban al unísono. Tenían prisa. Los escaparates nos vendían una vida mejor, pero me gustaba la mía, la tuya, la que quizá un día fuera nuestra. Me gustaba aquella azotea oscura y fría, el sabor de la ginebra seca y su olor derramándose por la cornisa, me gustabas tú y tu forma de ver la vida con sabor a chocolate.

- Odio tu mirada porque se me clava demasiado adentro.

No sé qué será de nosotros, pero nunca olvidaré el sabor de mi ginebra y de tu chocolate fundiéndose en aquél frío, ajenos al mundo. Por una noche, nos apeamos, y cogimos el próximo tren de la mañana siguiente. Juntos.

2 Comentarios
  1. !Cuantos sentimientos encontrados y cuanto amor! Excelente relato. Un saludo

  2. Un relato conmovedor y con mucha fuerza, felicidades compañero!!
    Un saludo.

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